Rasgar los tejidos del Otro: tortura sexual y violencia de estado

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Por Florencia Marín y
David Parra

 

“¡El infierno está vacío y todos los demonios se hallan aquí!” (Shakespeare, W. La tempestad).

 

En el contexto de las manifestaciones sociales en Chile iniciadas el 18 de Octubre pasado –con más de 22 mil detenidos durante las protestas y de 1229 personas en prisión preventiva 1–, el Instituto Nacional de Derechos Humanos ha presentado, hasta la fecha, 52 querellas por violencia sexual 2. Entre estos hechos destacan principalmente actos de desnudamientos forzosos, tocaciones, amenazas de violación y violaciones (penetraciones fálicas o con objetos). Por supuesto, con tantos casos registrados ya no se trata de “errores” como señaló el ministro Blumel a propósito del accionar desmedidamente violento de carabineros en el Liceo 7 de niñas de Providencia. Son delitos cuyo número es alarmante y creciente y que, a pesar de su realidad, no son expuestos en los medios con el mismo énfasis que la destrucción material. Pero ¿a qué se debe a que un acto tan horripilante como la tortura sexual pase desapercibido por la justicia gubernamental? ¿Cuál es el objetivo detrás de esta forma de amedrentamiento? ¿Hay algún tipo de vinculación lógica entre la tortura sexual y las decisiones políticas que se han tomado el último tiempo? Consideramos que sí. Sin embargo, no como un mandato directo de las autoridades, sino como un dejar hacer, cerrando los ojos.

En primer lugar, es necesario precisar a qué nos referimos con tortura sexual. La tortura sexual es toda tortura que involucra la violencia contra los órganos sexuales, el asalto sexual físico, el asalto sexual mental (desnudamientos, humillaciones, amenazas y presenciar a otros siendo torturados sexualmente) y los actos sexuales directos entre la víctima y los torturadores, entre víctimas, y entre víctimas y animales (Lunde y Ortmann, 1990). Esta forma de tortura, así como todas las formas de suplicios físicos, fueron prohibidos a principios del siglo XIX en Europa y América, razón por la cual Foucault (1998) declararía que el suplicio como mecanismo punitivo desaparece de la esfera pública siendo reemplazado por la privación de libertad (cárceles), pasando la tortura a ser parte de la esfera de la ilegalidad. Sin embargo, aún podemos ver cómo las fuerzas armadas del Estado en varios países, especialmente de Latinoamérica y Oriente, se dan ciertas libertades en cuanto a los límites preestablecidos (legales) de su actuar, haciendo uso excesivo de la fuerza y llegando incluso a las torturas y vejámenes sexuales de las que nos hemos enterado en las últimas semanas. 

La tortura sexual existe también en la esfera pública como la amenaza de lo horroroso, logrando así su objetivo de causar miedo en la población. Causando tal vez el suficiente terror como para disuadir a algun@s de manifestarse públicamente contra el Estado. Es por esto que no podemos hablar de la tortura como un elemento primitivo relegado al ámbito de lo ilegal: la tortura se convierte así, en la actualidad, en una tecnología corporal que tiene por objetivo controlar y dominar los cuerpos para ajustarlos a ciertas concepciones del orden social y político (Blair, 2010). 

Si bien Foucault tiene razón al relegar la tortura al espacio de lo ilegal, cabría interrogarse por la relación entre lo legal y lo ilegal ¿Qué relación hay, entonces, entre lo legal y lo ilegal? ¿Son simplemente excesos que deben ser condenados como casos aislados o se mantienen una relación estrecha con formas coerción?  Ha sido Zizek, en su lectura de Freud y Lacan, quien ha insistido en la relación paradojal entre la ley y lo que podría catalogarse como su exceso constitutivo: El superyó emerge cuando la Ley -la Ley pública, la Ley articulada en el discurso público- fracasa; en este punto de fracaso, la Ley pública está obligada a buscar apoyo en un goce ilegal. El superyó es la obscena ley “nocturna” que necesariamente duplica y acompaña, como una sombra, la Ley “pública” (Zizek, 1995: 87). La falla de la ley pública, la impotencia de las figuras del poder frente al retorno de lo Real en las calles, invoca su suplemento obsceno constitutivo, donde todo marco regulatorio se desvanece y aparece una violencia de Estado pura. El poder, para sostenerse, requiere de este puro potencial de violencia que es, a la vez, impotencia discursiva pura. . 

 

La feminización del cuerpo en la tortura sexual

Cuando se trata de tortura sexual, sin embargo, podemos hablar de la utilización de un método distinto a la tortura tradicional: podemos hablar de la feminización del cuerpo como herramienta de dominación simbólica. Así, la tortura sexual no es sólo un encuentro físico entre el/la torturador y el/la torturado/a, sino que es un encuentro con las significaciones sociales y culturales de lo sexual enmarcado en un plano heteropatriarcal, donde se asociacia lo femenino y lo homosexual a lo degradante. Por lo mismo, torturas sexuales como la de José Maureira, en la que carabineros obligó al estudiante a gritar que era maricón y en la que se le introdujo una luma en su cavidad anal, son ilustrativas de la brutalidad tanto simbólica como física de la fuerza policial. Estos relatos nos retrotraen al infierno que vivieron muchas personas en dictadura. Por ejemplo, Luz Arce en su libro Mi infierno, señala una serie de vejaciones durante su aprisionamiento, las que tuvieron como resultado una desintegración de su estado psíquico: “(…) sólo percibo que soy algo tirado que está ahí, siendo usado. Que si resisto es como un estímulo, que si me quedo quieta, si vago mentalmente por otros lugares parece ser menos para ellos el incentivo, soy una muñeca desarticulada” (Arce 56). ¿No es esta descripción, quizás recontextualizada, la sensación constante de una clase frente al abuso de un sistema de producción que no cesa? 3 

La tortura sexual atenta contra la constitución psíquica de l@s individuos: los desnudamientos forzados, las amenazas de violación, las humillaciones sexuales no dejan necesariamente un registro físico, pero sí uno subjetivo o interno. La degradación de la corporalidad por medio de su feminización ataca algo que la tortura tradicional no alcanza: en la tortura sexual se comparten marcos culturales entre torturador y torturado/a, o sea, se comparten las mismas nociones patriarcales de misoginia y homofobia (Rodriguez, 2015) que permiten que la humillación sea no solamente física, sino también simbólica y que pertenezca, a la vez, a la esfera pública.

 

Metonimia de la tortura sexual: cuerpo individual/cuerpo nacional.

Como enseñó Freud –y luego Lacan–, el sexo es “intrínsecamente sin sentido” (Zupancic 2013), es una inconsistencia de lo real, una x enigmática que no podemos dotar de explicación final. Es en el lenguaje donde resolvemos esta inconsistencia: generando y trocando sentidos, pegoteando imágenes, tomando identidades y discursos del orden simbólico/social. El sexo es un modo de lidiar con esta inconsistencia de lo real, con ese algo que no funciona de por sí, que requiere de un proceso de creatividad subjetiva. Es por esto, que en el sexo se manifiesta nuestra relación inconsistente con el lenguaje, donde estamos en estrecho vínculo con el Otro, otro psíquico, pero también otro real. La subjetividad es inmixión psíquica con un Otro. La tortura sexual es también un modo de rasgar –junto a la carne– ese cuerpo hecho de lenguaje, de mutilar las significaciones, de reprimir las asociaciones, reducirlas a una significación única, denigrante, unívoca. Negar toda relación de mixtura con el Otro y hacer prevalecer bloque de sentido sin apertura, sin discontinuidad, sin incertidumbres. En este sentido, la tortura sexual es la negación del sexo y, por tanto, de un núcleo fundamental de la subjetividad humana.

Esta negación violenta no es de la nada, se sostiene en discursos y prácticas que componen nuestro entorno significante, formas hegemónicas de articular las identidades y las subjetividades. Por eso, el cuerpo individual violentado sexualmente a través de la tortura mantiene una relación metonímica con el cuerpo nacional, con los discursos que se representan como certezas, verdades inamovibles. Discursos monolíticos del éxito, del crecimiento, de la agresión, de la competencia, del patriarcado. Discursos que anulan cualquier otredad. Solipsismo casi psicótico. Locura que remite necesariamente a la dictadura: “Estamos en guerra, contra un enemigo poderoso”, declaró Piñera reproduciendo con exactitud las palabras de Pinochet. La tortura en el marco ideológico de la dictadura fue, en palabras de Hernán Vidal, “funcional para un fundamentalismo integrista que buscaba coaccionar al pueblo chileno para que retornara a la senda de la plenitud perdida, liquidando a los políticos responsables del desvío.” (Vidal, 2000: 40). La aniquilación política, es también una aniquilación en el plano del lenguaje, del lenguaje como pluralidad, como desplazamiento, como metaforización, como juego asociativo constante y fluido. Es la imposición de un sentido único acorde a la reducción del otro a mera vida productiva.

 

Conclusión

La tortura feminiza al cuerpo con el objetivo de degradarlo, reducirlo a mera vida desechable. La tortura sexual no es un simple exceso, su horrible realidad es correlativa de discursos de poder que anulan toda alteridad. Funciona como un suplemento obsceno del «orden público»: amenaza latente de ser despojado de toda dimensión simbólica y humana, de ser reducido a un mero animal, excluido de cualquier marco legal, de ser violentado impunemente. En otras palabras, quedar a merced de los demonios que han escapado del infierno. La tortura sexual no corresponde a un simple exceso particular dentro de un sistema, sino que es fruto de nuestro mismo sistema, de un modelo de sociedad que anula al Otro, discursiva y materialmente. Estos discursos anuladores son, por ejemplo, aquellos enunciados indolentes que exigen levantarse más temprano para enfrentar el alza, que la espera en los consultorios es un modo de vida social, que la violencia de carabineros en el Liceo 7 fue un “error”, que no se dará a ningún carabinero de baja por procedimientos policiales (altamente cuestionados hoy), etc. En esos discursos violentos que nos deshumanizan quedamos expuestos a la intemperie de una violencia pura, y son esos discursos los que debemos disputar y resignificar, a través de un cambio en lo Real que permita un reordenamiento de los tejidos simbólicos e imaginarios que nos anudan como sociedad. Para ello, creemos, es necesaria una férrea posición ética frente a la violencia estructural de un modelo económico y discursivo que ha delimitado lo que es el bien y el mal dentro de estrechos y privilegiados marcos de comprensión de la realidad. Por eso hacemos un llamado a seguir en las calles, seguir luchando hasta que hechos como los que vemos actualmente no se repitan y, por supuesto, hasta que la dignidad se haga costumbre.

  1. https://www.cnnchile.com/pais/detenidos-protestas-chile-22-mil-prision-preventiva_20191111/?fbclid=IwAR2Ye5q8O2qzmekPaIXiXSNYMTgHCsmfDGU34f_7MOnKDjbvODYz3i3eO08
  2. https://www.cooperativa.cl/noticias/pais/manifestaciones/indh-ha-presentado-52-querellas-por-violencia-sexual-en-el-estado-de/2019-11-08/214635.html
  3. Sobre otro caso de tortura sexual, véase La flaca Alejandra: recuerdos de la muerte. En él se nos presenta el testimonio de Marcia Alejandra Merino, mujer torturada y luego colaboradora de la DINA delatando a sus antiguos compañeros políticos.
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