The Red Strings Club: Filosofía detrás de la barra

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Por: Martín Jiménez Huatay

Deconstructeam, el equipo español creador de The Gods Will Be Watching, trajo el 22 de enero su nueva obra pixelart para computador, The Red Strings Club. Esta se desarrolla  entre minijuegos aburridos y un ambiente muy bien conseguido, contándonos la historia del camarero Donovan y su lucha contra una megacorporación cyberpunk en pleno siglo veintidós. Todo esto acompañado de conversaciones que buscan poner en duda los principios éticos del jugador/a.

Bajo esta premisa, tan atrayente como repetida en el género cyberpunk, se nos presenta una aventura narrativa con una crítica social subyacente y un deseo de filosofar más que notorio. Estando en la fina línea entre ser uno más o quedarse con sus jugadores, lo que es cierto es que mantenerse indiferente sobre uno mismo tras jugar esta obra es imposible.

Lo más destacable a primera vista es, sin duda, el acabado del pixelart y la fluidez de este. El equipo ya había usado esta forma visual en su anterior gran obra, pero en esta ocasión han dejado su estándar de calidad realmente alto, convirtiendo un arte simplista y preciso en una herramienta capaz de darse lujos en los detalles del escenario. Esto se suma al genial diseño de personajes que aprovechan los fuertes de esta técnica, como lo son la innecesariedad de detalles excesivos y la búsqueda de diseños carismáticos y que dejan satisfecho a cualquier amante del pixelart.

Y es que, aparte de ser atractivos a la vista, los personajes de esta obra transhumanista están muy bien escritos y escapan tanto de los convencionalismos actuales como de los propios del género. No solo se debe a que dos de los tres protagonistas sean homosexuales y esto se dé a entender con sutilezas, sino que desde sus conceptos hasta sus desarrollos buscan abarcar e incluir distintos tipos de personas, sin caer en ridículos. Ya sean transexuales, robots hiper-empáticos o camareros de bar que pueden leer emociones; todos los personajes aquí actúan con una naturalidad que logra abstraer al jugador/a sin inconvenientes y logran adentrarnos en la historia que se quiere contar.

Historia que juega con la idea de “lo más importante es el viaje, no el destino”, informándonos cuál será el final de la aventura hagamos lo que hagamos, para que así no nos preocupemos tanto de cómo obtener el “final bueno” y nos enfoquemos más en cómo llegar al final por la ruta que consideremos correcta. A pesar de sus minijuegos, desde alfarería de implantes hasta llamadas telefónicas, esta aventura es principalmente conversacional. En ella la dirección de los diálogos (en español nativo) es lo que matizará nuestras relaciones con todos los demás personajes, logrando así que cada jugador/a tenga una experiencia casi única en su primera vuelta, pero que lleguemos todos/as al mismo destino.

Otro acierto más para esta obra es su música, siendo mi canción favorita Machine Learning. De la mano de Fingerspint, nos acompañará una mezcla de sintetizadores e instrumentos de estudio que buscan rememorar un jazz clásico, con el respectivo tinte cyberpunk que forma una atmósfera atrapante alrededor del título. Se trata de una banda sonora con la capacidad de introducirse en los diálogos, transmitir las emociones con una fuerza que, de hecho, me hizo buscarla y agregarla a mi lista de reproducción apenas terminé la experiencia.

Sin embargo, uno de los pecados de esta obra es su extraño uso de los minijuegos, bien diseñados, pero que se sienten desaprovechados e incluso fuera de lugar al ser esta una obra con un enfoque narrativo. Cuestiones como la alfarería o las llamadas telefónicas aparecen solamente una vez a lo largo de la sesión y es el tercer minijuego existente el que hegemonizará las 3-4 horas de duración de esta experiencia. Este minijuego, basado en servir tragos para afectar las emociones de nuestros clientes, peca de ser más lento de lo esperado y muy simple para ser considerado un desafío para las y los jugadores. Se trata, más bien, de un obstáculo para entrar a la sesión de diálogo filosófico y ético.

En este último punto, lamentablemente, The Red Strings Club tampoco se asegura una victoria. Si bien sus diálogos, personajes y atmósfera están bien construidos; aquí se hacen preguntas simples sobre temas complejos, bailando en la fina línea entre la banalización y la humanidad de una conversación de bar. La cantidad de pequeños matices que existen entre las relaciones de los personajes contrastan con la situación de extremos que se te hace escoger en el diálogo más denso éticamente.

Aunque también es capaz de causar lo más importante: Incomodidad en las y los jugadores al ver que, tal vez, no somos tan consecuente con nuestros sistemas morales como creemos. Se trata de una puesta en duda que, en lo personal, sé que me acompañará por un largo tiempo. Alejándose del repetido “¿Qué es ser humano?” que se intenta plantear al principio con Akara, la androide protagonista, y explorando más la necesidad de las emociones como sociedad o el qué tan correcto es manipular a la gente a cambio de un mundo mejor.

Con sus más, con sus menos, The Red Strings Club presenta no sólo una atmósfera y escritura sobresaliente, también trae consigo un contenido que nos saca de nuestro pedestal, demostrando que no es tan difícil ponernos en duda. Nadie sacará un doctorado de filosofía por jugar a esta obra, pero sí es innegable que nos mostrará un nuevo punto de vista y nos hará pensar en algo más profundo y necesario que la mayoría de las obras cyberpunk: el cómo nos relacionamos con los/as otros y qué tan buenos nos creemos al manipularlos a nuestro antojo.