La izquierda y el castigo

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Por Felipe Millán

Sentado en un living de muebles oscuros, Jaime Guzmán, el más influyente entre los intelectuales de derecha en dictadura, enfatiza con la mano cuando, en una célebre entrevista de finales de los ochenta, una periodista le pide su opinión sobre la pena de muerte. “Puede ser un instrumento de rehabilitación muy profunda del alma humana que normalmente quienes analizan este problema en forma superficial no consideran”, dice con el tono calmado con que habituaba debatir. Los que se oponen a la pena de muerte, argumenta, piensan que la rehabilitación solo puede ocurrir en vida, cuando también “se puede dar precisamente en ese instante final en que la persona está confrontada a tener que pagar con su vida el delito tan grave que cometió”. Para el ex senador, el castigo contiene en sí mismo un potencial místico o purificador.

A cualquier lector actual –quiero imaginar– la  perspectiva de Guzmán parece fruto de una radicalidad ideológica grotesca. Pero es imposible eludir el hecho de que el argumento que Guzmán lleva a niveles extremos se encuentra, también, en algunas de las formas más cotidianas de nuestro sentido común. Tanto los castigadores fanáticos de las detenciones ciudadanas, como la izquierda que pide penas de cárcel para los criminales de cuello y corbata, parecen estar de acuerdo. Reside en el castigo algo que, esperan, tenga la capacidad de limpiar los crímenes de aquellos que quiebran la ley. Incluso los propios imputados parecen vivir dentro de este consenso: me basta con encender la televisión para escuchar a alguien decir “pagué mi deuda con la sociedad”.

Nuestra obsesión con las supuestas virtudes del castigo nos ha llevado a diseñar códigos con penas cada vez más duras, acompañadas de garantías cada vez menores para los imputados sometidos al proceso penal. Olvidamos con frecuencia, incluso en la izquierda, que toda pena tiene que cumplir, antes que todo, con objetivos sociales. En primer lugar, el indispensable intento de una reinserción que corrija las actitudes del infractor, proyectadas hacia el futuro. Y solo en segundo lugar, frente a la amenaza social que supone un individuo más allá de las posibilidades de rehabilitación, el encarcelamiento –que, por lo demás, debiera siempre garantizar la dignidad de los presos.

Esta posición me ha valido muchas confrontaciones en las que siento estar del lado equivocado: defendí en su momento a Johnny Herrera, el desagradable arquero con el que ni siquiera comparto equipo, y defendí también al hijo de Carlos Larraín, un pendejo irresponsable acostumbrado a escapar de sus problemas con el nombre de su padre de extrema derecha. Hoy, me sitúa una vez más en un lugar en el que no quiero estar: llamando a la reconsideración de nuestra política punitiva hacia los criminales, asesinos y torturadores de la peor calaña que hoy pueblan Punta Peuco. Que no se me malentienda, pues los aborrezco completamente. Por la traición y el daño que hicieron a este país. Pero, sobre todo, por el enorme daño que hicieron a mi familia, vejada y torturada.

 

Este domingo, como muchos antes, fui a la procesión fúnebre disfrazada de marcha con la que hacemos memoria viva de nuestros muertos. Cargaba, junto con otros compañeros, un lienzo que leía “Ni silencio, ni secreto”, pesado de amargura por el rechazo del Congreso a liberar los secretos de la Comisión Valech. Pero fue otro el lienzo que se quedó con mi atención: “Con odio y venganza” en letras blancas, sobre el fondo negro con que el sector políticamente activo de la Garra Blanca había salido a marchar. Este mensaje, que me pareció grotesco, está latente dentro de toda la izquierda, en la que me incluyo.

Como en todas las marchas, hay una cierta politiquería vergonzosa que asiste a figurar. En este caso, algunos canallas luchaban por estar lo más cerca posible de la Agrupación de Familiares de DD.DD. Al seguir con la mirada a un partido de trotskistas que gritaban como barras bravas, me llené de espanto al ver que, a juzgar por las apariencias, la Agrupación se encuentra hoy conformada principalmente de nietos. De nietos que heredaron el peso inmenso –una subespecie de la culpa, insiste Marianne Hirsch1 en sus estudios sobre posmemoria– del trauma de sus ascendentes. Un trauma sin solución posible, porque, tal y como no se puede dar amnistía legal a desconocidos, no se puede olvidar lo que no se sabe. (Eso queda para siempre en el tiempo suspendido).

En el Cementerio leí, una vez más, los versos de Zurita sobre el Monumento a los Desaparecidos: mi amor se quedó pegado a las rocas, al mar y a las montañas. (En mi cabeza suena la repetición en el tono dolorido del poeta: ¡pegado!, ¡pegado a las rocas…). Vi, todavía otra vez, a las mujeres valientes que bailan la cueca sola frente a los nombres de sus muertos, con apenas una fotito para colgar de sus vestidos negros. Vi la desolación estremecedora del Patio 29, la fosa común en que descansa lo poco que tenemos de los tantos chilenos desaparecidos.

Se me hincha el pecho con el mismo odio del lienzo de los compañeros colocolinos y algo en mí quiere que cada uno de los responsables se pudra en la cárcel. Pero, sinceramente, ¿qué pretendemos conseguir? ¿Mantener un asilo repleto de viejos roñosos, algunos de ellos certificadamente dementes? Es evidente que ninguno supone hoy una amenaza al orden social. ¿O es que, como Jaime Guzmán, creemos a ciegas en el prestigio del castigo? ¿Lo hacemos por la sola pulsión de ver al otro sufrir en la misma medida en que nosotros hemos sufrido? Una tendencia natural a difundir el mal fuera de sí, como diría Simone Weil2, pero ese no es más que un impulso bajo que debemos combatir.

Lo que sí es absolutamente intolerable es permitir la peor muestra de la decadencia moral de los moribundos de la familia militar: el pacto de silencio. Estamos todos mirándolos llevarse el secreto a la tumba. Es por ello que, creo, debemos explotar la debilidad más humana de los genocidas, que es su deseo de libertad. Tyrion Lannister dice en un episodio de Juego de Tronos: “hacemos las paces con nuestros enemigos, no con nuestros amigos”. Propongo hoy un nuevo trato: verdad absoluta sobre el final y el paradero de nuestros desaparecidos a cambio de libertad para los genocidas, que ya no son más que bestias gastadas a las que les sacamos los dientes. Yo puedo cargar con mi odio. Pero no podemos permitir más cuecas solas. Las rocas, el mar y las montañas no pueden quedar para siempre en el anonimato.

  1. Hirsch, Marianne. “Marked by memory” en The Generation of Postmemory: Writing and Visual Culture After the Holocaust. Pp. 79-99. New York. Columbia University Press.
  2. Weil, Simone. La gravedad y la gracia. Madrid. Trotta