El aletargante abismo de la soledad

(o sobre por qué escuchamos a Luis Jara)

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Publicado por Nicolás Rivera
Fotografías: Nicolás Salinas

Yo no protesto por migo
Porque soy muy poca cosa.
Reclamo porque a la fosa
Van las penas del mendigo.
A Dios pongo por testigo,
Que no me deje mentir:
No me hace falta salir
Un metro fuera e’ la casa
Pa’ ver lo que aquí lo’ pasa
Y el dolor que e’ el vivir

Violeta Parra

Es increíble la cantidad de tristeza que puede concentrarse en un solo lugar. La esquina de una avenida, un vagón de metro, un callejón con mala iluminación. Cosas repudiables suceden en los lugares más disímiles, acarreando tras de sí la amargura que se impregna en la esencia misma del paisaje. Creo haber oído sobre un filósofo que relacionaba la gravedad de un crimen con la fealdad del escenario en el cual se perpetraba. De acuerdo a la tradición cristiana, el primer crimen, de un hombre contra su hermano, se llevó a cabo en una tierra yerma y solitaria.

Recuerdo una tarde en la que fui con una amiga a comprar libros a Patronato. Íbamos cruzando la calle, cuando vimos a un puñado de personas reunidas en círculo observando algo en el piso. Miraban con una mezcla de fascinación y hastío, tal vez de desprecio, como se mira al nuevo hoyo del pavimento luego de la última lluvia. Un hombre de unos treinta años tirado en el piso, con ojos desorbitados, echaba espuma amarillenta por la boca mientras su cuerpo convulsionaba ferozmente. Nadie hablaba, nadie se movía: un retrato atroz de espectadores morbosos ante la muerte más solitaria: la que se produce en la calle, rodeada de desconocidos que se asemejan más a cámaras de vigilancia que a personas. Un par de ellos, a lo lejos, grababa los últimos espasmos del cuerpo. Creí ver a una persona que llamaba por teléfono a una ambulancia, pero, escuchando detenidamente, discerní la enumeración de artículos escolares.

Con vergüenza, debo decir que tampoco hicimos nada. Nos limitamos a ver un momento el aquelarre de brujos desde lejos y entramos en la primera librería que encontramos, tratando de no pensar en lo que pasaba afuera (cosa que, hasta ahora, no hemos conseguido). En fin, la ambulancia no llegó a tiempo y el hombre murió allí tendido. Cuando salimos a la calle, no había rastro de lo sucedido. Podría decirse que hasta los malos sueños dejan huellas en los ojos. Esta y muchas otras muertes similares, o aún peores, no han significado lo suficiente como para ser escritas en la etérea historia de Santiago Centro. Uno de los grandes temores de las personas del mundo antiguo, era caer en el olvido de su pueblo. Pero inmerso en esta ciudad, el fallecimiento de aquel hombre no fue lo suficientemente digno para ser recordado. Y pensar que la memoria colectiva retiene el nombre de una modelo de reality de los noventa. Qué sociedad.

Hay indiferencia en esta ciudad, como en todas las grandes ciudades, y todos somos cómplices de ella: no adolecemos de indiferencia, somos culpables, encubridores, reducidores, mecheros de ella. Nadie está exento, nadie goza de un historial sin manchas. Todos hemos volteado la mirada al ver a un vagabundo borracho dormitar en la esquina de una calle, o a una madre de niños pequeños pedir monedas frente a una catedral, o a una anciana tocar flauta a la salida del metro, o a la esposa llegar a su trabajo con un ojo morado. Somos culpables todos, de oídos que no oyen, boca que no denuncia, ojos-que-no-ven-corazón-que-no-siente. Culpables todos.

¿Cómo soportar el tránsito de la ciudad, el ruido incesante de motores, la miseria que golpea cada rincón del sector poniente? ¿Cómo acallar la angustia de no tener espacio para caminar por la vereda? ¿O de verse obligado a empujar salvajemente a quien se cruce, para poder entrar y salir del Metro? Pienso en las peleas dentro de esos gusanos del subsuelo, en los gritos por un centímetro de espacio arrebatado, por el pie que no debería ir allí, por el codo intruso que se mete en las costillas. Hay que deshumanizarse en cierto sentido, insensibilizarse, proteger nuestra pequeña integridad con un caparazón de monstruo insecto.

(Un excandidato a la presidencia, a principio de año, se fotografió tomando el metro con su familia, felices de la vida. Aquí estamos, somos iguales a ustedes: rubios, millonarios, poderosos, con un apellido extraño, es cierto, pero tomamos el metro tal como ustedes, pobres diablos, lo hacen, lo hicieron y lo harán, por los siglos de los siglos, amén).

Los transeúntes aguantamos muchas cosas: el peso del día laboral, el eterno retorno a casa, el aire que constriñe los pulmones, la vigilancia perpetua. Necesitamos la ceguera autoimpuesta y la sordera selectiva -que a su vez engendra el mutismo- para sobrevivir al organismo amorfo y enfermo que es nuestra capital. Una persona completamente consciente, se desquiciaría en una ciudad como Santiago. Tal vez los grandes artistas de nuestra época estén encerrados en algún manicomio de San Miguel. Tal vez Daniel Johnston (aquel extravagante cantautor gringo que sufre de trastorno bipolar) desde un inicio estuvo cuerdo, y seamos nosotros, seres funcionales de esta sociedad, quienes necesitemos una temporada en el sanatorio mental más cercano.

Nosotros, los transeúntes, conformamos un batallón severamente entrenado mediante la práctica. Pululamos en los paseos urbanos, salidas de metro, paraderos de micro y carritos de sopaipillas. Evadimos el ruido blanco de la ciudad con nuestros audífonos y nuestra lista de reproducción personalizada. Algunos quisquillosos (entre los cuales me incluyo), eligen mediante dedocracia la canción ideal para el momento específico, escuchándola una y otra vez hasta el hartazgo. Gracias a esto, somos inmunes a los gritos desesperados y a cualquier tipo de contacto directo del entorno. Con ojos siempre abiertos, atentos a cualquier posible transgresión de nuestro espacio, pero con un campo visual que no llega más allá de la punta de nuestras pequeñas narices, configuramos la ciudad como una gran y colorida mentira, en el tono y ritmo que mejor nos parezca ¿Qué podrá decir el transeúnte? ¿Qué sonidos emanan de su boca? Gracias, disculpe, por favor, permiso, sí, no.

Somos autómatas. Aquel es el precio de la (post)modernidad y del (post)colonialismo, padres titánicos de ciudades como Santiago, Buenos Aires, Río de Janeiro, México DF y muchas otras; ciudades colapsadas y en crecimiento exponencial, con un ritmo parido del trash y el jazz fusión: un gusto adquirido, que bien puede no adquirirse nunca. Este inopinado negocio en el cual nos hemos visto envueltos, se ha ido gestando desde hace siglos, perfeccionándose constantemente. Son los términos y condiciones de vivir en los lugares con mejores oportunidades de trabajo, educación, salud y vivienda. Conformamos la perfectamente caótica maquinaria de las calles, nos mimetizamos con los gustos y las informaciones de moda: hacemos yoga, compramos carcasas, leemos a Zambra, nos volvemos fans de Lucho Jara, vamos a Valparaíso por el fin de semana, compartimos frases motivacionales, seguimos el horóscopo. Así, terminamos convirtiéndonos en una lista de reproducción más, entre las miles que circulan por las avenidas, repetidas y repetitivas.

Lo anterior es un voladero de luces, un espejo para nosotros, pobres alondras. Nuestro soma es la ilusión de nuestra individualidad, única e irrepetible, muchas veces reforzada por el sobreprotector amor filial. Un castillo de naipes que no se caerá si no hay una brisa reveladora que lo golpee. Cuando el transeúnte deje de solo transitar sus calles y comience a observarlas, a sentirlas, a ser parte de ellas, el sentido de comunidad (concepto casi ideal en nuestro tiempo) se verá restaurado, y el egoísmo narcisista será parte de un pasado tan ajeno como lo es ahora la conciencia de clase. ¿Cómo lograrlo, en una ciudad cambiante y cada vez más grande? ¿Cómo avanzar más rápido que el progreso mismo? Somos niños pequeños vendiendo vasitos de jugo de maqui junto a la viña Miguel Torres.

Un día que fumaba en una banca de la Manuel Rodríguez (la plaza luego de las marchas), se me acercó un hombre de unos cincuenta años. Le convidé un cigarro, y luego de un par de minutos hablando, un poco avergonzado, me confiesa que es la conversación más larga que ha mantenido en meses. Yo debo abandonarlo, me esperan en otro lado.