Crónica de un pueblo bajo el polvo

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Por Esteban David Contardo

 

Los recuerdos que tengo de Chanco son casas derrumbadas, gritos de gente desconocida pidiendo ayuda y un amigo tendido en la tierra tratando de escuchar a un tren imaginario que se acercaba frenéticamente desde el subsuelo. De aquella vez poco y nada conocí del pueblo. No conocí que a sus tierras llegó el bisabuelo de Augusto Pinochet desde Francia para hacer queso. No conocí que en su infancia el dictador iba y venía desde Valparaíso a pasar unos días junto a su familia. Que a mediados del siglo XIX los reos homosexuales de Chile iban a parar a la cárcel de Chanco. Que a un alemán se le ocurrió plantar un bosque para detener el inminente paso de las dunas que amenazaban con enterrar al pueblo. Que esos árboles los plantaron los reos. No conocí que en sus tierras vivían promaucaes y que ellos fueron los que detuvieron la expansión de los incas hacia el sur de Chile. Que Chanco es el mismo nombre para dos pueblos de regiones distintas. 

***

Hace diez años era un pendejo que estaba por entrar a cuarto medio y que, por una serie de causas -que ahora ignoro- pasó el terremoto junto a cuatro compañeros en una casa construida en 1890 ubicada a un costado de la plaza de Chanco. En ese tiempo, para mí, el nombre del pueblo era solo lo que veía en una señalética cada vez que estaba por llegar a Pelluhue y, como la mayoría de las personas, un nombre relativo a un queso semi barato.

Llegamos a la casa pasadas las diez de la noche, después de haber pasado todo el día tomando pisco barato en una de las playas de Pelluhue. Al entrar por la puerta principal, al final del hall se encontraba la hija del dueño para indicarnos donde íbamos a dormir. Era una pieza hecha de concreto, recientemente construida, que se ubicaba en el ala derecha. Adentro no había más que una cama de dos plazas y un velador roñoso de madera maciza con una lámpara de bronce sin pantalla. Después de haber ubicado nuestras cosas y conversar con la hija sobre formalidades, nos quedamos en el corredor interior bebiendo y conversando sobre banalidades adolescentes, iluminados solo por lámpara y la luna su maldito color sanguinolento. 

A las 2:30 de la mañana y ya con la cabeza adormecida por el pisco y el cansancio, tres de los cinco nos fuimos a dormir. Los otros dos siguieron conversando -más ebrios que sobrios- hasta las 3:34. Me imagino que ellos cagados de la risa me vieron correr desde la pieza hacia el patio familia -evidentemente no era nuestro primer gran temblor-. Desde la cama hasta el primer árbol que encontré, mi cuerpo se movió casi inconscientemente. No fue sino casi quince segundos más tarde, cuando el temblor se transformó en terremoto, cuando me di cuenta de que mis amigos seguían sin salir al patio.

Al tratar penosamente de volver, veo que la puerta de la pieza se abre y mis compañeros logran juntarse con los del corredor. Las tejas desde el techo caían una tras otra sin dar la posibilidad a ninguno de salir al patio. Sostenido del árbol les grité que hacia la derecha se formaba un punto ciego y que desde ahí no estaba cayendo nada. Al escucharme se cubrieron la cabeza con ambas manos y salieron del corredor hasta que pudieron aferrarse a un árbol vecino. Luego, el ruido de un tren imaginario que subía incesantemente desde la profundidades nos embargó a todos. 

Pasados los tres minutos que duró el terremoto nos fuimos a reunir con el dueño de casa y su familia en el patio central. Afortunadamente todos estaban bien. Dos niños, que hasta ese momento no había visto, lloraban abrazados a su madre sin entender lo que había pasado. A los pocos minutos de esa ingenua tranquilidad empezamos a escuchar gritos que venían desde el exterior pidiendo ayuda, llantos descontrolados de personas aturdidas que buscaban entre el polvo y los escombros a sus familiares, todo ese sonido mezclado con un llamado por un altavoz que decía que nos fuéramos hacia lo cerros a una zona segura. 

***

– Una media hora antes del terremoto me tocó ir dejar a una médico a su casa, la doctora González. Cuando ya iba de regreso al hospital por calle Victoria me toca el remezón. Yo pensé que había pinchado un neumático porque la camioneta se movía de un lado a otro.  De repente veo que los postes de luz empiezan a colapsar y se me vienen las casas encima. Prendí la sirena y el altavoz y empecé a gritar que la gente se fuera a zona segura. Después me metí por una de las calles en donde las casas no habían colapsados. Hice un rescate de un chiquillo de un segundo piso que estaba en estado de ebriedad que no podía salir de su casa y lo bajamos con un amigo bombero.

Volver diez años después a la ciudad en la que estuve menos de medio día me genera sensaciones confusas. Prácticamente desconozco casi la totalidad de la ciudad. Al bajarme de la micro en la calle Abdón Fuentealba, bajo en dirección a la Plaza de Armas y me encuentro con una ciudad recién remodelada. Las fachadas coloniales de las casas se encuentran recién pintadas y, para mi mayor asombro, la arquitectura patrimonial sigue intacta. Son casas pareadas y pintadas de diversos colores opacos. De los techos de teja sobresalen aleros que dan una sombra mínima a las paredes con puertas y marcos de madera oscura. 

Al llegar a la plaza todo se vuelve más reconocible. Recuerdo las agencias para comprar un pasaje de bus, el almacén por calle Manuel Rodríguez en donde traté de llamar por un teléfono público a mi familia la tarde del veintisiete y la primera Cia. de Bomberos de Chanco. Mi primer instinto es entrar a la cia. para conversar con algún bombero que haya estado esa noche. Al entrar por calle Fuentealba me recibe el encargado de las radios y después de presentarnos le comento mi solicitud. Me dice que Carlos Peñailillo fue el comandante a cargo durante todo ese periodo, que ahora maneja una ambulancia, pero que lo podría encontrar en la calle Ramón Freire, en la segunda Cia. de Bomberos.

-Eran las cinco de la mañana y yo desde Curanipe señalé que el punto de encuentro de los bomberos era el hospital de chanco, una por espacio y otra por autonomía eléctrica. Todos los bomberos que podían llegar al hospital llegaban al hospital, a prestar apoyo de camilleros, de contención o de lo que fuera y salimos en los carros. Y no te estoy hablando de estos carros -me señala con su dedo el estacionamiento- te estoy hablando de carros super antiguos: dos carros, uno que funcionaba más o menos y otro que funcionaba bien.

En el estacionamiento de la segunda Cia., me encuentro de frente con una camioneta de rescate y, a sus costados, dos carros bomba. Para mi sorpresa, en una de las puertas del carro más alejado está escrito Comandante Carlos Peñailillo Soto. Como me enteraría más tarde, honores de ese tipo solo se realizan para bomberos fallecidos y excepcionalmente a los que aún siguen vivos. 

-¿Por qué Curanipe?

– Yo había ido a buscar a mi hijo, que en ese tiempo tenía nueve, a un camping cercano a Curanipe en donde se había quedado con un amigo y su familia. En un principio no lo encontré, no fue sino hasta que un bombero me dice por radio que mi hijo se lo habían llevado a Chanco. Es por eso. Ya sabiendo que estaba bien, me tranquilicé un poco y me empecé a coordinar con los bomberos de curanipe. Yo en ese minuto estaba a cargo de Chanco no más, mi prioridad era volver a chanco, pero como curanipe estaba descabezado, o sea, todo era un desorden, hablé con unos pocos bomberos y les expliqué rápidamente lo que tenían que hacer. En ese momento un par de personas nos dice -es que aquí hay cadáveres. Yo les respondo -ya, hay cadáveres, que necesitan. -No, es que los fueron a tirar al cementerio -me responden: cinco cadáveres. Ya les dije yo, llévenme a donde está mi camioneta y yo con la camioneta los trasladamos y los llevamos a la iglesia.

-¿La iglesia?

– Porque la iglesia tiene espacios grandes. Entonces ahí fuimos a buscar los cadáveres. En el cementerio nos encontramos con cuatro adultos y un menor como de diez años. Los echamos arriba de la camioneta, los tapamos con unos nylon, y después partimos a la  iglesia católica de Curanipe. Allí en unas puertas los acomodamos y luego salí. En ese instante a mí no me dejaban venir a Chanco, Carabineros no quería que yo me viniera, querían que yo siguiera ayudando con mi expertis, con todo. Les dije que no, que yo me tengo que ir al pueblo tengo la escoba, tengo el hospital tengo todo.

Camino hacia el fondo y entro a lo que parece ser para los bomberos una sala de estar, un cuarto de distensión. En él hay un par de escritorios pegados a la pared, un rincón con una mesita que sirve para sostener un par de tazas, el hervidor y algunos insumos para el café o té. En el centro dos sofás de lo cuales uno está ocupando Carlos Peñailillo mirando la televisión empotrada que tiene enfrente. Tiene 57 años, viste un jeans azul con una camisa a cuadros que se estira producto de una panza bien abultada. Su tez es clara y su rostro redondo. En su incipiente barba las canas le dan la razón a su edad. 

-Ya habrían sido las diez de la mañana cuando llegué Chanco. Me encontré con el director de emergencia provincial, Jorge Rojas y me dice: “Guatón, guatón, hazte cargo que está la pura zorra”. Entonces llegué acá e hice un comando de incidente, puse a trabajar a la gente de bomberos, al hospital y a los carabineros. Mandé a los bomberos a que fueran a hacer rescates, a buscar gente en Chanco, gente atrapada. Trabajamos durante veintitrés días. De los cincuenta y dos desaparecidos nosotros recuperamos cuarenta y nueve cuerpos, tres cuerpos nunca se recuperaron. 

-¿Y los cuerpos seguían llegando a la iglesia?

– No, nosotros armamos una morgue provisoria. En el hospital de Chanco hay una morgue, pero tienen capacidad para dos cadáveres y aquí estamos hablando que llegaban seis, ocho, hasta diez cadáveres al unísono. Todo el mundo traía cadáveres, bomberos, militares, la PDI. Entonces nosotros hablamos ¿qué vamos a hacer? Teníamos un camión frigorífico y lo fuimos a buscar. Ahí metimos los cadáveres. Cadáver identificado, cadáver entregado. Por ejemplo, la familia llegaba y veían si correspondía a la mamá, el papá, o al hermano. Pero no lo entregábamos nosotros, los entregaba la pdi y carabineros, bomberos custodiaba y lavaba los cadáveres. La mayor cantidad de cadáveres que llegamos a tener fue dieciocho acá en Chanco, más los que estaban allá en Curanipe. Fue una orden judicial: cuerpo reconocido, cuerpo entregado. Eso era en cuanto a lo legal.

-Los lavaban.

-Sí. Qué es lo que hacía Bomberos. Colocaba una línea de agua, lavaban el cadáver, lo echaban a su cajón y se lo llevaban en el camión. El problema para nosotros era mantener el camión frío. Como tenía un equipo refrigerante, necesitábamos mantenerlo con petróleo y como los servicentro estaban colapsados yo me acordé de lo que había que hacer. Les dije a carabineros: “necesito que me cierren todos los servicentro porque necesito todo ese combustible para los vehículos de emergencia”. Estuvimos unos diez días con esa técnica. Todos los cuerpos se identificaron, no quedó ninguno sin identificar. Eso sí, claro, había un equipo dactilográfico de la PDI que, como estaba en la base del hospital, identificaron los cuerpos con las huellas dactilares, hacían las comparaciones y se entregaban. Todos los cuerpos fueron entregaron.

– Menos los tres que no encontraron.

-Claro, menos los tres que aún están desaparecidos. Bueno, también tuvimos la “famosa alarma” de un bus que se había caído al mar y que ese bus estaba lleno de adultos mayores. A mí la PDI de forma confidencial. Junto a la cuarta Cia. de Bomberos de Temúco, de rescates subacuático y acuático, nos metimos a hacer el rastreo, el mar ni estaba en las mejores condiciones. Encontraron el bus pero sin nada, sin ningún cadáver ni nada. Si lo terrible era que los camiones del ejército divisaban redes, y con los camiones las sacaban y  venían llenas de jaibas y cuestiones, entonces había que buscar entre todo eso, porque las jaibas están donde hay carne, entonces se tenía que revisar. Pero solo venían chanchos, pollos, vacunos, gatos, perros, caballos, entonces eso era lo que se estaban comiendo. Si fue una cosa terrible. A mí en el hospital me llegó una señora que tenía metidos en las manos los fierros del colchón de su cama. El colchón flotó en el agua y ella se aferró como pudo. Una cuestión que se da una vez en la vida y que nos tocó a nosotros.

***

Después de despedirme de Carlos Peñailillo, camino por Ramón Freire hasta volver a la plaza. Desde una de las esquina diviso que al final de la diagonal, por Manuel Rodríguez, la casa en donde estuve para el terremoto está reconstruida. Durante diez años pensé que al regresar me iba a encontrar con un sitio vacío, solamente con una explanada de tierra y un cartel señalando que el terreno está a la venta. Lentamente me acerco por calle Libertad hacia el este. En la esquina que da hacia calle Rodríguez los recuerdos se mezclan con unas voces que salen de un bar. Me detengo para escuchar sutilmente a dos hombres que, sentados al lado de barra, beben unas cañas de vino tinto de garrafa. Por curiosidad entro y le pido a la señora que atiende una cerveza y me siento lejos de la barra, pero no tanto como para no escuchar la conversación. Para mi agrado, conversan sobre el terremoto y cómo se vivió en Constitución, a unos cuantos kilómetros de Chanco. Son dos viejos de más de sesenta años. El de más alejado a puerta viste de camisa y pantalones. Es un hombre robusto y bien afeitado, al parecer vive en Constitución y está a la espera de que llegue el bus que lo lleve a su casa. El otro, un trabajador de la municipalidad de Chanco, más viejo que el primero, viste un overol azul, su cara es rojiza y curtida por el sol y la brisa costera. 

Al irse los dos hombres, me acerco con la cerveza para hablar con la mujer detrás de la barra. Está sentada al lado de la caja en el extremo más cercano a la puerta.  La barra mide unos cinco metros, un tanto desproporcionada a las cuatro mesas que la rodean. Mientras ella va a buscar un vaso de agua, miro mi alrededor y veo que en fondo, en un salón grande y oscuro, se encuentran dos mesas de pool y sin fin de jabas que hacen que el salón se más una bodega que cualquier otra cosa. Ella, al regresar, me señala su nombre, Ana Apablaza de sesenta y seis años. 

-¿Qué hizo usted durante el terremoto?

-Yo estaba acostada con mi mamá. Ella tenía demencia senil entonces me quedé con ella acostada. Me quedé dormida y a eso de las 2:30 de la mañana me despierto porque siento un ruido de gente. Yo no cierro el local tan tarde, entonces me levanto y bajo hacia al bar y veo que habían unos clientes que estaban sentados durmiendo. “¡Ya! -les dije yo- ¡Hay que cerrar! Los eché, cerré las puertas y me fui pa’ dentro con mi mamá. Me quedé dormida de nuevo y ahí empezó el movimiento. Lo que pasó es que en el invierno puse una salamandra y el caballero que la puso no lo hizo también entonces quedó goteando, caía una gotera justo al lado de la salamandra. Y qué es lo que hice yo, me subí arriba al entretecho, puse la escalera y puse un tarro para que el agua cayera ahí. Bueno, llegó el verano y yo me subí para sacar el tarro. El problema es que me puse a ver todo el entretecho, todo cochino dije yo, todo de tierra, porque estas casas de adobe la teja bota mucha tierra. Me puse a barrer, saqué la mugre, toda la tierra de arriba, después me bajé y se me olvidó bajar el tarro con agua, ese quedó encima de la muralla. Entonces cuando fue el terremoto. Salgo de mi pieza con mi mamá, que ahí tenía ochenta y cinco, la tomo y la saco pa’ fuera. Como tenía que traerla abrazada, para no caernos me voy pegada a la muralla afirmándome con la espalda. Y así me fui por la orilla del pasillo pa´salir pa la calle. Y me ganó (sic) justo en esa parte ahí y en esa parte no se cae el tarro con agua y nos mojó a las dos, y más encima con la tierra quedamos como monos, el pelo tieso. 

Mientras conversamos llegan algunas personas a pedir una caña de vino tinto. En su mayoría son hombres de más de cincuenta años que trabajan en las cercanías o que van al bar a hacer tiempo hasta la hora del bus hacia Constitución o Cauquenes. Cada vez que alguien llega saludan a Ana Apablaza como Nela, en una cotidianeidad que se relaciona indudablemente con la historia del bar. El Pizarro tiene más de cincuenta años atendiendo en la misma esquina y Ana vive en la casa contigua desde que tiene conciencia.

– Después de salir pal’ patio con mi mamá volví a buscar ropa, porque estábamos todas mojadas. Entramos, teníamos una tele grande, de las antiguas de esas pesadas. La bajé porque pensé que se podía caer con las réplicas, y también bajé varios santos y el señor de una mesa  que tenía mi mami y lo dejé en el patio. Después llegó mi hermano y me dijo “nela, hay que arrancar porque el mar se va a salir”. Yo no pensaba que el mar se iba a salir, porque yo estaba pensando lo que tenía que hacer con mi mama no más po. Ya, mi hermano me dijo eso y le dije que tomara las llaves y sacara la camioneta que estaba al lado de la casa. Mi hermano sacó la camioneta mientras yo llenaba una caja con puras cosas de almacén. Ahí llegó la camioneta y eché unas colchonetas, unas frazadas y nos fuimos pa’ arriba. 

-¿A dónde llegaron? 

– El primer día llegamos al cerro, como toda la gente. Ahí encarpamos el pick de la camioneta con una piscina pá’ niños y puse la colchoneta pa’ mí mamá, y ahí dormimos esa noche. Pero para la segunda noche bajé al bar a buscar una carpa de esas de militares que tenía, una grande, caben como siete camas dentro. Esa la armamos arriba donde el caballero nos pasó baño pa’ bañarnos y todo, el fundo se llama Funifacio. El dueño de ese fundo se portó un diez, con toda la gente que llegó. Y ahí nos quedamos unos días, desde el alto se veía ahí todo el mar, incluso mi hermano decía que cuando se ponían a fumar unos puchos mirando pal’ mar, se veían luces adentro. Podían ser los ovnis decían los chiquillos, no se sabía. Pueda que hayan ovnis allá en el mar, nada se sabe, todavía no se sabe eso. Porque claro, se fueron hartos vehículos, micro con gente, pero la batería no iba a durar, entonces pensamos que fueron los ovnis. En las profundidades pueden que estén los ovnis ahí po, porque mi hermano con otro amigo más y miraron eso y vieron que habían luces. 

Al escuchar a Ana recuerdo nuestra subida al cerro y lo difícil que fue convencer al dueño de salir hacia las pendientes. En ese minuto yo no sabía qué tan cerca o lejos del pueblo quedaba el mar, solo tenía presente que tampoco era tan lejos. Le dije al dueño de casa que nos fuéramos lo antes posible, que no nos podíamos quedar más tiempo en la casa. El hombre de unos setenta años me respondió que no era necesario, que el mar no iba a llegar al pueblo. Le respondí que los bomberos estaban diciendo desde afuera que teníamos que evacuar la casa lo antes posible, pero él hizo caso omiso a mis palabras. No fue sino hasta que uno de los bomberos, que pedían evacuar, entró a la casa para decirnos que saliéramos lo antes posible. 

Subimos algunas frazadas y sacos a la camioneta del dueño y con nosotros en el pick up nos fuimos hacia el cerro. Desde la altura tratábamos de ver qué era lo que sucedía en Pelluhue, no veíamos nada, solo el silencio nos rodeaba a todos. Esa noche la pasamos evidentemente despiertos, escuchando la única sintonía que se escuchaba en la radio y cuyo locutor tan estupefacto como nosotros trataba de informar con lo poco y nada que sabía de la situación. “Las costas de la séptima región han desaparecido”

***

Al recordar los últimos momentos que pasé en esa casa, le pido a Ana que me disculpe y me despido súbitamente. Camino rápidamente las dos cuadras que separan al El Pizarro de la casa. Cuando estoy frente al renovado corredor exterior me doy cuenta de un particularidad: la casa ahora es el Museo de la reconstrucción. El corredor está parcialmente cubierto por afiches de las próximas actividades: Re-construéndonos entre mujeres: Taller reutiliza tu polera; Taller repara tu casona de adobe; reconstrucción histórico-temporal de Chanco; Conversatorio Feminista. 

Al entrar por la puerta principal hacia el hall, giro mi cuerpo hacia la derecha y en la pieza en donde dormía el dueño se encuentra una muestra de cómo reconstruir una casa con adobe y materiales reutilizados. Luego me dirijo hacia el patio familiar, quiero encontrarme con el árbol al cual me aferré aquella madrugada. Lamentablemente no lo encuentro. A diferencia del resto del museo, el patio está descuidado y a mal traer. Los árboles, en su mayoría frutales, están sin podar, invadidos por una maleza que los circunda. Desde el corredor interior hacia la izquierda, una de las alas de la casona se convierte en un café. Hacia la derecha, en donde debería estar la pieza donde dormí, hay espacio deformado, oscuro, solo con una puerta a uno de los costados que va a dar a no se sabe dónde. El polvo cubre todo el piso de concreto, en la ventana se lee un letrero de no pasar.

 

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