Hablar de feminismo desde lo masculino

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Por Matías Silva

“No habrá revolución sin liberación femenina.
No habrá liberación femenina sin revolución.”
Colectivo Zero, The Raven, anarquist quaterly, 1993.

 

Uno de los principales objetivos que debemos proponernos como seres humanos es emanciparnos como individuos para posteriormente extender dicha emancipación a nuestra sociedad, tal vez así podamos “crear una sociedad en la que valga la pena vivir” como diría Paul Goodman. Sin embargo, es importante entender dicha emancipación no desde la despiadada e inhumana vereda mercantilista y capitalista que nos rige sino desde una perspectiva más fraternal y comunitaria. Proponiéndonos esto como guía o carta de navegación, vamos a poder entender lo que comprende y propone el feminismo. Antes, divagaremos en el histórico mar de ignorancia patriarcal.

Para poder comprender lo que es el feminismo y lo que propone, debemos estar dispuestos a atacar nuestra concepción de poder y cómo lo ejercemos con nosotros y para con el resto.

El falo-centrismo o relativizar todo a través de lo sexual, ha socavado en nuestro inconsciente para hacernos inmunes al entendimiento del otro u otra como persona, llegando incluso al extremo de atentar con la vida de esta si es necesario, lo que evidencian 8 casos de femicidio ocurridos en nuestro país este año 2019. Hemos sido educados por décadas, por siglos bajo la premisa de que el poder yace solo en las manos de nosotros, los hombres y por lo tanto la única palabra que vale es la nuestra. El resto son puras falacias. Hemos sido criados sobre la dualidad de fortaleza y debilidad, agresividad y sumisión, frialdad y emoción y sobre todo bajo la dualidad de la división del espacio entre lo público y privado, donde el primero es atribuido y relegado netamente al hombre como terreno de validación social, mientras que el otro es supeditado solamente a la mujer como una expresión de domesticación de la feminidad.Esta dualidad, a la larga permite perpetuar actitudes y comportamientos machistas desde la infancia a la adultez. Ejemplo de esto es la instauración en el imaginario colectivo de la figura materna como un símil de servidumbre que cumple con tareas del hogar de igual manera como si se tratara de un trabajo remunerado, zona de confort en la cual muchos se mantienen satisfechos y a salvo hasta cumplir una edad madura.

En la gran mayoría de los casos este imaginario se extrapola también a escenarios donde la mujer, que es comprendida como la compañera, termina cumpliendo el rol de sirvienta o simplemente el de la mujer esclava, tanto en la casa como en la cama. Es por esta razón que no impresiona ver a hombres alzarse enfurecidos cuando se proponen cambios de sentido común o cuando se exige igualdad, respeto y justicia hacia el género femenino. El paradigma social nos ha impuesto la imagen de que la mujer debe ser vista y comprendida como propiedad, es decir, matrimonio, sexo y maternidad o mejor dicho, contrato, satisfacción y reproducción. La concepción de poder y propiedad a partir de la cultura patriarcal nos han llevado a entender erróneamente los vínculos y las relaciones entre hombres y mujeres, viendo a unos desde la superioridad, y a otras desde la sumisión.

Es por tanto aquí donde yace el problema del machismo, en el poder. El miedo al cambio de paradigma desde lo masculino/patriarcal radica principalmente en la pérdida del poder como forma de seducción, apareamiento y sometimiento, y es por ello que el ver a otros y sobre todo otras como iguales es algo impensable, la pérdida de placer, de control y de seguridad es algo que no se puede transar. Las bromas, las pulsiones, los piropos ya no son algo simpático y pícaro, nunca lo fueron a decir verdad, tampoco lo son las historias de triunfo individual o grupal donde la feminidad es entendida como un premio que enaltece la pobre e insegura virilidad y sexualidad masculina. En la nuestra, una sociedad voyerista, machista y conservadora, se necesita más que empatía de nuestra parte para poder avanzar hacia un cambio sincero, se necesita primero que todo poder evidenciar conductas y actitudes que son nefastas, fascistas y cobardes para nuestro conjunto, para así de esta forma poder comenzar a erradicar la cosificación e hipersexualización de lo femenino y así poder entender que no todo orbita en torno a  la satisfacción sexual masculina, que la libertad, el consentimiento y el poder también son derechos de la mujer y no del deseo del hombre y que la propiedad no se traspasa ni a lo personal ni a lo sexual. Debemos entender que el patriarcado, el “machismo” esa interpretación conservadora de lo masculino, nos ha dañado como hombres y nos seguirá dañando como sociedad en su conjunto al querer validar el acoso como una cuestión cultural criolla, idiosincrática, “malos entendidos” como dirían algunos para excusar sus acosos. Derribemos ese rol de proveedor y de patriarca omnipotente pero siempre ausente.

Es preciso poder acabar con los privilegios impuestos y auto-impuestos por ser hombres, y por favor entendamos los privilegios no desde una visión materialistas de tener un auto, dinero o de pertenecer a la burguesía, porque el machismo no es vicio solo de las clases acomodadas, la clase proletaria y la izquierda también poseen vicios que rayan en lo patriarcal. Seamos claros y enfáticos en que los privilegios masculinos radican en tener autoridad, poder y libertad solo por el hecho ser “el sexo fuerte”, porque ciertamente el hombre no sufre de victimización y acoso callejero, pero sí ejerce control e invisibilización física y psicológica sobre la mujer. Tampoco suele intercambiar los roles en la división sexual del trabajo, pero sí suele disfrutar de su libertad sin cuestionamientos en los espacios públicos, instrumentalizando y celebrando el estereotipo.

Basta de pensarnos como una colectividad que tiene  el derecho de humillar, reprimir y dominar solo porque la cultura Judeocristiana nos inventó que la mujer viene de nuestra costilla. Basta de centrar todo nuestro ser en nuestro órgano genital, basta de depender del falo para entablar vínculos con el sexo opuesto, de reafirmar nuestra hombría como forma de validación social. Ya es tiempo de comenzar a cuestionarnos a nosotros mismos, a nuestra cultura y de pararnos la mano en la reproducción y normalización de actitudes fascistas y patriarcales. Sí, no somos culpables de los privilegios heredados por pertenecer al género masculino pero sí somos culpables por no cuestionarlos y  perpetuarlos hasta el infinito y más allá.

Seamos capaces de extender nuestra fraternidad y nuestro compañerismo más allá de lavar platos o barrer el piso, seamos capaces de evidenciar y eliminar de nuestra persona esa pulsión de satisfacción de poder que se nos implantó como sociedad, abramos los ojos como colectividad masculina y extirpemos ese macho repulsivo de nuestro ser, no como un mandamiento religioso pero sí como un sentido común de la evolución en las relaciones interpersonales humanas. La tarea no ha sido y no será fácil, años de lucha y reivindicaciones de derechos de las mujeres, por las mujeres así lo demuestran. Pero la sociedad no se cambia sola, por lo que es justo y preciso ser protagonistas de este cambio. Si bien es cierto el respeto y compañerismo deberían ser sentido común entre las personas, desafortunadamente el sistema en el que vivimos nos hace llevar a segundo plano dicho sentido. Hace falta que abramos ese entendimiento respecto de qué es el feminismo y dejemos de satanizarlo simplemente porque no lo entendemos. Hablar de feminismo desde lo masculino no nos hace menos hombres, por el contrario, nos entrega herramientas para alcanzar esa emancipación necesaria en nuestra actualidad.

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