Fast fashion: lo que hay detrás de nuestro closet

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Por María Luisa Aburto

¿Cuántas prendas hay en nuestro clóset? ¿Qué tan seguido vamos a un mall a vitrinear? ¿Antes de comprar, leemos las etiquetas de los productos? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que tu polera favorita deje de estar de moda? Estas y muchas otras son preguntas directamente conectadas con el concepto de fast fashion o “moda rápida”. 

El fast fashion es un concepto acuñado a partir de la dinámica de producción y venta de famosas marcas de ropa como Zara, H&M, Forever 21, Topshop, Primark, y las marcas de supermercados en general. ¿Te suenan conocidas? Lo más probable es que sí. Lo particular de estas marcas es que se encargan de la manufactura y del retail, es decir, controlan todo el proceso de producción de la ropa que venden. Esto les permite abaratar costos, producir a gran escala y a gran velocidad con el único fin de generar enormes cantidades de dinero. En este proceso, la calidad de los productos, las condiciones laborales de quienes confeccionan las prendas y el impacto ambiental son aspectos que pasan a segundo (o tercer, o cuarto) plano. 

Manufactura, venta y dependencia

El lapso de tiempo en el que una prenda es “diseñada” y puesta en las vitrinas de estas tiendas es extremadamente corto, de hecho, sólo dura entre 2 y 4 semanas. Para ello, la fase de diseño es prácticamente omitida. Diseñar cualquier objeto es un proceso lento que requiere grandes cuotas de creatividad, sin embargo, estas compañías no tienen tiempo para ello. Es por esto que en vez de diseñar, se encargan de copiar las creaciones de verdaderos diseñadores y lo adaptan a un público masivo. 

En cuanto a la confección de las prendas, hay al menos tres graves problemas: las condiciones laborales de quienes trabajan en las empresas textiles, el impacto ambiental y la baja calidad de la ropa. Para que tú puedas comprar una polera a $3990 (y a veces menos) estas empresas deben abaratar costos en todo lo que les sea posible, incluida la mano de obra. Por ello, es muy común que al adquirir una prenda leamos que fue hecha en países como China, Vietnam, Camboya, India, Bangladesh, entre otros. Estos países cuentan con una legislación laboral muy precaria que en la mayoría de los casos tolera diversas formas de explotación tales como el trabajo infantil, largas jornadas laborales, bajos sueldos y exposición a sustancias químicas peligrosas para la salud. Una de las grandes tragedias que dio cuenta de esta situación, fue el colapso del edificio Rana Plaza el año 2013 en Bangladesh, donde murieron 1100 trabajadores textiles y hubo más de 2500 heridos.  

Otro aspecto a considerar es que cuando leemos que una etiqueta dice “Hecho en China”  no significa que la prenda haya sido confeccionada únicamente en ese país. Es tanto el afán de abaratar costos, que muchas veces resulta más conveniente trasladar la prenda de país en país en sus distintas fases de manufactura. Por ejemplo, la tela de un pantalón puede realizarse en Bangladesh, para ser cortada en Vietnam, luego enviada a India para la confección y finalmente a China, donde se coserán los botones. Si bien la prenda pasó por al menos cuatro países, la etiqueta sólo nos informará sobre el lugar en el que se realizó la fase final de producción. ¿Cuál es el problema de esto? La falta de transparencia. La industria textil no entrega información completa respecto de la confección de las prendas, por lo que muchos datos importantes son omitidos al consumidor y a entes reguladores.  

Otro problema fundamental del fast fashion es su enorme impacto ambiental. El proceso de  manufactura y venta de este tipo de ropa es tan corto, que si una prenda se vende muy bien, a las compañías no les queda tiempo para volver a hacerla. Es por esto que se produce mucha más ropa de la que se llega a vender y el excedente termina convirtiéndose en basura. Por otra parte, el medio ambiente también se ve afectado a causa de las materias primas empleadas en la producción de este tipo de prendas, tales como el algodón, el poliéster y los químicos usados para tratar las telas. Si bien tendemos a creer que el algodón es un material noble, para su cultivo se emplean pesticidas de gran toxicidad que quedan en los campos de cultivo y en las fibras de la ropa que más tarde nos pondremos. El poliéster, por otra parte, no es más que plástico, material no biodegradable.

En cuanto a la calidad, esta industria deja mucho que desear. La ropa del fast fashion no está hecha para durar, sino para perecer rápidamente luego de muy poco uso. Los jeans que se desgastaron después de 6 meses, el chaleco al que le salieron pelusas luego de 2 lavados y la polera que se llenó de pequeños agujeros son casos comunes que ejemplifican la moda rápida a la perfección. Nos están vendiendo prendas cuya obsolescencia está programada lo que significa que se han diseñado para tener una corta vida útil, luego de la cual deberán ser reemplazadas.

La calidad no es lo único que nos induce a comprar y comprar, puesto que también están las estrategias de marketing. La tienda Zara, por ejemplo, renueva su ropa cada dos semanas. Esto significa que si hoy vas a la tienda y ves algo que te gustó, debes comprarlo inmediatamente, pues desaparecerá muy pronto. Constantemente se está estimulando el deseo de adquirir productos nuevos y de cambiar abruptamente las tendencias. Como plantea Justine Leconte, diseñadora francesa y youtuber: la moda rápida se trata de qué tan rápido lo que estás usando hoy dejará de estar de moda. La respuesta: dos semanas.

El fast fashion es uno más de los sistemas de explotación impuestos por el capitalismo. Las vidas humanas y el desgaste del medioambiente son aspectos que se vuelven secundarios ante la acumulación de dinero que se reparte entre muy pocas manos. Cuando compramos estas prendas apoyamos profundas dinámicas de explotación que si bien muchas veces no vemos, son latentes en países asiáticos y también latinoamericanos como Bolivia, Honduras y México. A corto y largo plazo, es un sistema perjudicial para millones de mujeres, hombres e infantes que, debido a la escasez de oferta y legislación laboral, se ven obligados a trabajar en esta industria.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Es cierto que es imposible modificar las conductas de consumo de un día para otro. También es verdad que, teniendo un presupuesto limitado, lo más conveniente, y a veces la única opción, es adquirir este tipo de ropa, mal que mal, hay que vestirse de alguna forma. Sin embargo, existen opciones para contribuir al control de esta industria y al cuidado del medioambiente.

Entre las principales opciones, está comprar en tiendas de segunda mano. Mucha ropa de segunda mano es vendida a lo largo del mundo. Al comprar este tipo de productos se contribuye a la reutilización de objetos en buen estado, los que muchas veces tienen una calidad superior a la de las prendas nuevas. También una muy buena opción es dejar de lado las grandes tiendas y preferir productos manufacturados por productores locales, que transparenten sus procesos de producción. Otra manera de contribuir es informarnos sobre el cuidado de las ropa. Si sabemos cómo debemos lavar y/o cuidar cierto tipo de prendas, lograremos prolongar su vida útil, lo que implica un ahorro para ti y una ganancia para el medioambiente. Otra forma es leer la composición de las telas y saber qué materiales son durables y cuáles no, por ejemplo, un suéter de lana natural siempre será de mejor calidad que uno de poliéster o acrílico.

Finalmente, está la opción de hacernos conscientes de aquello que realmente necesitamos y no sentirnos presionados por la moda o las tendencias. Saber qué es lo que nos favorece y ser capaces de identificar productos de buena calidad siempre será la opción correcta para nuestro guardarropa y nuestro bolsillo, así como también para quienes son explotados en la industria y para el medioambiente.