MÁQUINA (Una comedia proletaria)

Collage por María Luisa Aburto
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Por Manuel Salinas Salinas

Venezolano (1975). Antropólogo y escritor. Guionista de radio, televisión y cine; miembro del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía de Venezuela (CNAC) y tutor de proyectos de guion cinematográfico, en el Diplomado de la Escuela de Cine de Chile. seleccionado en la convocatoria 2020 del Fondo Nacional del Libro y la Lectura del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Sus cuentos han sido publicados en revistas de literatura y arte, entre las que se encuentran “Revista Aimar” (España), “Letralia” (Venezuela) y “Revista literaria Calle B” (Cuba). 

 

Garfiño Von Chinchillanberg, observa con candoroso asombro la línea de ensamblaje de la fábrica que heredó de su padre. No le agrada hacer la inspección anual. De solo pensarlo, se le enfurece la caspa y se le entumece el occipucio. Pero, las obligaciones hereditarias con los seres del más allá, las exigencias mercantiles de los contadores del más acá y el miedo a perder sus deportivos de lujo lo espuelean.

Los ojos del empresario siguen con detenimiento los bloques de mamotetrina fosfagitógena que se desplazan encima de la correa de goma vulcanizada, hasta llegar a Lumperio Buenaventura, el obrero que los corta en porciones idénticas, valiéndose de golpes constantes, precisos y rítmicos que hace con una suerte de guillotina futurista. Plaf, plaf… plaf. Plaf, plaf… plaf. Plaf, plaf… plaf. A su lado, supervisando el trabajo, el ingeniero Adulino Pelanduscano toma notas en una tabla digital y revisa a ratos su reloj barato con apariencia de costoso. 

—¿Todo en orden? — pregunta el dueño de la empresa al supervisor, sin poder despegar la vista de Lumperio. 

—Gracias por la pregunta, don Garfiño. Le brindo un resumen: mercadeo ha hecho su trabajo a la perfección. El consumo se incrementó, la producción se intensificó, las ventas ascendieron y los ingresos… ya usted sabe. Un ciclo económico perfecto.  

—¿Y eso que significa?—.

—Que podremos pagarle a Mercadeo para que siga haciendo su trabajo a la perfección. El consumo seguirá incrementándose, la producción continuará intensificándose, las ventas prolongarán su ascenso y los ingresos… ya usted sabe. Un ciclo económico perfecto.  

El ingeniero espera una felicitación que le haga sentir que sus años en la universidad, pagados gracias a las eternas horas extras trabajadas en aquel restaurante de comida rápida, han valido la pena. Pero, no sucede. Von Chinchillanberg está distraído, observando como el sudor que empapa la frente de Lumperio rueda por sus mejillas hasta llegar al cuello, donde se represa y se desborda, mojando la camisa de su uniforme, 20% algodón y 80% poliéster. 

—Ese hombre de allí…

—¿Cuál hombre, don Garfiño?

—¡Ese de allí! ¿Cómo se llama?

—¡Ah, claro! Se llama “Operador X87”.

—¿No le parece que está sudando mucho?

—No se preocupe, don Garfiño, es parte de su sistema de enfriamiento.

—¡Pero, Adulino! ¡¿Cómo no me voy a preocupar?! —brama inquieto el propietario—. A veces, cuando juego al squash, sudo así. Me da miedo deshidratarme. Podría pasarle a él.

—¡Excelente observación, don Garfiño! —responde el supervisor con una fingida sonrisa—. Pero, para su tranquilidad, ya tenemos eso contemplado. La empresa le descuenta a cada operador una porción de su salario para costear sus emergencias de salud. El “Operador X 87”…  

—¡Deja de llamarlo “Operador X87”! —interrumpe Garfiño, poseído por la rabia—. ¡Es un ser humano, caramba! ¡Debe de tener un nombre! ¡¿Acaso no sabes cómo se llama?!

La pregunta del dueño da paso a un silencio que solo es corrompido por el regular rechinar de la cinta de goma al desplazar los bloques de mamotetrina fosfagitógena por la línea de ensamblaje. 

—Entiendo —dice el patrón tratando de recuperar el aliento—. Tú eres de los que cree que, en un futuro cercano, la máquina va a suplantar al obrero. 

—Admiro lo visionario de su pensamiento, don Garfiño —responde, Adulino—. Pero, no. Una máquina nunca podría igualar al “Operador X87”. Una máquina trabaja sin detenerse porque es su única opción. Ha sido creada y programada para hacer eso. No puede decidir detenerse, para hacer otra cosa. Por ejemplo, caminar por el parque o leer una novela romántica. Pero,… —dijo el supervisor dándole un toque de suspenso— el “Operado X87” sí puede hacerlo. Podría detenerse para almorzar con su familia, pintar un cuadro o ir al parque a respirar aire fresco. 

Garfiño Von Chinchillanberg escucha atento y consternado, viendo como el discurso se apodera del que estudió ingeniería para trabajar como supervisor, quien articula sus palabras siguiendo los cortes constantes, precisos y rítmicos de Lumperio Buenaventura.

—Pero, el “Operador X87” no lo hace. Plaf, plaf… plaf. Sigue trabajando. Plaf, plaf… plaf. Resiste. Plaf, plaf… plaf. Tolera. Plaf, plaf… plaf. No apela a su libre albedrio. Plaf, plaf… plaf. Por eso, una máquina nunca podrá suplantar al “Operador X87”…. Plaf, plaf… plaf. Porque una máquina nunca podrá ser obrero… Plaf, plaf… plaf. Pero, el obrero sí puede ser máquina.

Un grito atronador sacude a Garfiño Von Chinchillanberg y a Adulino Pelanduscano, sacándolos de su trance. Los sorprende un chorro de sangre que brota salvaje de la mano de Lumperio; los aterra el pulgar que rebota sobre los bloques de mamotetrina fosfagitógena en dirección a ellos. Con maestría taurina,  ambos esquivan el dedo, que pasa de largo hasta perderse. 

—¡Dios mío! ¡Pobre hombre! —vocea el patrón, tapándose la boca con las dos manos—. Una vez, me corté el dedo fileteando un pez totoaba, en el Golfo de California. ¡Fue horrible!

—¡Es fascinante su humanitaria preocupación, don Garfiño!  —responde con la misma sonrisa fingida de siempre —. Afortunadamente, en su empresa todo está bajo control. 

Adulino, saca de su bolsillo un pequeño dispositivo dotado de un botón rojo, que aprieta sin mucha ansiedad, para luego centrar su mirada en el reloj. Mientras, Von Chinchillanberg observa a Lumperio retorcerse de dolor hasta desplomarse en el suelo, inconsciente.

— ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Que alguien lo atienda! ¡Ese hombre está muriendo!

De pronto, un equipo de hombres, ataviados con apocalípticos trajes de protección química entra en el lugar, limpiándolo en cuestión de segundos y retirando el cuerpo del “Operado X87”. A su salida, otro equipo trae a un nuevo operador, quien comienza a cortar los bloques de mamotetrina fosfagitógena inmediatamente. Don Garfiño lo observa, aún estupefacto por el espectáculo anterior.

—¿Cómo se llama?

—¿Quién? —responde el supervisor enterrando su vista en la tabla digital.

—¡Ese hombre!

—¿Cuál hombre, don Garfiño?

—¡Ese de allí! ¿Cómo se llama?

—¡Ah, claro! Se llama “Operador X88”. 



 

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