Sujetos posthumanos: desarticulados pero unidos

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Publicado por María Luisa Aburto

El estilizado hombre de Vitruvio, figura humana dibujada por Leonardo da Vinci a finales del siglo XV, fue durante siglos el ícono del humanismo. Sin embargo, esta famosa ilustración ya no sirve para explicar al ser humano, de hecho, ya no sirve ni el mismo humanismo. Desde mediados del siglo XX, esta corriente de pensamiento evidenció sus limitaciones para abarcar los extensos márgenes de la humanidad, márgenes que desbordan Europa, yendo más allá de la hegemonía patriarcal, más allá de la piel blanca, más allá de la heterosexualidad e incluso más allá del mismo cuerpo.

Se hicieron necesarias nuevas corrientes discursivas que permitieran formular definiciones más abarcadoras, entre ellas, la ética posthumana, desarrollada por Rosi Braidotti en obras como Sujetos Nómades (2000) y Lo posthumano (2015). En la actualidad, muchos intelectuales coinciden en la necesidad de desarrollar una visión amplia de lo humano, que se desvincule del antropocentrismo renacentista, esto es, la idea de que el ser humano es el centro del mundo. La urgencia es construir una conciencia holística en la que se unifique naturaleza y cultura. Se requiere difuminar las líneas no sólo de las fronteras de la cultura occidental dominante, sino también aquellas que se han establecido entre los diferentes organismos vivos, e incluso entre lo vivo y lo (aparentemente) inerte.  

Los consensos y teorías sobre la esencia humana deben subvertirse. No se puede definir una especie bajo lógicas sustancialistas. Pretender que como sujetos corporizados tenemos funciones específicas e incuestionables es un despropósito. Una de las pocas cosas en las que históricamente nuestra especie ha sido constante, es en el desarrollo de la propia transformación y de la propia extensión. Somos sujetos que mutamosn a través de herramientas, armas y artificios. Ante estas evidencias ¿por qué cuesta tanto abandonar el esencialismo?

Es la época de la desarticulación y transformación del cuerpo, no sólo en términos físicos, sino también en lo que respecta al entendimiento de nuestra constitución como organismos. Hoy somos más que carne y huesos, más que hombres y mujeres destinados a la reproducción, más que sujetos racionales. En la actualidad también devenimos animales y máquinas, y nuestra capacidad técnica y tecnológica permite incluso la proyección de nuestra conciencia más allá de lo material.

A través de la figuración propuesta por Donna Haraway en  Manifiesto cyborg (1983), podemos entender que somos quimeras, seres heterogéneos tanto social como individualmente. Nuestro cuerpo y nuestra conciencia pueden ser intervenidos por máquinas, cuya compañía pareciera ser aceptada de forma gustos día a día. Esta constitución cyborg es más que una metáfora relegable al plano de la ciencia ficción. Diariamente, cuerpo y mente se extienden a través de máquinas que comunican, organizan, planifican, orientan, almacenan, recuerdan y olvidan, construyen y destruyen. Que el chip esté fuera del cuerpo, podría considerarse un mero tecnicismo, pues las funciones no cambian.

La importancia de esto para el feminismo contemporáneo es sustancial, pues conduce al abandono de la definición esencialista del cuerpo femenino y de todos aquellos cuerpos imposibles de etiquetar según los estándares hegemónicos. El rechazo al binarismo hombre/mujer, esperma/óvulo implica el olvido del régimen que esclaviza a los cuerpos bajo lógicas de producción en serie y de rígida moral religiosa. Mediante el entendimiento progresivo de estas premisas, se amplía el espectro de aquello que es susceptible de ser incluido en la categoría de humano. Aumenta la humanidad desde un plano ético, y la otredad, que históricamente ha implicado exclusión y segregación, se olvida cada día un poco más.

El posthumanismo nos invita a ser conscientes de que pensamos en términos de ficción y nos alienta a seguir inventando nuevos modos de autoentendimiento. Jamás hay que olvidar que aquello que culturalmente se acepta como verdadero, en la mayoría de los casos, ha sido sistemáticamente instaurado para ser percibido de esa forma. Tal es el caso de la moral occidental sobre la sexualidad, la cual se ha legitimado por siglos a través de discursos e instituciones económicas, educativas, religiosas y jurídicas. Lo que creíamos esencia, no es más que una esmerada construcción, y bajo esta premisa, ampliar el espectro de lo humano es un acto liberador que nos invita a entender que mientras más diferentes, más desarrollados y libres podríamos llegar a ser.