De la ciencia ficción a la poesía: brevísimo acercamiento a Paisaje Cero de Rodrigo Palominos

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Por Nicolás Rivera

El 18 de octubre recién pasado se llevó a cabo en el Bar Radicales de Santiago Centro, bajo el sello de la Editorial Cuarto Propio, la presentación del libro Paisaje Cero de Rodrigo Palominos, un acercamiento renovador y audaz al lenguaje mismo, una apuesta conmovedora hacia la memoria y a la experiencia onírica, a través de una vía muy poco transitada por la poesía del último tiempo.

“La lámpara se enciende: el arrecife
La nota a pie de página: la arena:
                          en la proa de un ovni las niñas del alba mueren:
   en el espacio de Higgs
   la palabra
   hoja de hierba
                                               un refrigerador
                                               vacío
                                               en el jardín”                                                        

En 1905, un joven científico alemán —cuyos logros personales hasta el momento eran un trabajo como funcionario de una oficina de patentes y un mediocre desempeño universitario—, postuló, frente a la Academia Prusiana de las Ciencias, una de las teorías más transgresoras de la historia. Esta publicación tuvo, en un principio, un frío recibimiento en el mundo académico, debido a la poca fama del científico y a las poderosas contradicciones que establecía frente al modelo de la física clásica ampliamente aceptado. Sin embargo, desde entonces, espacio y tiempo se han entendido como un tejido inseparable y cambiante a merced de los elementos que se encuentren dentro de él, constantemente acelerando y ralentizando lo único de lo que se tenía certeza que era constante, deformando la estructura misma de las cosas.

Así como la humanidad tuvo esta certeza sobre la constancia del tiempo, aún mantenemos creencias dogmáticas lubricadas como verdades. Este fenómeno es denominado por sociólogos como Veger y Luckmann como construcciones sociales: supuestas verdades intrincables, pepitas brillantes valoradas como oro, pero que no valen más que las piedras de río. Dentro de ellas, podemos considerar, entre otras, la forzosa separación entre ciencia y poesía, actividades históricamente rivalizadas y enemistadas, que —así como se solía entender al espacio-tiempo— se han desarrollado en las orillas opuestas de un mismo río. Comprendidas de esta forma, dada la inherente incompatibilidad entre ellas, cualquier persona dedicada a una de estas disciplinas se verá inexorablemente desterrada de la otra.

No obstante, la publicación reciente del poemario Paisaje Cero por la Editorial Cuarto Propio transgrede oportunamente esta concepción. Así como Arthur C. Clarke o Carl Sagan, quienes a pesar de su formación científica publicaron grandes obras literarias, Rodrigo Palominos, bioquímico de la Universidad de Concepción y autor del poemario, ha venido desarrollando su faceta poética hace ya varios, obteniendo importantes reconocimientos como el premio “Juegos Literarios Gabriela Mistral” 2012 de la Municipalidad de Santiago y la Beca de Creación Literaria 2013 & 2015 del Fondo del libro. En su obra más reciente, nos presenta una constante metapoética en torno a la imagen y su verbalización, una profunda y al mismo tiempo simple serie de retratos y momentos, ordenadas como viejas y entrañables fotografías desperdigadas sobre un escritorio, cuyo imaginario, según los comentarios que el mismo autor realizó en exclusiva para La Marraqueta, encuentra su fuente muchas veces en el cine negro y la ciencia ficción como Inland Empire, Solaris, Stalker, El espejo y muchas otras.

Aquí la mente es
bulbo de lirios sueño azul
canto a la materia
canto a la luz
Aquí la mente es
esfera de acero   suelo gris
canto
a la línea
que alcanza a la muerte
Un río de sonidos
  imaginarios:
Aparece, en el camino, la hierba verde brillante
La voz de un gánster en medio del desierto
Una lámpara de cartas
Una carta microscópica leída por mosquitos amarillos
Nenúfares en flor en el agua verdosa del gran río
Un tranvía averiado en el sueño de la langosta
Laura Dern muere en la ciudad de los Ángeles
Desechos de la aspiradora & la materia del día
Eliminar el historial del verano
Pero avanza en esta corriente          más allá
Donde resuena la forma del silencio
Donde el corazón no se aleje
        del anhelo doloroso
        de alcanzar
        el agua infinita
        el enjambre radiante
Donde la alta montaña pierde su ceguera”

 ¿Cuál es el paisaje de este libro? ¿Cuáles son las imágenes que invocan los versos de cada poema? Como el mismo autor nos afirma, el paisaje del libro es el lenguaje. No es un paisaje externo, decodificado por el entendimiento, sino uno interno, delineado con la materia de la memoria; es un límite mental, donde la forma del lenguaje se transforma en la materia de aquel límite, donde el poema es el contorno traspasado de esa frontera. El paisaje es una aporía, una comunidad inconfesable entre autor y lector. En esta misma línea, la tensión fundamental del libro es la tentativa de situar al poema y al lector en esa frontera donde está el eco de algo ausente: algo indecible, inexpresable, un espacio donde resuena silencio, donde formalmente se construye el silencio en pugna (y en necesaria comunión) con la sonoridad de las palabras, con su valor plástico. Es una reinvención de lirismo en consonancia con el ahora del ser humano.

“La pianola en Sed de Mal
resuena
en los ojos de Marlene Dietrich.
Charles Heston
avanza en la noche
  por las aguas.
La grabadora que lleva consigo
  brilla”