Educación no rima con Salud Mental

Por María Luisa Aburto
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Por Catalina Fernández

Todo comenzó con una protesta en  la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile. Les estudiantes hicieron notar la sobrecarga académica a la que son sometidos constantemente, una sobrecarga que les quita  tiempo para la familia y para poder desarrollarse socialmente. Lo más importante, una sobrecarga que daña su salud mental.

A partir de esa primera movilización, estudiantes de varias universidades hemos empezado a manifestarnos a lo largo del país, lo que ha causado polémica y división de opiniones. Mientras un sector nos tilda de exagerados y flojos, el otro, teniendo en cuenta que la tasa de depresión en Chile corresponde al 17,5% de la población según la Organización Mundial de la Salud y que las tendencias suicidas de las personas aumentan o se ven gatilladas durante la Educación Superior, es capaz de empatizar.

Entre los que han reaccionado con  furia a las movilizaciones están aquellos que nacieron en cuna de oro y ven todo como un simple bien de consumo. Detrás de ellos, haciéndoles barra, están esas personas que provienen de una generación en la que estaba bien reprimir las emociones, pues las enfermedades de orden mental eran claramente un tabú dentro del núcleo familiar y la sociedad. Mencionarles “salud mental” en una oración les genera repudio y simplemente no entienden (o se niegan) a comprender el porqué de su importancia. Aquellos que nos tildan de flojos y flojas por exigir una buena atención psicológica en nuestras casas de estudio están hablando desde la vereda de la comodidad y probablemente nunca se han cuestionado sus estilos de vida. Tal vez deambulan a través de esto que llamamos ‘vida’ en modo automático y se refugian en el hecho de que terminaron sus carreras sin echarse ramos gracias a que trasnochaban permanentemente como parte de la rutina de estudio. Se amparan en esto y se jactan de lo esforzados y responsables que fueron. No eran débiles como lo somos hoy.

Porque, claro, darnos cuenta de que aparentemente para ser exitosos debemos matar poco a poco nuestra psiquis es cosa de débiles. Darnos cuenta de que mientras nos encerramos en promedio cinco o seis años estudiando algo, en países desarrollados esa cantidad de tiempo ni siquiera está en carpeta es cosa de débiles. Denunciar cómo nuestras relaciones interpersonales se están dañando cada vez más y querer repararlo es cosa de débiles. Hacer visible que nos estamos intoxicando, desarrollando pensamientos suicidas y querer frenarlo y salvarnos entre todos es cosa de débiles. Para aquellos que miran desde la otra vereda somos débiles y los actuales parias de la sociedad. Además de ‘querer todo gratis’ también queremos vivir y desarrollarnos sanamente. ¡Qué ocurrencias las de la juventud!

La sobrecarga académica te lleva a un punto en el que te deja de importar si amas lo que estudias porque se vuelve tóxico. Es como esa pareja a la que amas profundamente, pero que de a poco va limitando tus amistades y círculo social. Ya no ves a tu familia con la misma frecuencia, pero no importa porque estás sintiendo amor y de repente te encuentras llorando porque esta pareja te llenó de inseguridades que ni siquiera sabías que tenías. Para apaciguar esta carencia de autoestima empiezas a automedicarte, confiando en que en algún punto se solucionará, ¿cierto? Pero no lo hace. La sobrecarga, como una relación tóxica, empieza a reclamarte más y más tiempo, así que incluso descuidas tu alimentación para dedicarle lo que demanda. Además, te dice que no eres nadie y que para ‘ser alguien en la vida’ tienes que sacrificarte. Normalizas esto, hasta que te sorprendes teniendo el primer pensamiento suicida para acabar con la frustración.

Sí, el exceso de carga académica y la poca contención en el área de salud mental universitaria se pueden comparar con el abuso y, si se puede hacer una analogía con un tema tan delicado como la violencia de género sin que parezca irracional, es porque el problema es real. Existe, pero se tapa con tierra hasta que la nueva persona que decide lanzarse al metro es un estudiante con una depresión no tratada porque en su universidad se le negó atención psicológica.

Educación y Salud Mental no riman para aquellos que nos gobiernan y dirigen Chile, tampoco para quienes manejan las universidades. Estos conceptos no van de la mano y es más fácil para ellos intentar callar las voces que exigen poder estudiar sanamente, que hacerse cargo del problema.

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