Las carreras de Alejandro Guzmán

Por Transparent radiation (Flickr)
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Del Jano, de Alejandro Guzmán, nadie guarda más que un puñado de datos y anécdotas. Primer hijo de una familia obrera, nació el 12 de marzo de 1936. Compartió nombre con su padre, un trabajador de la madera que fue, sucesivamente, militante anarquista de la CGT, miembro del Partido Radical y pinochetista fervoroso. El Jano, que en cambio era relojero, dedicaba sus tardes y también la mayoría de las mañanas a las carreras de caballos. Apostó, sucesivamente, por Fastute, Malvado’s Lady y Tren Urbano. Tuvo dos hijos: Alejandro Antonio Guzmán e Iván Alejo Guzmán – que vino a ser una especie de nombre de consenso tras la negativa de su señora, la Sonia, a la existencia de todavía otro Alejandro en la familia. Caminó mucho: de 10 de Julio hasta La Serena, de Placer a Nataniel. Prefería tomarse sus pichunchos acompañados de un Hilton y con dados en lugar de hielo.

p u l p e r í a

El Jano jugando con fichas de damas en el suelo. Mira cada tanto a su padre sentado a la mesa, marcando en su cuaderno el peso del arroz, de los garbanzos o los porotos; contando cuadritos de caldo, botellas de aceite, latas de jurel. En el closet amarillo del patio de su casa en 10 de Julio, guardaba la comida que después Virginia, su señora, le compraría con la plata que él mismo le entregaba mes a mes. Y se la cagaba: le vendía kilos de 900 gramos y envases con las etiquetas cambiadas. Virginia rara vez salía de la casa desde su matrimonio, a los cuarenta, con Alejandro. La carne y las verduras eran lo único que compraba a los vecinos del barrio, siempre y cuando el Alejandro no se hubiera encargado por su cuenta de eso también. Más de grande, el Jano recriminaría a su padre esta dinámica hasta detenerla, pero la Virginia siguió con las rutinas y salía poquísimo. Solo la empezaron a ver desde que nació el Alejandrito, en unas visitas cortas a las que llevaba queque y mermelada.

a l e j a n d r o    g u z m á n

Ese día Fastute perdió la carrera por una cabeza. Camposanto remontó casi tres cuerpos en la última curva y el Jano miró la recta final en medio de un silencio mordido, con un pichuncho en la mano. Luis Cisterna, barbudo jugador de crac al que conoció en una casa de chiquillas, lo había seguido ese día en la apuesta y ya saboreaba la platita cuando el Chuto Espinoza le hizo estirar el pescuezo a la montura en el último segundo. Hubo discusiones y no admitieron derrota hasta que el jurado llegó con la fotografía de meta. Al rato se devolvieron caminando hasta Nataniel, donde el Jano vivía. La Sonia lo esperaba cerca de la entrada agarrándose las manos. ‘Se murió su padre, Alejandro’, le dice y el Lucho mira a su amigo caminar hasta el sillón con los labios apretados y, sentado, vaciarse los bolsillos. Luego, lo ve romper por el medio los pocos billetes que traía encima, antes de ir a lavarse la cara y salir a hacer las llamadas correspondientes.

s o n i a

La vemos: con una mano se quita el pelo de la cara y mira al perro que corretea a las palomas calle abajo. Está sentada en Paseo Bulnes, pensando. La gente se detiene frente a las terrazas de los bares y de a poco se sientan con un schop a rematar la tarde. No sabemos, para ser honestos, en qué piensa la mujer de la banca, ni si está atenta o no a los movimientos del perro. Deberíamos, quizás, hacer ejercicios más humildes, decir: está sentada en Paseo Bulnes, fumando, y las bocanadas se le mezclan con el pelo demasiado corto para amarrar. Podríamos conjeturar que tararea una canción en su cabeza o que piensa en que el verano ya secó los jazmines y el jacarandá corona ahora todas las plazas de Santiago.

El perro se lanza una vez más a la carrera y su presa agita rápido las alas. Digamos que acá ella imagina a la paloma suspendida a medio vuelo durante un periodo excepcional, por uno o dos minutos, y al perro y a los transeúntes con cara de sorpresa o de espanto, como hipnotizados por un momento divino. Alguien le quita la mirada, asustado; una vieja se persigna. Eso imagina, suponemos. O quizás no. Pero sonríe.

c a m i n a r

A Alejandro Guzmán siempre se le señaló por sus caminatas. De cabrito, porque nunca tomaba micro y ejecutaba rutas destacables con soltura y frecuencia propias de un verdadero talento. Esa costumbre la mantuvo, dentro de ciertos márgenes, hasta casi los cuarenta años. De viejo, sería célebre entre sus nietos por su paso extenuantemente lento, que hacía de las invitaciones a tomar helado una experiencia casi insoportable para las ansiedades de un niño de cinco años. La historia de este dramático descenso de performance comienza con la figura de Casiano, compinche de toda la vida de Luis Cisterna, al que se había hecho cercano con los años. Iban a las carreras y después se tomaban unos combinados en Franklin. Para esa fecha en 1975, llevaba algo menos de un año y medio apostándole a Malvado’s Lady, una yegua que Casiano le había dateado por su buena capacidad de ganar carreras en la categoría media. Como proporcionaba buenos ingresos si sabías cuándo apostarle – ‘el ojo vigilante’, decía Alejandro, ‘es la clave para hacer crecer las ganancias en el oficio’ – y nunca era promovida a la categoría superior, pasaba relativamente desapercibida entre los nombres del momento. Era jueves y Malvado’s Lady había ganado una carrera en la que Casiano y Alejandro felizmente habían apostado buenos pesos. Las celebraciones de Franklin se vivieron entre particular entusiasmo, luego de que Alejandro ganara también, y repetidamente, en los dados. El Lucho, que se había saltado las carreras porque tenía problemas con la Marta, estaba indignado. Cuando partieron de vuelta a Nataniel, Casiano le entrega a Alejandro un cigarro que prende mientras cruza la calle. Respirando la noche de Santiago y con un buen lote de billetes que la celebración no supo diezmar, estaba lánguido y bienhumorado. Borracho, sentía un calor agudo y reconfortante en el pecho. Entonces se le hicieron cada vez más forzosos los pasos que ya le estaban causando tropezones. Con la camisa desabotonada hace horas, sentía al cigarro cobrándole más y más peso en la mano. Casiano lo sostenía, agitándole la cara, palmoteándolo.

Una trombosis periférica en el lado izquierdo del cerebro tuvo al Alejandro en la posta durante semanas y terminó por llevarlo a una jubilación anticipada por discapacidad. Nunca más arreglaría relojes. También se le prohibirían el alcohol, los cigarros, el café, el mate y cualquier sustancia o actividad que pudiera subirle la presión. Pero volvería a las carreras.

e l    a t a q u e

Ese día correría Tren Urbano en la carrera de las 11. Temprano en la mañana, el Alejandro salió lento a cobrar el pago de su pensión. De ida, con la colilla en el bolsillo, pensaba en las excelentes posibilidades que tenía su nuevo caballo en la carrera ahora que Claroscuro había agarrado un bicho. De vuelta, pensaba en que, a Casiano, que se había caído mientras arreglaba un ascensor en Providencia, le hubiera gustado este caballo. Al Lucho le había perdido la pista.

Habían pasado diez años desde el ataque. La Sonia lo cuidó como santa, a un Alejandro que se sentía encerrado en su casa y en su enfermedad, imposibilitado de tomarse siquiera una cañita.

Doblando desde Lord Cochrane, lo agarraron unos mecheros. Sus hijos alcanzaron a ver el último segmento de la secuencia: dos hombres que pateaban al Alejandro, incapaz de defenderse con sus miembros entumecidos por la trombosis. Arrancaron en dirección al sur a través de la plaza. Los salieron persiguiendo y se les sumaron dos carabineros que pasaban. Los agarraron tres cuadras más adelante. La caída de uno fue increíblemente aparatosa: llegó a chocar con un poste de luz y se rajó la camisa. Cuando los esposaron, el cabo les ofreció que les pegaran. ‘Si no, no aprenden’, dijo. Se negaron, así que los carabineros se hicieron cargo: los hacían pararse para aguantar otro impacto con la cara molida, hasta que no les quedó otra que terminar de patearlos en el suelo. Horrorizados, los Guzmán protestaron. De un combo en la quijada el cabo los mandó a volver a la casa hasta que los llamaran a juicio. Para cuando volvieron, el Alejandro estaba moreteado y encogido en el sillón, esperando a que la Sonia le trajera una taza de té.

d e    s u    m u e r t e

Para el año 2003, Alejandro ya no apostaba en los caballos. Iba a los Teletrak que habían proliferado y se conformaba con anotar simbólicamente sus resultados en el diario. Ese verano lo estaba pasando en Molina, en la casa de su hijo, el Jano. Durante la mañana, le enseñó a jugar dados al Manuelito, que ya tenía doce años – el Jano no quiso ponerle Alejandro a su hijo y la tradición, luego de varias generaciones, se quebró. Cansado, se sentó en el sillón azul, a un lado de la salamandra que calentaba un día exageradamente frío para febrero. Iba a descansar hasta el almuerzo. Pero cuando la Sonia fue a decirle que los porotos estaban servidos, no pudo despertarlo.

Lo velaron en su casa de Nataniel. El Iván y el Alejandro compraron muchas flores. Una de las coronas venía firmada por Tulio Triviño, personaje televisivo que había sorprendido a su padre cuando lo descubrió a través del Manuelito y le arrancaba sendas carcajadas. La tarde del funeral, bromearon. ‘Pero a mi mamá la velamos en mi casa’, decía el Iván imitando a los personajes de Esperando la Carroza. ‘¡No!’, replicaba el Alejandro: ‘A mi mamá la velamos en mi casa’. La Sonia se reía.

Por Felipe Millán
Cuento realizado en Taller de cuento dictado por Diego Zúñiga en la Universidad Católica de Chile, 2016