El suplente

Collage por María Luisa Aburto
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Por Dante Riquelme Moreno

Omar Molina Riveros fue un chico que siempre esperó su oportunidad.

Desde sus tempranos trece años estuvo sentado en el banco de los suplentes en la categoría sub 15 del Club Deportivo Armenteros, equipo amateur de la liga de fútbol de Calera de Tango, y sólo salió de ahí una sola vez hasta el día de su retiro, a sus cortos diecisiete años. Los lentes que usaba por la miopía de su ojo izquierdo, sumado a sus cortas y débiles piernas, sólo hacían sus manos útiles para aplaudir a sus compañeros de pichanga cada vez que anotaban un gol, y no para atajar, como siempre soñó desde que vio a su padre jugar por la serie de honor.

Todos los domingos despertaba a las nueve de la mañana para llegar puntualmente a la cancha en que tocara jugar. Desayunaba una leche con tostadas preparadas por su madre, arreglaba un pequeño bolso de manos con sus guantes, zapatos, canilleras y un plátano envuelto en servilletas para posibles calambres, y partía en auto sin lavarse el pelo junto a su padre con la sana esperanza de que Cristóbal González, el arquero titular del equipo, no fuera a jugar ese fin de semana. Pero Cristóbal González, hijo del director técnico, jamás faltaba.

Al contrario de lo que hubiera hecho cualquier niño de su edad, Omar se sentaba todas las semanas alegre y religiosamente en el banco de madera durante todo el partido sin hacer reclamo alguno. Cierta vez, al ver que Cristóbal González llegaba a jugar nuevamente, el padre de Omar le preguntó con desaliento a su hijo por qué seguía levantándose tan temprano todos los domingos pese a sus nulas posibilidades de entrar a atajar; a lo que el chico respondió simplemente, con una calma y un carisma admirados por el padre, “porque me gusta ver los partidos desde adentro”, para agregar luego de un corto silencio, “además, algún día me va a tocar entrar”.

Como en toda liga de fútbol de barrio donde se respeta la integridad de los jugadores y las condiciones óptimas del campo para el desarrollo de un buen juego, si llovía lo que el pluviómetro interior de los dirigentes de la asociación de fútbol de Calera de Tango categorizaban como “mucho”, desde dos horas hasta tres días previos a que se inicie la jornada futbolística, no se jugaba; en cambio, si la lluvia comenzaba después de los límites de tiempo establecidos, o si no se consideraba el aguacero lo suficientemente “fuerte”, se jugaba igual. Cierto domingo de agosto en el que no se esperaban precipitaciones, un grupo de nubes grises, oscuras como el cemento mojado, se juntaron en menos de quince minutos y comenzó una lluvia torrencial treinta minutos antes del pitazo inicial.

La gente presente en el recinto deportivo buscaba la forma de guarecerse de la lluvia mientras Omar se refugiaba en el camarín junto a Cristóbal González y los otros ocho miembros del equipo que ya habían llegado hasta ese momento. “Se juega igual”, anunciaba el árbitro del partido asomando su cabeza por los vestidores locales y visitantes al ver que los chicos aún no empezaban a equiparse, restando veinticinco minutos para el inicio de la brega. Cristóbal González padre, el entrenador, comenzó  a planear cómo parar su equipo al ver que no contaría con más niños de los que se estaban cambiando en ese momento. En eso, llegó José “Pepe” Norambuena, pequeño de doce años y recurrente compañero de banca de Omar que solía entrar en los segundos tiempos cuando los partidos se daban fáciles y había un colchón de tres goles de ventaja. “Somos once”, dijo el entrenador mirando con una sonrisa picaresca a sus pupilos. Pero entró Patricia Bermúdez, madre de uno de los jugadores, ordenándole a su hijo que se cambiara de ropa y se despidiera de sus compañeros porque andaban en bicicleta y estaba quedando la cagá con el barro. “Somos diez”, corrigió Cristóbal González a su padre con tono de burla. Por primera vez (y a la larga, única) Omar Molina Riveros iba a dejar en el suelo la camiseta gris que suelen ocupar los arqueros del Club Deportivo Armenteros, para cambiarla por una representativa rojiblanca con el dorsal dieciséis en la espalda.

Al momento en que todos estuvieron equipados, Cristóbal González padre se dispuso a dar la alineación y la charla técnica: “Chicos: hoy la lluvia nos juega una mala pasada. Somos diez, entraremos con gente que no suele jugar (no es malo, no me malinterpreten, pero por favor entendamos que, si no nos salen las cosas como queremos, no retemos al compañero, al contrario, démosle ánimo para que a la siguiente le salga). Y… bueno, no tendremos suplentes. Entonces, aguantemos el partido; toquemos harto la pelota, cansemos al rival haciéndolo correr, y si tenemos una oportunidad, echémosla adentro como sea; no importa quién lo haga, toquémosla al compañero que está libre al lado; si hay que hacer goles feos, no me interesa, goles son goles, ¿estamos? El equipo, frente a las circunstancias, será el siguiente: Cristóbal al arco; abajo los de siempre, Camilo y Gonzalo los centrales y Bastián con Mauricio los laterales; ustedes conocen su pega, han jugado todo el año juntos: siempre con tranquilidad e intentando pasarle la pelota a algún compañero. Aquí es donde empiezan los cambios. Vamos a jugar con cuatro mediocampistas y no con tres como siempre lo hacemos: Felipe y Pablo por el centro, Felipe más retrasado haciendo el seis, y Pablo más libre haciendo de ocho; usted, Pablito, es quien distribuye el juego; tiene buen pie, así que pase la pelota, atrévase con pases en profundidad, ¿okei? Por la izquierda, pegado a la raya, va a jugar Matías, y por la derecha el Pepe. Ustedes son rápidos chicos, hoy tienen que ser más rápidos porque vamos a tener pocas oportunidades y hay que saber aprovecharlas, lleguen a línea de fondo y metan el centro, que Omar va a estar jugando solo en punta y una le va a quedar. Omar, este es tu partido, juega pegado al último hombre de ellos y piensa que en cualquier momento puede fallar o se puede caer; ha llovido harto y la pelota será más rápida de lo normal. Usted es inteligente, aproveche eso, ¿entendió? Pablito, usted va de capitán y también patea todos los tiros libres, y si hay un penal también. Busquemos la falta, que tenemos muy buenos cabeceadores. En los tiros de esquina se me quedan los laterales y baja también Omar apoyar las contras que nos puedan venir. ¿Alguna pregunta?” Y al ver que no había dudas, les deseó suerte a los chicos y los mandó a precalentar.

Al momento en que el padre de Omar vio a su hijo salir del camarín con la camiseta rojiblanca, no pudo evitar soltar una carcajada irónica. “Este hueón no sabe nada de fútbol, –le dijo a Javier Cortés, amigo y compañero de equipo en otros tiempos.– Tendría que haber puesto al Omar al arco y mandar al Cristóbal al choque, que sabe jugar mejor con los pies.” Y luego de recibir la aprobación de Javier Cortés, llamó a su hijo bajo el árbol en el cual se refugiaban. “¿De qué vai’?”, le preguntó abrazándolo del hombro cuando llegó a su lado; pero éste, en un gesto precipitado y nervioso que buscaba evitar la conversación inmediata, se sacó y le entregó sus lentes, para luego decir rápidamente, mientras partía a precalentar: “Voy de nueve”.

Lo cierto es que Omar sabía de las viejas rencillas existían entre su padre y su entrenador. Lo supo durante el desayuno de un domingo lejano en el que su padre le preguntó si sabía que su entrenador podría haber sido su padre, para luego contarle la historia de cómo su madre había elegido estar con él por sobre Cristóbal González padre. Omar conocía realmente a su padre, y sabía que él ligaba en lo más interior de sus pensamientos el hecho de que su hijo jamás entrara a jugar con la disputa amorosa de hace dieciséis años, y que consideraría una completa burla hacia su persona que su hijo, un cabro derechamente malo para la pelota, jugara de delantero en el que sería el primer partido que disputaría por el Club Deportivo Armenteros, y no de arquero como siempre soñó. Omar Molina Riveros evitó toda su vida, por comodidad, cualquier discusión innecesaria.

De no ser por el hecho de que Pepe Norambuena ya se sentía cansado luego del precalentamiento sobre un pasto que parecía a esas alturas más barro que pasto, se diría que todo fue normal antes de comenzar el partido. Los jugadores se juntaron en el banderín del córner más cercano al camarín visitante para que Pablo, el capitán del equipo, hiciera la última arenga antes de entonar a todo pulmón el clásico grito C.D. A. (¡Cedé, A! / ¡Cedé A! / ¡Cedé A! / ¡Club Deportivo Armenteros!) previo a saltar a la cancha. Los diez pequeños jugadores comenzaron a tomar sus posiciones bajo un cálido aplauso de la escasa parcialidad visitante que estaba a esa hora de la mañana en ese estadio sin graderías.

Según las palabras que el propio Omar le diría a su padre cuando viajaban de vuelta a casa, se sintió tan encantado ante el hecho de estar jugando bajo la lluvia que ni siquiera se percató que el equipo rival tenía ocho jugadores sino hasta el entretiempo, cuando Cristóbal González padre les reclamó a sus pupilos que no podía creer que jugando contra un rival con dos elementos menos no hubieran pateado una sola vez al arco. Su padre le respondería que el primer tiempo fue realmente malo; y es que sí, lo fue: las pésimas condiciones de la cancha y la poca experiencia de los dieciséis jugadores de campo, que corrían de un lado para otro, sólo convertían al fútbol en un espectáculo de caídas y faltas innecesarias en mitad de cancha. Fueron quince minutos sin emoción con nada más para destacar que una fuerte entrada sobre Felipe Orozco propiciada por un jugador local en el punto exacto de la mitad de cancha, y que lo obligó a salir del campo por un minuto hasta sentirse capaz de correr nuevamente.

El segundo tiempo no fue muy distinto. La lluvia caía con la misma intensidad y las pozas de agua que se formaban en las distintas zonas del campo la hacían cada vez más pesada. A Omar no le llegaba ninguna pelota; sólo la había tocado una vez, y quedó empapado de pies a cabeza al momento en que el central del equipo local le metió un cuerpo que lo mandó directo al pasto mojado. Los movimientos de los jugadores, en general, eran lentos y torpes; ni siquiera Pablo, el conductor del equipo, era capaz de hacer pie con sus zapatos F50 que le había comprado a un primo más grande cuando a este ya le quedaron chicos. La superioridad numérica del Club Deportivo Armenteros sólo se notó en una de las dos áreas: Cristóbal González hijo no había tocado la pelota en todo el partido – y no lo hizo -, y los encargados de armar una jugada no eran capaces de sobrepasar la muralla de ocho jugadores que se aferraba con uñas y dientes al cero a cero. Pero tal como Omar Molina Riveros le diría a su padre, también en el auto de vuelta a casa, la realidad a veces es mejor que la película Metegol. Y es que a minutos de terminar el partido, cuando nadie esperaba que algo pudiera pasar, un pelotazo largo de Felipe Orozco a la olla encontró a un Omar libre de marca corriendo hacia el arco tras un grosero resbalón del central rival. Sorprendido ante la falla, el portero corrió a achicar lo más rápido que le permitieron sus zapatos que se pegaban al barro. Omar buscó el balón corriendo destartalado, sin ver ni mierda por la miopía de su ojo izquierdo, pero distinguió la forma esférica de color amarillo al borde del área y le mandó un puntete sin vergüenza alguna. La pelota se coló por debajo del brazo izquierdo del meta rival y se caló en el fondo de la red desatando la locura de los quince fanáticos del club rojiblanco, y por sobre todo, la de su padre. “La verdad es que cerré los ojos y le pegué no más” agregaría en el auto camino a la casa. Al llegar, dejó sus zapatos embarrados en la puerta, fue a la pieza de su madre para contarle su hazaña, y luego se bañó con un aire de victoria que recordaría hasta años después de su joven retiro del fútbol amateur.

A la semana siguiente, Omar Molina Riveros volvió a despertar a las nueve de la mañana y arregló sus guantes, canilleras y zapatos con la misma alegría que lo había hecho cualquier domingo anterior; esta vez no guardaría el plátano envuelto en servilletas al darse cuenta de lo inútil que le había sido el día de su debut. Comió las tostadas preparadas por su madre y partió junto a su padre a la cancha donde el C. D. A. suele jugar de local. Entró al camarín, y luego de saludar con entusiasmo a cada uno de sus compañeros de equipo, quienes lo felicitaron por haber anotado el gol que rescató el triunfo la semana anterior, se calzó nuevamente la camiseta gris con el número doce en la espalda. Volvió a sentarse en el banco de los suplentes para nunca más salir de ahí. Omar jamás reclamó. A los diecisiete entendió el fútbol como un deporte de circunstancias; y a él, si bien lo habían convertido en héroe una lluviosa mañana de domingo, las circunstancias lo hicieron alguien no apto para jugarlo con la seriedad con que la gente se lo tomaba. Hoy, Omar sigue acompañando a su padre a la cancha donde al Club Deportivo Armenteros le toque jugar. Sentado en una banca con sus lentes puestos, evitando temas que deriven en discusiones innecesarias, ve ganar al equipo rojiblanco.