El hombre tras las palmeras

https://www.pinterest.es/pin/353391901996559477/
0 439

Por Esteban David Contardo

Cuento publicado en “Cascabel” (2019), antología de relatos patrocinada por el Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile y editada por Yuri Pérez.

 

El hombre tras las palmeras

En un principio quise salir corriendo a la Policía de Investigaciones y decirles todo lo que sabía. Que por favor fueran a buscarlo a la casa lo antes posible, que la mierda que tenía como padre no podía estar ni un segundo más cerca de mi hermana. Eso traté de hacer, pero apenas abro la puerta de la casa mi padre se me aparece de frente.

Veo su cara y por mi cabeza comienzan a pasar las conversaciones con las niñas y sus fotos en pelota. Quería pegarle en la cara, en los testículos, preguntarle por qué mierda tenía fotos de niñas desnudas en el computador, pero ninguno de mis músculos respondía. Traté de moverme para dejarlo pasar y fue en vano. Comencé a sudar, todo su semblante me daba asco, repulsión.

¿Y a ti qué es lo que te pasa? -dice mi padre con dureza, con su cara irritada.

No le respondo. Bajo mi cabeza para que no vea mis ojos llorosos y camino a la pieza con el rostro perdido entre las líneas del parqué. Cierro la puerta con seguro y mi cuerpo cae como un saco en la silla del escritorio.

 

MIÉ 12:46

– Hola ¿Cómo estás?

– Holaa, bien y tú?

– Bien. ¿Cuántos años tienes?

– 14

– Sales muy bonita en tu foto de perfil.

– Gracias!! ^^

– ¿Qué tal el colegio?

– Súper!! Oye, quién eres? :))

– Estudio al lado de tu colegio.

– En serio? En el liceo M***?

– Sí.

– Ahh jajajaj y en qué curso vai?

– En segundo medio.

– Conoces al R***?

– Es mi compañero.

– La dura???

– Sí.

– Jajajaja qué expresivo tú

– Jajaj. Oye, ¿tienes más fotos tuyas?

 

Mis ojos no se despegaban de la pantalla. Después de dos horas frente al computador seguía sin creer que el hombre que tanto había admirado fuera un pervertido de mierda. Dos semanas de conversaciones en Facebook entre mi padre y la niña bastaron para que aparecieran fotos de ella desnuda en su cama, y cuatro semanas para juntarse en una plaza cerca del liceo. Y no solo era ella. Cuando seguí viendo los mensajes de su cuenta falsa, me di cuenta de que había fotos de otras cinco niñas desnudas.

Lo sentí acercarse a mi pieza haciendo sonar sus zapatos de seguridad. Toca la puerta y me pregunta qué es lo que me pasa, que necesita el computador para seguir trabajando. Le digo que termino de mandar un correo y se lo paso. Él insiste, trata de abrir, pero se da cuenta que la puerta está cerrada. La toca con sus puños presurosos, pesados, me advierte que irá a buscar la llave. Trato de borrar el historial, me tiemblan las manos. No podía dejar que viera el perfil abierto, él sabría que ya me había enterado de la mierda que es. Sabría que lo iría a denunciar y borraría todo, las conversaciones, las fotos, la cuenta. Abro la puerta y se lo paso. Por su rostro noto que no sospecha nada, que incluso le da molestia preguntarme por qué estoy llorando. Siempre ha sido así. Cada vez que lloro se aleja sin decirme algo, sin preocuparse en lo más mínimo. Cierro con seguro y me tiro sobre la cama mirando el techo.

Asco, rabia, decepción, dolor, asco, asco, asco. ¡Mi hermana! De los dos, mi hermana era la favorita de mi papá. La llevaba al mall a comprarse ropa, le ayudaba con las tareas. Se iban juntos de viaje por cosas del liceo. La iba a dejar y a buscar cuando tenía gimnasia. ¡El muy mierda! ¡Por supuesto que le hizo algo! Estando solos cómo no la iba a tocar, cómo no la iba a “ayudar” a sacarse la ropa y a vestirse. Los recuerdos que tenía con mi padre se quebraban, todo se tornaba oscuro, sucio. Las idas al estadio, los viajes en familia al sur, jugar a la pelota los domingos en la cancha del condominio. Todo estaba corrompido, todo era repugnante, no le encontraba lógica alguna a la situación. Nuestra relación siempre fue fría, pero con mi hermana todo era diferente, ella lo adoraba.

Desde que ella nació fueron uña y mugre, recuerdo el video en donde mi hermana lloraba en manos de la matrona mientras le tomaba las medidas. Gritaba, pataleaba, no sabía qué estaba pasando, todo era nuevo, ya no estaba cómoda como en el vientre, todo hasta que mi papá la empieza a llamar por su nombre:  L*** -le decía, L***, todo va a estar bien. Mi hermana callaba, se tranquilizaba por completo.

De esa misma forma fueron hasta hoy. Él era a quien ella le contaba todo sobre su vida, sobre sus amigas, sobre el colegio, sobre el compañero de la clase que le empezó a gustar. Él iba a sus reuniones de curso, a sus presentaciones de gimnasia poniendo en riesgo su trabajo. No entendía en qué momento se convirtió en un acosador o si siempre lo fue, en qué momento todo se fue a la mierda.

Me levanté de la cama y llamé a la Policía de Investigaciones. Me contestó una mujer y le dije que mi padre acosaba a menores por internet, que tenía fotos de niñas desnudas en el computador. Me dijo que me calmara, que entre sollozos no entendían nada, le repetí todo de nuevo. Me preguntó por nombres, la dirección de la casa, si mi padre se encontraba en ella. Le dije que sí, que vinieran a buscarlo lo antes posible, que tengo una hermana de nueve. Cuelgo y mi madre me llama al almuerzo.

Voy al baño y me lavo la cara. Mis ojos están hinchados, la cara la tengo roja. Apenas llego al comedor todos me miran extrañados. Mi madre me pregunta qué me pasó. Le digo que terminé con mi novia, que me había cagado con un amigo. Se levanta y me abraza. Todo va a estar bien me dijo, que aún era muy joven, que todo se soluciona. Me siento y huelo las lentejas. Me comienzo a marear, me dan ganas de vomitar. Mi padre sentado en la cabeza de la mesa como si nada, comiendo al lado de mi hermana con una naturalidad descarada. En ese momento tomo mi teléfono y le muestro a mi papá su cuenta falsa de Facebook. Le muestro la foto de perfil de un hombre escondiéndose tras unas palmeras. Se puso pálido, rígido, noté cómo le costaba tragar lo que tenía la boca. Me miró, trató de hablarme, pero no podía, balbuceó algo que no entendí.

– J*, guarda el teléfono -dice mi madre.

– J*, el teléfono -repite.

Tenía los ojos fijos en el rostro de mi padre. Comencé a recordar los gritos de mi hermana a las dos o tres de la mañana producto de una pesadilla. Imaginé a mi padre corriendo desde su pieza para ir a consolarla y decirle que todo está bien, que solo fue eso, una pesadilla. Él se mete a su cama y la empieza a acariciar en el pelo, le dice que él la va a proteger, que nada le va a pasar. Imaginé a mi hermana conciliando el sueño y mi padre bajando lentamente las manos, bajando por su cuello, tocando su vulva.

Miro a mi hermana y comienzo a llorar. Las lágrimas caen sobre el plato. Le digo que todo va a estar bien, que nunca más le va a pasar nada, que siempre voy a estar con ella para protegerla. Ella no entiende nada. La cabeza me da vueltas, mis pensamientos se transforman en ira, en rabia. Mis ojos comienzan a acumular sangre. Tomo un cuchillo de la mesa y de súbito se lo entierro a mi padre entre la clavícula, en la tráquea. Gritos de mi madre, de mi hermana. Se acercan a él, se ponen de rodilla y en vano le colocan sus manos para detener la sangre. Gritan su nombre, lo lloran, lo gritan, me increpan. Mi padre se comienza a atragantar con su propia sangre que le sube hasta la boca, que le transcurre lentamente por la barbilla. Con una mano se trata de quitar el cuchillo y con la otra apenas se apoya en el comedor ahora teñido de rojo.

Me levanto y voy a la cocina, veo mi cara en una de las ventanas y meto la cabeza bajo la llave del lavaplatos. El agua transcurre y se me mezcla con mi llanto. Acababa de matar a mi padre, de salvar a mi hermana. Escucho a la Policía de Investigaciones entrar por la puerta de la cocina y en segundos me reducen contra el piso. Mi mente no piensa en nada más que en mi hermana.

 

Comentarios
Cargando...