El decoro de vivir

Ilustración por Shintaro Kago.
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Delfina Harms (Recoleta, 1990) Estudió Licenciatura en Música en el ex Pedagógico y Luthería de cuerda clásica. En el año 2013 se muda a París para continuar sus estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En el 2014 se instala en Marsella donde migra hacia el grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en agosto de 2017.  Participa de las exposiciones colectivas Latinoamericanas de la asociación Madame Latina como grabadora en 2017 y 2018. Publica, en 2018, una selección de tres cuentos con el taller de tipografía y grabado LarVapress, en Santiago.

 

El decoro de vivir

La Stella era ruidosa. Había sido colorina, y había hecho a sus poemas lo que el tiempo le haría a ella algún día: retorcerle las extremidades, sacar de ella gruñidos y toses mortíferas, despertarla a gritos cuando se quedaba dormida, apretujarla en hojas sueltas y arrugadas, entre libros enfermos; sacarle a golpes y atropellos las formas que tendría al morir, impresa en algún libro, expuesta en algún escaparate elegante, en algún centro comercial que, afortunadamente, ella nunca llegaría a conocer. Porque la elegancia es algo muy particular, si se habla de la Stella.

Unos porotos bien hechos, unas albahacas secas, un único choclo, son elegancia si yacen en una fuente de vidrio muy lavada, una tarde cualquiera en que suena el timbre, y que al abrir la puerta, dos manos rodean la fuente prístina y los porotos granados con hojitas verdes son entregados por una mujer grande y  elegante, que no tiene qué comer, que no tiene qué vestir, pero que le trae una fuente de vidrio llena de porotos con mazamorra, porotos con riendas, a su vecina, que trabaja tanto y no tiene tiempo de cocinar elegantemente.

Elegante era usar un poncho de cachemira, hecho a mano, que su amiga más elegante que ella le prestaba, y bajo la lana suave y abrigadora, en pleno junio, entrar al MultiAhorro a robar huevos, a esconderlos en la pretina de la última falda con cierre bueno, entre hernias y chalecos, y pasar por la caja con una bolsita de kétchup. Toda cubierta por ese radiante poncho, mirar a la cajera por debajo del marco grueso de sus lentes, insultarla sutilmente, y a la salida pasar a llevar con el hombro al guardia, porque usaba ese uniforme tan poco elegante, y porque a ella la alcurnia no le menguaba en lo absoluto las ganas de probar puños ajenos.

Era de elegancia conmovedora, decoro incalculable, ir donde tu vecina, la dueña del poncho de cachemira, y pasarle los huevos, para que sus niñas tomaran once con ella, y a cambio la vecina, la amiga, la hija, la nieta, le servía no una, sino muchas cañas de vino blanco, que terminaban siendo su merienda, su merienda no elegante, sino más bien reblandecida, versada, insultada, discutida y dormilona, pero aún digna, en su poncho, mí poncho, que había sido, fue, es, el poncho de la Stella.

Decir no

Julian Casablancas es iluminado directamente en la cara por un foco, avisándome que Clear Skies toma vuelo, que más vale que concluya pronto ese pensamiento evocativo al que su voz hacía compañía. Yo evocaba mi propia mano sosteniendo un tabaco, y la presión de mis pulmones a punto de exhalar. Estaba pensando en mí.

Porque siempre que escucho a los Strokes me veo corriendo. No suelto el humo, y me mareo. Mi cien revienta, pero no muero. Siempre algo me mata, pero no muero. Clear Skies me sitúa de nuevo, le pongo replay dos segundos antes de que termine; cargo 15 años, estoy en un pool, sentada esperando mi turno, rodeada de humo y de gente. No debiera estar ahí. Y como no debiera estar ahí, no debiera estar en ninguno de los lugares en los que estoy cada vez que pienso en mí. Es que hay algo en la naturaleza de mis terrores, que siempre me lleva a lugares terroríficos. A mi taquicardia. Quiero decir no. De verdad quiero decir no. Quiero verme en casa, sentada en la alfombra, ordenando mis cuadernos para el día siguiente. Quiero cambiar la música, antes de que me lleve a donde no quiero ir. Pero mi mano se mueve sola y los Strokes seguirán tocando para mí hasta que este viaje se haya acabado. Tengo que pensar en esto hoy, como lo hice ayer, como lo haré mañana, como lo haré cada día que esté más viva que muerta.

El teclado continuo como un pedal me hace pensar en el humo, en el talco para las manos, la tiza para el taco. En todas las veces que dije sí, cuando lo que sentía eran náuseas -cuántas veces en 15 años. Salimos. Tuve que empinar una botella de ron y fingir que tragaba, porque estaba sola en manos de personas descontroladas, lejos de mi casa, queriendo ser más chica y llorar sentada en el suelo -que alguien me saque, ahora- estaba consciente. Pero no, paso la botella y sigo caminando. No soy capaz de verbalizar, solo me aprieta el terror, la luz incómoda de los faroles citadinos, tan irrelevantes cuando estás dentro de tu casa, tan asfixiantes cuando estás en la calle y no sabes a dónde vas. Quiero saber si Julian y su voz tan estable siempre saben hacer lo que desean hacer. Si se obedecen.

La calle era eterna. Estaba mal vestida, con zapatillas de lona llenas de hoyos, aplanando el barrio alto recién lavado por la lluvia, como si fuera posible limpiarlo más. Quisieron sentarse en una plaza, y bajo nuestros pies había mucha tierra húmeda que me helaba y me endurecía el cuerpo. La mujer más joven vació la botella de ron en un corazón que dibujó con el dedo en el barro, y le dedicó unas palabras a su amigo acuchillado, pero era lo último que quedaba, y cayó de un empujón tras la banca, reventó la botella en pedazos. Yo temblé. Yo quería irme. Julian me canta, this will pass, this will pass. Yo le digo que no importa si va a pasar, porque cuando el miedo te tiene, cada segundo es el último. Insensible, canta en silencio, déjame pensar; iba en un auto, iba acercándome a mi casa.

Era cierto, íbamos en un auto. Yo iba al medio, mirando la ruta, esperando esa maldita calle conocida que no llegó jamás, porque era demasiado estúpida, pienso, y no conocía la ciudad en la que nací. Imagino mi cara, mis mejillas rosadas de ansiedad, yo, monosilábica y con espasmos. Estaba perdida, ignoraba todo. Conocía dos calles en el centro, mi casa, mi plaza. Aún hoy, si salgo me pierdo. No supe que me iba acercando a mi barrio, no sabía dónde estaba, y pasé de largo, y me bajé despavorida, y dejé atrás a mis camaradas de esa noche con excusas infantiles, porque la hora, porque el cansancio, porque ahí nos vemos. Y sola, me paré bajo el monumento a Barros Arana -esquina sucia pero blanca-, como un gusanito en una caña de pescar, pensando que alguien vendría en mi auxilio, cuando lo que hacía en realidad era llamar a mi real captor – ¿fui yo?, ¿yo lo llamé? -, ese que, tomándome por el brazo con sus uñas negras, me iba a enseñar a decir no. Y dije no. Lo dije muchas veces. Pero él no me estaba preguntando nada. No. Mis oídos no lo recuerdan, quizá porque un solo de guitarra me ensordece, o porque en mi cabeza esos no fueron más rotundos, verdaderos y carnales que un sonido. Pero sé que grité. Grité no. Y ese no me trajo otra mano, más fuerte, igual de extraña y peligrosa, que tomó mi otro brazo, lo tiró y me liberó. Mi captor huyó, y yo caí al suelo con el empujón del auto en el que pretendía llevarme al infierno, pues aturdida no había atinado a escapar. El otro me levantó del suelo, me sobó los brazos para aplacar el tiriteo, y yo dejé en la vereda una posa de orina. El fugitivo iba a matarme, pero yo nunca muero; no morimos y las que morimos renacemos. Un taxi me llevó a mi casa, esa noche al menos.