En las hierbas extranjeras (selección)

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Felipe Millán Zapata. Valparaíso, 1990. En 2016 obtuvo una mención honrosa en poesía en el Premio Roberto Bolaño y se adjudicó el Fondo del Libro para su novela El Almanaque. Estos poemas son una selección de su poemario En las hierbas extranjeras, que obtuvo una mención honrosa en los Juegos Poéticos y Florales de la Municipalidad de Santiago este año.

 

LA CELDA DE MI PADRE

es un orificio empapado de zinc

que tuerce boca arriba la luz:

los pasos del centinela por el techo

entre los ojos de un murallón

que mira pálido al cielo raso.

Quedan en la cuadrícula de un cuaderno

los esquemas de las visitas.

 

Noviembre, día doce:

traté de disimular que hay un día que no significa nada

pero al final la niña cruza siempre

de brazos abiertos el pizarrón,

corriendo a la pileta que imagina lago

playa o chapote alegre.

Y de brazos abiertos el murallón que es la celda de su padre

es una torreta clausurada de plomo

es un caleidoscopio de gaviotas que pintan el suelo del aislamiento

en Valparaíso hambriento de espuma.

 

La celda de mi padre ahora no existe.

Los pasillos y los turnos ahora no existen.

No existe la esquina en que el Chagui, diecinueve,

se desploma acuchillado en noviembre,

día diecinueve.

Ahora existe una emplanada de pasto

regada de árboles nuevos, de flores mansas,

muchas salas y talleres y oficinas que deben cruzarse quitado de bulla:

cerrado el Cerro Cárcel para siempre

a la espuma de brazos abiertos del recuerdo.

 

PIENSO EN ENSEÑAR A HABLAR A UN NIÑO

Un día de caminata entre eucaliptos y peumos,

el sol demarcando gaviotas que aletean hacia arriba,

pienso en repetirle el golpe parco de las pés

o recortar y amoldarle las eses

con la ramita con que dibujamos en la arena.

 

Me trae a puñados guijarros y conchas,

le asusta el movimiento de los chanchitos de mar,

y me espanta la idea

de teñirle los ojos y la nuca de sonidos,

que no es hermoso como es mostrar

 

que ‘arrebol’ solo existe en español,

y por eso las manchas rojas del cielo no se toman nunca

con tanta firmeza entre las sílabas de otra lengua;

 

que nuestra jota es la más suave del idioma,

o simplemente enumerar

las palabras de esta tierra de ce haches:

chaleco, concho, chancaca.

 

¿Pero cómo más preguntar por el trajín del viento

o de la lluvia aclarando la garganta de la noche?

¿O por la crecida tan segura de la lantana

o del mar?