BDSM intercambio de poder y género

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Por Florencia Marín

 

Últimamente me he estado culturizando en la subcultura BDSM (Bondage y Disciplina, Dominación Sadismo y Masoquismo), un término creado que puede tanto referirse a una práctica sexual como a un estilo de vida. En términos simples, el BDSM se concibe como una alternativa para experimentar la sexualidad de maneras poco convencionales y suele involucrar juegos de dominación, de sado-masoquismo o de restricción con cuerdas y otros aparatos diseñados para ese fin. En general, involucra ciertos niveles de violencia física y psicológica que busca estar protegida por espacios seguros y de comunicación, en que las parejas hablan de sus deseos y de sus límites. Esto último me hizo pensar ¿cómo se mezcla el feminismo con una subcultura que tiene como premisa la violencia?

Teóricos del BDSM (sí, hay teóricxs), han dado pinceladas de reflexiones que nos podrían llevar a una respuesta. Se suele plantear que en el sexo de este tipo la comunicación es clave y le sumise mantiene siempre el control en la medida en que escoge darle el poder a le dominante, empoderándole a través del consentimiento hablado, el cual puede retirar en cualquier momento (Miller and Devon 1995). De acuerdo a esto, en el juego de poder habría un constante flujo del mismo desde abajo hacia arriba, en la medida en que le sumise le entrega a le dominante la capacidad de ejercer violencia dentro de límites claros y preestablecidos.

Esta idea me parece interesante y creo que darle una vuelta desde las relaciones del patriarcado puede serlo aún más. El sexo en el BDSM tiene como base la comunicación y, por tanto, el decreto de ciertas fronteras de aquello que puede hacerse en el encuentro sexual. El sexo heterosexual, en cambio, parece ser  precisamente lo contrario: mucho supuesto, poca comunicación. En el sexo ‘tradicional’ o ‘vainilla’ como le dicen los practicantes del BDSM, existen ciertas ideas de aquello que es permitido o no permitido, correcto o tabú, por lo cual los hombres suelen guiarse bajo ciertos supuestos de lo que pueden hacer durante el acto sexual. Pero ¿y el consentimiento?¿Y la comunicación? Claro, hablamos mucho del consentimiento como el acto vocativo de entregar de parte de la mujer un “sí” explícito, sin embargo, no hablamos de los límites de nuestros deseos, del término de nuestra sexualidad. Pocas veces me he encontrado en un encuentro sexual en que se me pregunte explícitamente antes del sexo qué quiero o cuáles son mis límites, porque, creo,  aún nos regimos por estándares de una sexualidad tradicional en que la niña “hace el amor” y el hombre “tira” y hay, por lo tanto, ciertas preconcepciones del deseo asociadas a esto. El sexo común heterosexual es “consensuado” en la medida en que existen ciertos indicios o fases pre-sexuales que van avanzado hasta asumir que se llegará al coito mismo, pero, realmente, no existe comunicación asociada.

Otra línea de pensamiento que me surgió en torno al tema tiene relación con el intercambio de poder y los roles de género asociados a las categorías sumise-dominante. En el BDSM se plantea que existe un flujo de poder entre ambos participantes y que cualquiera puede ocupar cualquier rol. Sin embargo, ¿es coincidencia que casi siempre se refieran a LA sumisa y EL dominante? Ciertamente, no. La sociedad ha elegido por nosotrxs ciertos roles asociados a nuestro género, como la mujer dulce, callada, sin mayor deseo sexual, mientras que el hombre es fuerte, iracundo, hiper-sexualizado. El BDSM ciertamente no se salva de estos estereotipos, donde la mujer termina siendo, gran parte de las veces, la sumisa. Incluso si nos vamos a la excepción y encontramos un caso en que la mujer sea la dominante y el hombre el sumiso, ¿podemos hablar de que un hombre sumiso es lo mismo que una mujer sumisa? Más allá del poder que el patriarcado le ha entregado al hombre, el poder físico, o sea, la fuerza física que suelen detentar los hombres los mantiene siempre en el control de la situación y, por tanto, el poder que ejerce la mujer es imaginario, mientras que el del hombre es real.

Ahora hablemos de este supuesto flujo de poder que se da en el consentimiento de le sumise a le dominante. ¿Es el poder realmente permutable tan fácilmente cuando existen estructuras detrás que nos asignan un pedazo (pequeño o grande) del mismo? ¿El hecho de que la interacción sea consentida y se mantenga dentro de márgenes establecidos implica que el poder lo tiene quien consiente? Creo que es cuestionable. El patriarcado, entendido como sistema de dominación, da gran parte del poder a los hombres, quienes lo ejercen dentro de distintas esferas de la vida, entre las que, por supuesto, se encuentra la sexualidad. El consentimiento no implica entonces un intercambio de poder, en que la mujer-sumisa le “presta” el poder al hombre-dominante, sino que la mujer lo autoriza a ejercer el poder que ya tiene dentro del vínculo sexual.

El BDSM se practica como una alternativa underground al sexo tradicional y plantea ciertas líneas de aquello que podemos llamar consenso, sin embargo, pienso que aunque intente diferenciarse y quiera proponerse como algo en que los roles de género pueden intercambiarse, al final los hechos demuestran  que el patriarcado es quien, realmente, establece nuestros roles de poder y las maneras en que podemos ejercerlo.

 

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