El aplausómetro agringado del cine chileno

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Por Celso Iturra Avendaño

A pesar de que estemos en plenas celebraciones progresistas por el triunfo de Una mujer fantástica en la Academia, me parece que esta es posiblemente la instancia más oportuna para discutir la gran cantidad de temas que esta película y su éxito nos permiten poner en la palestra. Hasta ahora el asunto más discutido – y en mi opinión el más relevante – es cómo esta película refleja la hostilidad de nuestra sociedad frente a los individuos marcados como distintos, en este caso desde la experiencia trans. Por otro lado, tenemos la muy pendiente conversación sobre el notorio posicionamiento de clase que aparece tanto en la estética, como en el contexto representado e inclusive la localización geográfica de este filme – otra realización audiovisual nacional, de llegada masiva, que se suma a la larguísima lista de historias contadas en Santiago oriente – producido por los hermanos Larraín Matte. Sin embargo, la problemática de la que pienso hacerme cargo es otra.

En el mismísimo estilo de la poeta Mistral y su nacional de literatura pos-Nobel, o la Mon Laferte y su éxito viñamarino después del mexicano, Daniela Vega y su equipo tuvieron que esperar los reconocimientos extranjeros antes de recibir el aplauso del público local. Una mujer fantástica se estrenó en Alemania hace prácticamente un año1, pero la conversación en torno a su relevancia sociocultural para nuestro país es más bien reciente. Parece ser que la premisa nacional, de carácter ya histórico, es que necesitamos que el primer mundo nos dé su visto bueno antes de considerar una carrera o una creación artística como importantes. Esto se relaciona íntimamente con uno de los paradigmas básicos de Chile y su economía: no levantamos industrias, solo importamos productos.

Este desaire frente a lo local resulta particularmente dramático para nuestra pequeña industria cinematográfica. El año pasado, de los casi 28 millones de espectadores que visitaron salas de cine, tan solo el 1% fue a ver películas chilenas2. A diferencia de la literatura o la música, artes cuya realización y difusión son accesibles en cierta medida y, por ende, prevalecen abundantes en nuestro territorio, hacer cine es muy costoso; ya que no existe un público a quién vendérselo, el libre mercado le da la espalda a las productoras – a excepción de algunos casos que, por posiciones sociales privilegiadas en contactos y recursos, reciben atención. En Chile la única forma posible para hacer cine es a través de financiamiento estatal, cuyos fondos son también muy acotados. Es un círculo vicioso.

Hay mucho de este fenómeno que se condice con las ganas de enmudecer a una sociedad. La principal función de las artes, desde un fanfiction3 escrito a partir de una sexualidad adolescente hasta una película de cine arte pretenciosa e incomprensible, es que las personas, y en consecuencia, las sociedades, piensen sobre sí mismas ¿Qué podemos pensar respecto de nosotres mismes, si estamos pendientes de la selección hollywoodense de la Academia gringa y toda la música que escuchamos está en inglés? Harto, creo yo, pero harto sobre nuestras vidas interiores; muy poco sobre nuestra realidad sociopolítica. Este estilo de consumo cultural fomenta el individualismo y la enajenación, llenándonos de referentes, sentimientos y aspiraciones que no se condicen con lo que vivimos fuera de nuestros teléfonos y computadores.

Una mujer fantástica apareció en nuestras pantallas como una producción que logró subvertir todas estas adversidades culturales y económicas. Nos mostró un Chile crudo y antagónico, y causó conversaciones al respecto en la media docena de canales nacionales que existen. Desde que la dieron en televisión abierta – entre varios bloques comerciales, que pasaron a ser la programación principal – estas conversas tuvieron lugar en muchísimos living-comedores, donde la empatía hizo su cameo. Anoche, incluso los dirigentes de la derecha conservadora aparecieron para agradecerle a los hijos del hace veintitrés años senador por la UDI, Hernán Larraín, y el resto del equipo, que trajeran la estatuilla estadounidense a esta esquina sudamericana.

No es ninguna sorpresa que el máximo reconocimiento al que aspirasen las producciones nacionales sea el galardón estadounidense. Ese es el cine que los espectadores hemos aprendido como válido, en términos de técnica y contenido – un comentario común es que el cine chileno es muy lento o muy silencioso, en comparación con la velocidad y las impresiones de Hollywood. Los otros premios internacionales, como esos que recibieron en La Habana o en los Goya, estuvieron completamente desatendidos por los medios locales, mientras que los Óscares tuvieron una transmisión histórica y en alta definición, comentada por un panel de rostros faranduleros.

El éxito de esta película debemos verlo siempre como una posibilidad. La televisión abierta y las grandes salas de cine deben difundir el cine local, y esto no va a suceder a menos que se levante una exigencia por parte del Estado. Quizás si en el horario estelar estrenaran películas como Mala Junta  o Princesita, ambas del año pasado, en vez de una nueva pero reciclada teleserie turca dosmilera, o si les actores fuesen invitados más frecuentemente a los matinales y los late shows, la percepción del público general respecto al cine local sería diferente. Las nuevas generaciones tenemos que esforzarnos en abandonar el gringocentrismo y mirar a nuestros alrededores.

  1. En el LXVII Festival Internacional de Cine de Berlín, llevándose los premios a mejor guión y largometraje LGBT+.
  2. Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Diciembre 2017: Oferta y consumo de cine en Chile. Léase aquí.
  3. El fanfiction es un género literario que narra historias fundadas en los imaginarios de producciones artístico-comerciales previas, o incluso respecto a celebridades. Por lo general, estos textos son difundidos por y para los fanáticos en diferentes plataformas digitales