El costo de ser mujer

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Por Catalina Descouvieres, Valentina Fernández, Emilia Garnham y Catalina Morice

Se dice que en las últimas décadas hemos ganado terreno en la igualdad entre hombres y mujeres: obtuvimos el derecho a voto, logramos el acceso a la educación universitaria, e incluso desempeñamos cargos y roles activos en la política, ampliando nuestro espectro laboral al ámbito público, y ya no solo privado. Por estos avances, y entre otros más, es que la gente se llena la boca hablando que la equidad de género es real. Pero es momento de abrir los ojos, los de las mujeres engañadas por el discurso patriarcal, que crea una falsa ilusión de igualdad, y a los hombres que siguen creyendo que el mundo es suyo.

¿Cuál es el costo de ser mujer en la realidad en que vivimos?

Si retrocedemos un poco en la historia, podemos ver que las mujeres, desde siempre, nos hemos encontrado en una situación de desventaja. Recién en 1877 fuimos incorporadas a la educación universitaria, aproximadamente 140 años después del surgimiento de la primera universidad en Chile. El derecho a voto presidencial pudimos ejercerlo por primera vez en 1952, y tuvieron que pasar casi dos siglos y una sucesión de más de treinta gobernantes hombres para que en 2006 una mujer ganara por primera vez las elecciones presidenciales.

¿Cuál es el costo de dejar la política en manos masculinas, en mentalidades que desconocen, de primera mano, cuáles son nuestras necesidades en salud, educación, y economía, en el mundo laboral? ¿Dónde quedaron nuestras voces al momento de decidir sobre el lucro en la educación, sobre nuestras pensiones, el postnatal, el presupuesto militar, y un largo etcétera? Por un tema biológico, somos nosotras a quienes nos toca concebir, gestar y parir a nuestros hijos. ¿Dónde estábamos nosotras cuando Chile decidió legislar sobre el aborto? ¿Qué hacía un grupo de hombres dictándonos lo que debíamos hacer, cuando ninguno de ellos jamás vivirá la experiencia de dar vida a otro ser?

En el último tiempo, a lo largo del país, un gran número de universidades y colegios se ha manifestado en contra de la violencia machista, el abuso del sistema patriarcal sobre nosotras, que se manifiesta en el creciente número de denuncias de acoso sexual, y la falta de protocolos o sanciones de parte de las universidades para el acusado, que dejan a la víctima desprotegida, humillada, obligada a ver al victimario impune compartiendo con ella el mismo espacio ¿Cuánto más tenemos que esperar para que la ley se haga cargo de los abusos y nos proporcione seguridad y respuestas?

Hace dos años, una adolescente fue arrinconada, violada y abandonada por cinco hombres adultos. Con premeditación arremetieron contra ella, la penetraron oral, anal y vaginalmente. La grabaron, la dejaron tirada, sin ropa, sin teléfono, sin tener como acudir a nadie. Sin embargo, ahora la ley no la acompaña. No está tomando las medidas justas contra ellos. Dicen que no fue violación. ¿Y por qué? Porque en los videos ella no aparece resistiéndose, gritando o forcejeando. ¿Cuál es el costo de gritar mientras te violan? Quizás ser golpeada, torturada, o asesinada.

Situaciones como estas existen por montón, tanto en Chile como en el resto del mundo. Por ejemplo, según los datos entregados por la Subsecretaría de Prevención del Delito, durante el año 2015, se presentaron un total de 1.950 denuncias por violación, de los cuales solamente un 16,8% resultaron detenidos.  Datos como estos nos tienen asustadas en las calles, en nuestras casas, y en el trabajo. Se oscurece y debemos encontrar la manera de volver rápido a nuestros hogares, de protegernos del mundo. No podemos caminar tranquilas por las calles, no podemos andar solas de noche, no podemos salir de fiesta y bajar la guardia, menos estar ebrias o drogadas. Porque si bajas la guardia, la culpa es tuya. Cuántas veces hemos escuchado: “la violaron porque estaba drogada, porque estaba borracha.”, “la violaron porque andaba con minifalda, porque se vestía de manera provocativa”, “la violaron porque andaba sola”. “La violaron por su culpa”. Incluso el cuestionamiento a la palabra de la víctima.

¿Cuál es el costo de ser mujer en un mundo donde los roles que podemos ejercer están limitados por el patriarcado?

En occidente, el cristianismo ha dictado la moralidad y ha configurado totalmente la sociedad desde su mirada: Eva nace de la costilla de Adán, es creada para acompañarlo, servirlo y darle hijos. Luego la Virgen María, la principal y casi única figura femenina del Nuevo Testamento, pare, cría y acompaña a Jesús, el protagonista. Las mujeres tienen rol de madre, de virgen, o de prostituta, mientras que los hombres tienen un sinfín de posibilidades para desarrollarse.

Bajo esta línea, los únicos que pueden ver a Dios son los hombres: Abraham, Moisés, Elías, etc. Y a nosotras las mujeres ¿en qué lugar nos dejan?. Actualmente son todavía los hombres los que tienen el rol protagónico en la religión, son el puente entre la humanidad y Dios, mientras que las mujeres no pueden ejercer los sacramentos ni tener esa proximidad con lo divino.

A pesar de que para nosotras hoy esto pueda tener poca importancia, ha dejado huellas profundas en la cultura. Nos bombardean con el imperante discurso de que debemos mantenernos castas, puras, e inocentes. “Cuídate -nos dicen-, pórtate bien, que no vayan a creer que eres una suelta”. Una vez que entregas tu virginidad los hombres no te van a tomar en serio. ¿Para qué van a querer casarse contigo si ya pueden tenerte?

Desde que nacemos nos guían hacia la maternidad, como la única vía de realización. Mientras que a nuestros hermanos les regalan legos o trenes, a nosotras nos regalan muñecas, entrenándonos así para nuestro destino. Nos obligan a plantearnos desde pequeñas la obligación de ser mamás, sin un posible no como respuesta. Debemos querer hijos, tenerlos, cuidarlos con amor y dedicarnos al cien por ciento tanto a ellos como a nuestro marido. Si no queremos este estilo de vida, entonces somos egoístas e inútiles. Fallamos como mujeres.

Si una mujer no quiere ser madre, y desea vivir libremente su sexualidad, cae inevitablemente en la categoría de <<puta>>. Es humillada, desprestigiada, y condenada. Toda esta estructura se ve claramente reflejada en el día a día. ¿Cuántas veces nos han dictado cómo comportarnos como una <<mujer de bien>>? “Una señorita no dice garabatos”, “límpiate la boquita”, “te ves fea diciendo esas palabras”, “siéntate bien y cierra las piernas”, “jugar con autos no es de niñita”, “el fútbol es de hombres”, “estás pesada, ¿andas con la regla?”. ¿Hasta cuándo vamos a soportar estos comentarios? ¿Hasta cuándo nos quedaremos calladas?

La sexualidad completa gira en torno al hombre. Durante siglos se ha considerado el sexo simplemente como una vía para tener hijos, y por lo tanto solo es necesario que el hombre obtenga placer y eyacule. A partir de este hecho, la satisfacción sexual de las mujeres ha sido invisibilizada por siglos. Junto a esto, viene una serie de tabúes respecto a la sexualidad femenina, como por ejemplo, la menstruación. Cuando a una niña le llega la regla, muchas veces se sorprende, pues nadie le habló al respecto. Se siente avergonzada y trata de esconderlo. Es un asunto privado y sucio. No podemos nombrarla tampoco por su nombre en voz alta. Hablamos de que estamos <<enfermas>>, o <<indispuestas>>. Somos reprimidas, nos sentimos avergonzadas, y con limitadas posibilidades para desarrollarnos sexualmente, dada la oscuridad que envuelve el hecho de ser del sexo femenino.

¿Cómo podemos tener una vida sexual sana con hombres que han sido alimentados desde los doce años por la industria de la pornografía, que los convence de que la mujer los va a satisfacer servilmente y que son solo un cuerpo que se puede poseer?

¿Cuál es el costo de ser mujer en un mundo donde la satisfacción que produce el sexo se lo llevan los hombres, y las responsabilidades las cargamos nosotras?

Encontramos también el machismo junto con el valor negativo de ser mujer presente constantemente en el lenguaje. Día a día escuchamos la fórmula de hacer algo “como niña” como despectivo o inferior. Por ejemplo, “pelear como niña” significa no saber pelear, “correr como niña” es lo mismo que correr lento, o “ser una niña” es ser frágil. Incluso al uso del <<maricón>> entre hombres, quiere decir en realidad, ser poco hombre, o sea, ser más parecido a una mujer.  Nos vemos disminuidas constantemente, incluso por las mismas que no se enteran de que el lenguaje construye realidad.

Siguiendo la misma línea, escuchamos a diario en la música contenido sexistas que refuerzan el estereotipo de la mujer sexualizada y de consumo masculino. Por ejemplo, algo tan cotidiano y normalizado como el reguetón ¿alguna vez te has dado el tiempo de reflexionar acerca de la letra?, ¿no crees que tenemos tan interiorizado el machismo, que incluso lo normalizamos cada vez que bailamos estas canciones en un carrete? Deberíamos cuestionarnos lo que implica realmente el escuchar, bailar y cantar estas canciones: estamos alimentando un género musical que nos trata como un objeto exclusivamente sexual, y nos denigra con cada verso. ¿Quién pondrá los límites a estos artistas si no lo hacemos nosotras?

Ser mujer significa cargar con muchas responsabilidades día a día: ser la mujer perfecta: ser bonita, tener un buen cuerpo, destacar en el trabajo –pero no tanto porque el trabajo de verdad es para hombres-, y por supuesto cumplir con tus hijos y tu. Sin embargo, para aliviarnos del peso extra que nos impone la sociedad, debemos luchar para realizar un verdadero cambio, para terminar con la brecha existente entre ambos sexos, para ponerle fin al machismo y al patriarcado imperantes. ¿Crees que es imposible, o no sabes por dónde empezar?

En primer lugar, somos nosotras las que debemos abrir los ojos y no callar los abusos que diariamente sufrimos, pero que la sociedad completa los mantiene interiorizados. Actualmente, solo nos manifestamos cuando existen casos de violencia y abusos sexuales. Pero, ¿por qué hacemos silencio frente a temas igual de violentos? La imposición del rol de madre, la relegación de la sexualidad femenina al plano del tabú, la cosificación de nuestros cuerpos, la diferencia salarial, en la que por el mismo trabajo que nuestros compañeros, recibimos sueldos menores solo por el hecho de ser mujer.

Sin embargo, este cambio de paradigma social no se generará si, por otro lado, los hombres no contribuyen. Nuestros compañeros también deben cambiar su perspectiva del mundo y entender que efectivamente, solo por el hecho de ser hombres, se sitúan en una posición de privilegio respecto a nosotras. Las cosas no giran en torno a ustedes. No tienen derecho a mirar, analizar, ni menos juzgar nuestro cuerpo, nuestra ropa. No nos vestimos para provocarlos. Mi sexualidad no gira en torno a la tuya.

Por último, hombres y mujeres, queremos que entiendan que la violencia no solo se expresa en lo físico, sino que está presente en una amplia gama de situaciones, tanto institucionales, como sociales y cotidianas. Es necesario cambiar esta sociedad patriarcal, que ha persistido por tanto tiempo, y así lograr que las futuras generaciones no estén determinadas por el hecho de tener pene o vagina: terminar con los estereotipos de género, y con la injustificada posición superior del hombre frente a la mujer. Es ahora que podemos terminar con este problema, ya que, finalmente, son nuestros actos y pensamientos actuales los que trascenderán al futuro.