Hormigas

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Mariana Sofía Espinoza Soulé (Santiago, 1996-). Estudiante de Medicina de la Universidad de Concepción. Ha participado en varios concursos literarios tanto de su facultad como externos, dentro de los cuales obtuvo el primer lugar en el concurso “Curicuentos” del 2017 con Hormigas, organizado por el centro de extensión de la Universidad Católica del Maule. Algunas de sus obras se encuentran en su blog latiranosauria.wordpress.com

Hormigas

Hace mucho tiempo que esa canción no se le venía a la memoria.

“…Las casitas del barrio alto, con rejas y antejardín, una preciosa entrada de autos esperando un Peugeot…”

Adornaba el ambiente mientras le suturaban la rodilla a su hijo. Ella nunca reparó en que, a pesar de que el niño chillaba de dolor y de miedo al instrumento puntiagudo que iba y venía, la música penetraba en sus oídos y apenas le dejaba atención al llanto.

La aguja entró otra vez en la carne. El niño, al intentar evadirla, se hizo aún más daño y provocó un pequeño desgarro de piel que fue precedido por un hilo de sangre. Bastó una advertencia de su madre para que se dejara de mover y lloriquear.

El reloj de la sala indicaba que ya era demasiado tarde, otra vez, para ir a que la examinaran. Y en realidad, no sabía qué era peor. Si iba, con la misma mirada al vacío aguantaría charlas kilométricas sobre los moretones en su piel, sobre los huesos que se traslucían bajo ella, sobre su incapacidad de cuidar a sus hijos, sobre lo mal que hacía las cosas. Ella solo quería algo para la tos, no un sermón sobre lo que debía y no debía hacer, no amenazas que carecían de significado ni alcanzaban realmente a su comprensión. Si no iba, tosería. Si tosía, no podía trabajar bien en casa, en el trabajo, ni en ningún lado. Y las manos de su marido la llenarían de moretones, la voz de sus jefes magullarían su orgullo y las miradas de sus hijos torturarían su corazón.

“…Hay rosadas, verdecitas, blanquitas y celestitas, las casitas del barrio alto, todas hechas con recipol…”

Volvería apenas pudiera para recibir sus remedios. Antes de irse, con el pequeño aun limpiándose los mocos con su polera, la enfermera hizo un par de comentarios sobre el menor. Estaba gordo, debería comer más sano. Así de sucio no puede ir al colegio. Lo ideal es comprarle un equipo adecuado si va a jugar a la pelota, porque se va a volver a caer y se volverá a lastimar. Que tenga un buen día.

“…Y las gentes de las casitas, se sonríen y se visitan. Van juntitos al supermarket y todos tienen un televisor.”

Ella iba cantando, casi murmurando, mientras llevaba a su hijo de la mano. Por fortuna había qué comer en casa. Pan y té para los grandes, pan y leche para el menor, pan y coca cola para los hijos mayores. Camino a la micro aprovechó una oferta que los alimentaría hasta dejarlos satisfechos a todos, por lo menos por ese día y quizás el siguiente: una bolsa de papas fritas, pollo asado y un par de hamburguesas.

Sus hijos tenían poca edad de diferencia, por lo que cuando uno se enfermaba, aprovechaba de llevarlos a todos juntos. Una hora de ida, una hora de vuelta. Ni un minuto más o su marido tenía el derecho a pensar que andaba por ahí, haciendo quién sabe qué.

“…Hay dentistas, comerciantes, latifundistas y traficantes, abogados y rentistas y
todos visten polycron.”

Ella limpiaba baños en un mall, y él construía lo que le pidieran, junto a otros ciento cincuenta o doscientos hombres más. En la micro iba pensando cuántas veces alcanzarían a comer si siguieran la ridícula dieta aconsejada. Ni siquiera vendían lo solicitado en los almacenes, que por distancia, podían frecuentar. Una vez en casa, su hijo vio en el patio a sus dos hermanos mayores y se fue a jugar con ellos. Al otro lado del patio, sentada en la mugre, jugaba su hermana menor con los gusanos. De vez en cuando se tragaba alguno, pretendiendo que estaban hechos de goma azucarada.

La mujer alcanzó a dar cuatro pasos dentro de la casa. La voz de su marido, desde la oscuridad, la increpó por su demora. Quieta en su lugar, ella procedió a describir paso por paso lo que había ocurrido, incluyendo las palabras de la enfermera.

-Eso es tu culpa- dijo él. Tras sentenciarla, agarró su cabeza y la estrelló contra la pared que tenía en frente. Solo lo hizo una vez, porque no tenía mucho tiempo esa tarde y solo la esperaba en casa para poder descargarse, antes de salir a la construcción. Ella cayó tras el golpe, y se mantuvo encogida hasta que escuchó el portazo. La sangre de su nariz no tardó en llegar a sus labios, y con la mirada aún en la nada, se limpió con la lengua.

“…Juegan bridge, toman martini-dry, y los niños son rubiecitos, y con otros
rubiecitos van juntitos al colegio high.”

La canción seguía sonando en su cabeza, incesante, cada vez a un volumen más fuerte. Mientras mojaba su cara en un balde con agua, recordó que la primera vez que la oyó fue de la boca de su padre. Al igual que ahora, su padre le daba palizas a su madre de un modo bestial. Paróo solo el día en el que su madre volvió en silla de ruedas y se quedó postrada en cama, para nunca más levantarse. Ella murió ahí, balbuceando, desnutrida, con un ojo completamente inútil, casi sin dientes y su belleza desfigurada a los cuarenta y seis años.

Sin embargo, aquel hombre nunca lastimó a su hija. Y como si fuera a remendar sus pecados luego de haber dejado muerta en vida a su madre, comenzó a ser mucho mejor con ella luego del “accidente”. En las tardes se sentaban juntos a la entrada de la casa, él le compartía de su mate y le cantaba esa canción. El hombre fue encontrado un día en un callejón sin salida, apuñalado innumerables veces, seguramente por otros borrachos. Ella nunca olvidó el asombro que le provocó ver sus tripas repartidas alrededor de su cuerpo sin vida, siendo devoradas por las hormigas.

Ella tenía catorce años, y dos hermanos menores. Quedó embarazada un año después.

“…Y el hijito de su papi luego va a la universidad, comenzando su problemática y
la intríngulis social.”

Horas después, su marido volvió del trabajo. Todos se sentaron donde pudieron para comer papas fritas junto con el resto de la promoción. Ella seguía mirando a la nada, con un ruido insoportable en la cabeza. Se le habían mojado los pies al salir a buscar a sus hijos, y hacía frío. Por un momento se alegró de que el día estuviese llegando a su fin, así podría ir a acostarse e intentar entrar en calor. Mañana era día de trabajo y de escuela, por lo que mientras limpiase los baños y evadiese las miradas de la gente, podría estar sola. Por lo menos nadie le hablaría en todo el día. Era seguro que si levantaba la mirada, más de alguien la estaría observando de un modo desagradable. Pero no importaba, era normal y de costumbre. No solo ocurría en el trabajo, ocurría en su casa, ocurría en la calle, también en el consultorio. Ella lo hacía todo mal. Un pensamiento cruzó por su cabeza: ¿será necesario ir a buscar sus remedios? Si de todas formas, volvería a estar igual. Igual que la rodilla de su hijo, las amenazas del servicio social del gobierno, o igual que los consejos entregados en salud. Después de ellos, sigue todo igual.

“…Fuma pitillos en Austin mini, juega con bombas y con política, asesina
generales, y es un gángster de la sedición.”

La menor habló primero. Dijo que se sentía mal. Tenía diarrea. No fue necesario que la mujer mirara a su marido para saber que la estaba observando con profunda ira. Y es que él tenía razón, era su culpa lo mal que todo estaba. Era incapaz. Prometió en voz alta atender su enfermedad lo antes posible, aunque fuera necesario crearle horas al día para tener tiempo de ocuparse de la casa, ocuparse de su marido, ocuparse del resto de sus hijos, asistir al trabajo, rendir en todo. Haría un esfuerzo aunque fuera una mujer débil, frágil, tonta, que no entendía si no era a golpes, igual que su mamá. Al parecer, todo el mundo estaba de acuerdo con eso.

El hombre encendió el viejo televisor, dándole la espalda a su familia para observarlo. En él, pasaban comerciales con objetos nuevos y relucientes, que declaraban ser la nueva y última maravilla del mundo a un precio increíble. Tienes que comprarlo porque lo necesitas, porque nunca antes habías notado que tu vida no está completa sin él. Es por eso seguramente que eres infeliz. La mujer había vuelto los ojos a su plato, a medio vaciar. Por el rabillo del ojo veía las luces brillantes de la pantalla y escuchaba muy buenas noticias: la economía mejoraba, los chilenos están orgullosos de su nacionalidad, se vienen días de festejo, todos somos iguales, tú puedes ser y hacer lo que quieras.

Ya acostada, seguía mirando a la nada mientras oía como un eco lejano las amenazas de su marido. Se retorcía los dedos inconscientemente, mordisqueaba sus uñas y yacía en silencio. La canción se había transformado en un ruido sordo. Recibió un empujón, lo que indicaba que ya era hora de quedarse dormida. Cerró los ojos: momento máximo de regocijo durante el día.

Y, en el fondo, ella esperaba no despertar nunca más.