El sexismo en el lenguaje

Collage por María Luisa Aburto
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Por Fernanda Rojas Müller

El lenguaje es parte constante de nuestras vidas. No podríamos hacer prácticamente nada sin él, puesto que es una de las formas que tenemos para construir y modificar nuestra realidad. Lenguaje y contexto no se pueden pensar como instancias separadas, sino que debemos comprenderlas como constantemente modificándose entre sí. Que la realidad modifica al lenguaje no es difícil de comprender. Es cosa de pensar, por ejemplo, en la cantidad de palabras nuevas (neologismos) que se van creando en la medida en que aparecen elementos o relaciones nuevas en la sociedad, por ejemplo el verbo “whatsappear”. Pero parece ser más difícil ver cómo el lenguaje puede modificar el contexto. La Correctora es una página de Facebook que se dedica a corregir titulares sexistas, misóginos o discriminadores de diferentes medios en diferentes países. Un ejemplo en nuestro país fue la corrección del titular de El Mostrador a propósito del debate presidencial sobre género organizado por diferentes organizaciones feministas en octubre de 2017. En el titular se podía leer: “ Fracaso femenino: de los 8 presidenciales, 6 no aparecieron en el debate”. Este titular aporta a construir un imaginario en el que son las organizaciones de mujeres y más específicamente las mujeres las responsables del escaso interés de los y las candidatas presidenciales por los derechos de las mujeres en el país. La Correctora sugería el siguiente titular: “Candidatos presidenciales eluden debatir propuestas en políticas de género”. Este, como podemos ver, es uno que dota de responsabilidad a los candidatos y no a las organizaciones o a las mujeres.

Quizás porque es difícil ver cómo el lenguaje modifica el contexto, a la mayoría de las personas nos cuesta dilucidar el sexismo en el lenguaje y sus efectos. Ahora, si postulamos como base que 1) lenguaje y contexto se modifican mutuamente de manera constante y 2) que nuestra sociedad es profundamente patriarcal y machista, entonces algún dejo de ese carácter patriarcal y machista debe permear en el lenguaje.

¿Qué es el lenguaje sexista?

El lenguaje sexista es aquel que infravalora, degrada o invisibiliza a las mujeres. El uso de este lenguaje está altamente difundido en la sociedad, sobre todo en la nuestra patriarcal y machista.

Hay muchas formas de lenguaje sexista. Una de ellas es el uso genérico del masculino, que abordaré más adelante. Otra es la tendencia de los hombres a interrumpir a las mujeres al hablar. Otro ejemplo es el uso despectivo u ofensivo de palabras que refieren a mujeres. Basta pensar en las metáforas propias del fútbol: “madres” y “zorras”. También están las formas de tratamiento “señorita” o “señora” para mujeres en función de si somos casadas o solteras en contraposición al uso único de “señor” para los hombres. Al parecer, todavía es socialmente relevante saber si las mujeres le “pertenecemos” a un hombre o no. Otro caso es el del vocabulario y su expresión en los diccionarios. Hasta hace poco tiempo “alcaldesa” significaba “esposa del alcalde” y gracias a la aparición de mujeres alcaldesas, el uso que comenzó a tener la palabra y a planteamientos y demandas de mujeres feministas, hoy refiere a la autoridad municipal ejercida por una mujer. También hay lenguaje sexista en el uso de eufemismos como “mejorarse” o “estar enferma/indispuesta” para los términos “parir” y “menstruar”. O al usar características o nombres femeninos para atacar a quienes escapan de la masculinidad hegemónica, es decir, que no calzan en el estereotipo de lo que un hombre “debería ser”. Por ejemplo, decirle “niñita” a un niño que llora o que se desempeña mal en alguna actividad. Otro ejemplo es el uso de metáforas violentas para aludir a relaciones sexuales. “Le rompería el culo” es un término que podemos escuchar/leer muy seguido y que no solo se ocupa para manifestar la intención de tener relaciones sexuales (de manera violenta) con una persona por sus características físicas, sino también para manifestar la intención de pegarle a alguien. Por último, pero sin haber abarcado todas las formas de lenguaje sexista, están las expresiones directa y abiertamente misóginas en las interacciones entre hombres cuando hablan de mujeres como objetos sexuales.1 (véase grupo de WhatsApp de hombres promedio).

Se trata de un fenómeno muy amplio, por lo que en esta ocasión me enfocaré en el uso genérico del masculino como forma de invisibilización y, con ello, de sexismo hacia las mujeres. Me interesa abordar esta manifestación de lenguaje sexista en particular, porque en el último tiempo han aumentado las burlas hacia el uso del “lenguaje inclusivo” o lenguaje “no sexista” y la Real Academia Española sigue esforzándose por desprestigiar el uso de alternativas inclusivas y democráticas.  

¿Qué es el uso genérico del masculino?

El uso genérico del masculino supone usar el masculino gramatical (típicamente palabras terminadas en “-o”) para incluir a hombres y a mujeres. El masculino gramatical, como señaló la RAE a través de un tweet el 30 de abril de este año, “se debe” usar tanto para aludir a grupos en los que haya mujeres y hombres o en casos en que no haya precisión de quiénes los componen. Los ejemplos abundan. El año académico en casi cualquier institución comienza con el saludo “Estimados alumnos”, incluyendo, teóricamente, a alumnos y alumnas. Cuando el formulario del hospital dice “rellene información del paciente”, incluso al ingresar a la sala de parto, tiene la intención de incluir a hombres y mujeres. Cuando en documentos de historia se narra “la historia del hombre” o se habla sobre “los científicos más destacados de la historia”, teóricamente, se está hablando de la historia de la humanidad y de científicos y científicas.

A pesar de que el uso genérico del español es el estimado como “correcto”2 por instituciones como la Real Academia Española, no está libre de problemas y de consecuencias negativas. En cuanto a los problemas, se pueden mencionar los siguientes. En primer lugar, el masculino genérico no es aplicable a todas las personas y todas las profesiones. De hecho, el masculino plural de ciertas unidades rechaza la referencia a mujeres y hombres con lo que suspende su neutralización: “brujos” no incluye a “brujas”, ni “monjes” a “monjas”, entre otros ejemplos. De hecho, es interesante destacar que en aquellas profesiones socialmente feminizadas (es decir, vistas como “profesiones de mujeres”) tales como “azafata” o “ama de casa” no se usa el genérico masculino cuando los hombres son parte de ellas. Es decir, no se dice “azafato” ni “amo de casa”, sino que se inventan palabras nuevas (neologismos) para designarlos: “auxiliar de vuelo” y “mayordomo”.3 Otro problema del masculino genérico es que se usa incluso cuando hay una mayoría de mujeres.

¿Cuáles son las consecuencias del masculino genérico?

Dentro de las consecuencias del uso del masculino genérico se encuentra la invisibilización de las mujeres y de cualquier persona que no se identifique dentro del binomio hombre/mujer. Si solo se está mencionando a los hombres, por más que desde la teoría se busque integrar a hombres y mujeres, se nos dice implícitamente que las mujeres no somos parte, se nos deja fuera del discurso, se nos vuelve invisibles. Hay experimentos psicolingüísticos que muestran que al leer un texto con uso de masculinos genéricos, con mucha frecuencia, se interpreta como que solo refiere a hombres (Perisinotto, 1983, Khosroshashi, 1989, Nissen, 1997). Además, gracias a este uso y a otras formas de invisibilización, las mujeres aparecemos escasamente en los textos en comparación con los hombres. Esto hace que ellos sean más visibles y que se asuma que si alguien hizo algo probablemente haya sido un hombre, salvo que se especifique claramente que se trata de una mujer.4

La invisibilización de las mujeres en el discurso se puede ver de manera muy explícita en la historia. Dado el androcentrismo de la historia en general, es decir, el hecho de que se ha construido desde la mirada de los hombres, y del androcentrismo del lenguaje, las mujeres no podemos identificarnos ni sentirnos parte de esta.5 Y esto, junto a otros factores sociales sexistas, contribuye, por ejemplo, a que las mujeres terminemos optando por carreras feminizadas en función de sentirnos incapaces de sobrellevar las “carreras para hombres”.6

La invisibilización de las mujeres del discurso no solo se da por el uso del masculino genérico, sino también a través de otras formas como, por ejemplo, dejarnos directamente fuera (como en la historia, donde casi no aparecen mujeres como sujetas históricas) o volviéndonos seres pasivos que solo nos beneficiamos o nos vemos perjudicadas por acciones que realizan los hombres. Estas construcciones discursivas, a las que aporta el uso del masculino genérico, están dadas y a la vez fomentan la ideología de que las mujeres somos inferiores a los hombres. Se tiende a pensar, entonces, que si no aparecemos en la historia es porque no hemos hecho nada por la historia, si no destacamos como científicas es porque no hemos sido científicas, si no se leen obras literarias de mujeres es porque no hemos creado obras literarias, entre otros ejemplos. Seguir dejándonos fuera de los discursos de la sociedad solo fomenta que la idea de que las mujeres somos inferiores a los hombres se siga naturalizando. Y las consecuencias de esa idea son tremendas: acosos, abusos, violaciones, femicidios y mucho más.

¿Qué alternativas tenemos?

Frente a la problemática de la invisibilización y denigración de las mujeres por el uso del masculino genérico han surgido diversas propuestas que buscan llevar la democracia al lenguaje a través de lo que se ha denominado “uso inclusivo”. Entre las sugerencias se encuentran: duplicar los sustantivos en su versión masculina y femenina (“hombres y mujeres”, “profesores y profesoras”). Otra opción es usar palabras efectivamente genéricas como “humanidad”, “personas”, “gente”, entre otras varias opciones. Otra alternativa que ha surgido, sobre todo en redes sociales, es usar variantes tales como “todxs”, “todes”, “tod-s”, “tods” o “tod@s”. Las primera cuatro surgen desde la convicción de que ni “todos y todas” ni “tod@s” van más allá de la distinción entre hombre y mujer, por lo que dejan fuera a muchas personas que no se identifican con dichas categorías.

La función de estos usos es, por sobre todo, política. La disrupción que genera cualquiera de ellos impacta en la lectura y llama la atención sobre un fenómeno; en este caso, la invisibilización de las mujeres y otras personas. Efectivamente, varios de estos usos son impronunciables, como señaló la RAE en el tweet mencionado más arriba, y, de hecho, al leer en voz alta cualquier texto que las contenga, lxs hablantes se verán enfrentados a un problema. Sin embargo, su resolución es más sencilla de lo que se nos hace creer: se puede leer de manera duplicada o cambiarlo por “todes” (que sí es pronunciable), entre otras opciones.

Estas formas de visibilizar tanto a mujeres como a otras personas en nuestra sociedad no implican, como plantean Miller y Swift (2001), que “mágicamente” ganemos respeto y reconocimiento. Pero efectivamente se mueve algo cuando las personas empiezan a sentirse parte integral de la sociedad y el uso del lenguaje no sexista ayuda a que eso pase.7

¿Quiénes se oponen al uso inclusivo y con qué argumentos?

Ninguna de las propuestas mencionadas ha estado exenta de críticas, sobre todo por parte de grupos que se oponen al cambio8. Un argumento que he visto ampliamente difundido es el de la “economía del lenguaje” que señala que la duplicación de los sustantivos, adjetivos y pronombres para referir tanto a hombres como a mujeres atenta contra la tendencia del lenguaje a minimizar el esfuerzo que se invierte al leer o escuchar para no entorpecer la comunicación. Esto es real cuando tenemos enunciados del tipo “Los trabajadores subcontratados y las trabajadoras subcontratadas están mucho peor pagados y pagadas que los funcionarios y las funcionarias de la universidad.” En efecto, una oración como esa atenta contra la economía del lenguaje. Sin embargo, el uso inclusivo o no sexista del lenguaje no necesita llegar a ese extremo. La duplicación como uso inclusivo del lenguaje no debería plantearse como un dilema entre la reiteración total de marcas o la ausencia absoluta de repetición. La eficacia de un mensaje verbal no sexista puede requerir un cierto gesto que haga saber a quien lee o escucha la intención del emisor. Pero no exige que dicho gesto o señal se materialice en todas sus posibilidades expresivas.9 Esto quiere decir que, en un contexto como el de la oración anterior, basta con decir “Los y las trabajadoras subcontratadas están mucho peor pagadas que los y las funcionarias de la universidad” (u otras variantes) para hacer clara la intención de no segregar a las mujeres del discurso. Y esta es una solución que no atenta contra la economía del lenguaje.

Lo más interesante del argumento sobre la economía del lenguaje es que, en mis observaciones, no he visto que las personas se opongan al uso de “persona en situación de discapacidad” como uso inclusivo que se opone al peyorativo de “minusválido” o “inválido”. Pareciera ser que lo que les molesta no es atentar contra la economía del lenguaje, sino a quiénes se está visibilizando en el discurso.

El segundo argumento más difundido es que si la RAE (la norma) dice que el genérico es inclusivo, entonces ES inclusivo y debe respetarse su uso. Esto no solo da cuenta de cuánto ha influido el imperialismo de la RAE en las personas10, sino también cuán poco nos cuestionamos el origen de las instituciones. La norma culta que instituciones como la RAE defienden (compuestas en su mayoría por hombres y con una alta trayectoria patriarcal) sirve, entre otras cosas, para transmitir la cultura patriarcal a través de formas y contenidos sexistas y androcéntricos.11

Estas mismas personas se oponen al cambio lingüístico en general respaldandose en la importancia del “purismo” de la lengua y en lo grotesco de ciertos cambios. Ante esto podemos decir, por lo menos, dos cosas. La primera es que esta postura es doble estándar, porque si fuera por mantener la lengua “pura” y sin cambios deberíamos hablar latín y, además, porque, nuevamente, su molestia es selectiva. Muchas personas, todavía, se oponen a decir “la presidenta Michelle Bachelet” bajo el argumento de que “presidente” tal como “estudiante” tiene su origen en el antiguo participio latino activo del verbo presidere, por lo que es tan ilógico usar “presidenta” como decir “estudianta” (¡qué linda sería la difusión del uso de estudianta!). Lo interesante de este argumento (y que fue demostrado en un meme que circuló por las redes sociales hace un tiempo) es que “sirvienta” responde al mismo “mal uso” que “presidenta”, puesto que deriva del mismo participio. Sin embargo, como dice el meme, a nadie parece molestarle el uso de “sirvienta”. Cada cual puede sacar sus propias conclusiones al respecto, pero se me viene a la cabeza la división sexual del trabajo: ser sirvienta es una tarea que el patriarcado asume debe ser llevada a cabo por mujeres, a diferencia de ser presidenta. ¡Qué hace una mujer haciendo un trabajo de hombres! Lo segundo que puede decirse sobre intentar mantener la “pureza” del lenguaje es más bien una pregunta: ¿qué diferencia real hay entre defender la “pureza” del lenguaje y defender la “pureza” de la “raza”?

El uso del lenguaje sexista tiene consecuencias sociales importantes, sobre todo para las mujeres y las personas que no se identifican dentro del binomio hombre/mujer. Como dice Calero, lingüista feminista, “el verdadero problema no radica en que la lengua es sexista porque la comunidad es sexista -aunque ello sea cierto-, sino en que el propio sistema lingüístico contribuye a afianzar la situación de desigualdad porque ejerce una influencia directa en el pensamiento individual y en el imaginario social.”12

¡El lenguaje es político! ¡Revolucionemos nuestra lengua!

  1. Suardiaz, D. (2002). El sexismo en la lengua española.  Zaragoza, Libros Pórtico.
  2. Pongo “correcto” entre comillas, porque hoy cada vez más se entiende que no hay un uso correcto o incorrecto del lenguaje, sino usos adecuados o no a un contexto.
  3. Burgos, E. y Aliaga, J.L. (2002). “Estudio preliminar”. En Delia Suardiaz, El sexismo en la lengua española (pp. 15-109). Zaragoza, Libros Pórtico.
  4. Poynton, C. (1989). Language and gender: making the difference (2d. Ed.). Oxford: Oxford University Press.
  5. Fernández, M.C. (2010). Las mujeres en el discurso pedagógico de la historia. Exclusiones, silencios y olvidos. Universum, 25 (1), 84-99.
  6. Covacevich, C. & Quintela Dávila, G. (2014). Desigualdad de género. El currículum oculto en textos escolares chilenos. Banco Interamericano de Desarrollo. Nota técnica IBD TN [en línea]. Disponible en: https://publications.iadb.org/bitstream/handle/11319/6647/Desigualdad%20de%20g%C3%A9nero,%20el%20curr%C3%ADculo%20oculto%20en%20textos%20escolares%20chilenos.pdf?sequence=1
  7. Miller, C., & Swift, K. (2001). The Handbook of Nonsexist Writing: Universe.
  8. El cambio es parte de la naturaleza de todas las lenguas. Tratar de combatirlo es tan poco productivo como intentar modificarlas de un día para otro.
  9. Burgos, E. y Aliaga, J.L. (2002). “Estudio preliminar”. En Delia Suardiaz, El sexismo en la lengua española (pp. 15-109). Zaragoza, Libros Pórtico.
  10. Véase el artículo “El invisible colonialismo de la lengua, disponible en: http://revistalamarraqueta.cl/articulos/invisible-colonialismo-la-lengua
  11. Burgos, E. y Aliaga, J.L. (2002). “Estudio preliminar”. En Delia Suardiaz, El sexismo en la lengua española (pp. 15-109). Zaragoza, Libros Pórtico.
  12. Calero, M. (1999). Sexismo lingüístico. Análisis y propuestas ante la discriminación sexual en el lenguaje. Madrid: Narcea.