La cesura de las aguas: Río Herido de Daniela Catrileo

Reseña de Río Herido de Daniela Catrileo

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Por Tomás Morales

El proceso de migración por parte de una comunidad conlleva una serie de pérdidas que la despojan de su identidad, su territorio, su lengua. Después sólo quedan cimientos poco estables, y su reconstrucción es tarea de los que van quedando en el camino, a pesar de las heridas en el cuerpo, acarreadas a lo largo de los siglos y de lenta cicatrización, similares a un río. De esta imagen surge la pregunta que da origen al presente libro: un río cuyo cauce ha sido cortado. Qué es aquello que se abre en el lenguaje de las aguas. Publicado originalmente por Libros del Perro Negro (2013) y reeditado hace poco por Edícola Ediciones (2016), Río herido se pregunta no sólo por la lengua de los ancestros, sino también la propia. Un lenguaje en estado líquido, un fluir delimitado por orillas estrechas. La sangre que no deja de brotar y a su vez crea un ramaje en la superficie donde se escurre; “sentenciada la boca/rota la lengua” (13).

Entrelazar identidad racial y literatura en un contexto donde el conflicto araucano tiene su correlato con el discurso anti-inmigratorio y sin caer en los lugares comunes de la reivindicación indígena es uno de los problemas que surge dentro de la poesía chilena reciente. Especialmente cuando se genera un corte brusco entre lo que se considera “poesía indígena” y “poesía chilena” a partir de la producción literaria de los años ’90, dentro de la cual poetas como Jaime Huenún o Elicura Chihuailaf permiten una mayor proliferación y visibilidad de escrituras de autores indígenas. La etiqueta contiene una trampa ineludible: dividir el canon según la procedencia de los autores y con ello también dividir las aguas respecto a la posición que se debe asumir en la lectura del texto, sin considerar semejanzas posibles. Establecer una jerarquización de afuera y adentro en el ámbito de la literatura en vez de considerar cada obra como parte de un espectro inasible. Claramente existen poéticas que se plantean desde y sobre los márgenes (sociales, identitarios, etc.), pero es necesario preguntar el cómo se trabajan los materiales que se tienen a mano, cómo se evita la tentación del panfleto y el maniqueísmo, prejuicio que aparece siempre que se habla de “poesía política”, “indígena”, o de cualquier índole. Donde prevalece más el discurso, la abstracción de las ideas sobre la forma.

Daniela Catrileo, consciente de ello, utiliza la imagen del río como una forma de reflexionar sobre la oscilación de la escritura poética y testimoniar un viaje tanto literal como metafórico. La portada nos brinda dos referentes geográficos clave para situar los puntos A y B de la migración: Nueva Imperial y Santiago, abajo y arriba, sur y norte. El río Mapocho y el río Imperial. El Cautín y el Zanjón de la Aguada. Afluentes que no tienen contacto entre sí, conectadas por un flujo invisible que traza el camino a seguir, aunque en la migración surge el tajo que llevarán consigo los herederos. El libro se divide en cuatro partes, cada una con un título adjunto (y en algunos casos con un epígrafe adicional): “Cesura: Testimonio del accidente”, “Todo río tiene un corazón de engaños”, “Ser incendio en tu cauce” y “Acción fluvial: inmersión”. El primer título puede leerse como una síntesis del libro en cierto modo: es a partir del corte, de la cesura 1poética que surge la necesidad de relatar un testimonio, y justamente coincide con el hecho de que los textos de esta primera parte son una reflexión en torno a la esencia de la escritura.

“No hay estructura ni origen” se lee de arriba hacia abajo en uno de los textos iniciales (12). Ni el poema ni la imagen del río se condicen con ideas preconcebidas o territorios delimitados, sólo van en dirección al mar, el supuesto fin donde convergen todas las aguas. Donde la palabra se repite a sí misma, sin encontrar a otro que responda: “El eco que resuena/al decir:/es que estamos rotos” (17). Tampoco puede prevalecer aferrada al soporte de la escritura; está condenada a la desaparición, al palimpsesto de la naturaleza:

Un accidente en el mapa
es un paisaje
que escribe
y se borra
en la maleza (25).

La palabra sigue viva en cierto modo, pero no tiene un oleaje estable ni un receptor que capte y transmita las señales, sino que permanece sumergida:

Con ceniza de
los últimos árboles
escribo una palabra
en tu frente
antes que todo
desaparezca
mar adentro (28).

En la segunda parte aparece con mayor claridad el éxodo familiar y sus consecuencias. Éxodo marcado por un origen cifrado en la esperanza de un nuevo ciclo que se eleva desde las aguas: niños que ante la muerte deciden cantar en vez del silencio del luto.  Ante la dificultad de acarrear la herida del nombre “como fragmento de toda historia” (37), se busca un asidero en los sueños de infancia del padre. No obstante, su “rescate” no se limita a los sus recuerdos primigenios, también se piensa en sus propios recorridos por la ciudad:

Habitar caminos que siguen
en un hombre
que ha perdido la mitad de su juventud
una madre y una casa. (51)

 

El recuerdo de los orígenes, de la raíz paterna como una forma de reconstruir la propia historia, no con nostalgia, sino con plena consciencia del legado que conlleva la herida: “Soy lo que no construiste en un sueño de niñez” (40). Pérdida de la propia raíz, recuperación cuya responsabilidad (generalmente) recae en las generaciones posteriores, aunque se advierte que “llevar la cuenta de ancestros/por orden santo/no es recomendable en la juventud” (53). A su vez, el epígrafe de Canetti que precede a esta fracción del libro nos introduce lo que se pone en juego: “Descomponer un río en sus arroyos. Entender a un hombre”. Descubrir el momento en que aparece la herida, dónde se genera la división de las aguas; comprender las acciones de un padre cuyo viaje no ha traído más que pérdidas: la familia, el hogar, el tiempo gastado viendo películas en el Cine Prat de la calle San Diego.

Se asoman nuevas imágenes en el viaje. Mientras el padre repite su propio nombre de forma mecánica, el poema toma la forma de un witral: “Desde el tejido, un lenguaje/que se hunde en la piel” (47). El cuerpo como soporte de la escritura y la historia familiar, ambas susceptibles a la desaparición absoluta. Hundidas en el barro de las aguas del Mapocho, sin posibilidad de reaparecer en la superficie.

Retornar al ciclo de los ancestros resulta imposible; en las aguas del Zanjón sólo aparecen cuerpos en descomposición, y la Nueva Extremadura no deja más que cortes en la piel, retratos de familia borrosos, un perro colgando de un árbol. Imágenes violentas de las que se desprende una sola conclusión: “El agua no purifica/quema” (60). Una pregunta que se asoma en la página siguiente: “¿El río nos podrá salvar?” (61). Es probable que no, pero es necesario encontrar respuesta en sus aguas, aunque las secuelas queden grabadas en el cuerpo. Indagar en el poema, aunque no se pueda emerger indemne. Escribir con fuego y cenizas la propia historia, el legado que se pierde en el viaje, la palabra que se imprime en las rocas, la cesura del abdomen, estar consciente de la inestabilidad del territorio, del vaivén de las olas a merced del viento. Describir sin alevosía ni grandilocuencia el pasado y presente de un pueblo forzado a adaptarse al territorio urbano desde su margen.

Es en esta búsqueda que Catrileo define su propia poética, una conciliación entre los problemas de la palabra y la identidad. Palabra cuya naturaleza jamás se encuentra resuelta; identidad champurria que tampoco se define por una u otra etiqueta establecida de antemano. También es posible ver la conciliación de una visualidad ligada a lo urbano y otra relacionada con la espiritualidad mapuche, expresada tanto en el witral como en el contacto entre fuego y agua, vigor y abundancia. La palabra que adquiere una doble militancia identitaria y una esencia desdoblada entre espiritualidad y lucha. Mezcla de azul y rojo complementarios, la calma y la guerra.  En ese sentido, Río herido es también un libro en extremo autobiográfico, cuya base reside también en poetizar la propia vida2.

Los textos, además, son notorios por su brevedad y precisión en cuanto a ritmo e imagen, en especial considerando algunos cortes de verso irregulares que juegan a favor de la prosodia condensada del libro y a su vez potencian su aspecto visual, tanto en el contenido como en la textura de los poemas presentes en el libro. Todo esto contrasta estructuralmente con una idea del río como equivalente a un fluir infinito del lenguaje, elemento característico de otros textos que abordan lo fluvial. Nadia Prado, en una reseña que analiza este mismo libro3, detecta parentescos en común con algunos autores de la poesía argentina y brasileña que justamente utilizan al río como elemento crucial en sus poéticas. Sin ir más lejos se puede pensar Río herido en paralelo con la obra del trasandino Juan L. Ortiz, cuyo “poema-río” El Gualeguay (fragmento) también es planteado como una especie de testimonio en verso de la historia del río del mismo nombre, exceptuando por supuesto el paréntesis, añadido como una forma de expresar que, al igual que el río, el poema continúa su curso, aunque jamás sea resuelto textualmente cuál será su propio fin. Algo similar ocurre con los poemas de Catrileo: nunca se llega a una respuesta definitiva respecto a los problemas del texto, sólo se puede dejar testimonio de las fisuras de la lengua y del pasado, en aras de construir el futuro.

Reitero: el witral como símil del poema, descifrar su significado mediante los símbolos del tejido que se va hilando de forma colectiva, tejido que, como el río, no cesa en su creación y no tiene un fin determinado. Podrá pensarse que hay cierta insistencia en la relación estrecha entre el imaginario mapuche y el texto que podría limitar sus lecturas. Sin embargo, no se puede negar que gran parte de la literatura chilena “de mujeres” reciente (rótulo que muchos suelen pensar que se refiere tanto a la autoría de su producción como a sus potenciales lectores) se puede leer en base a imágenes de la naturaleza o tejidos que se piensan como una reflexión en torno a la misma escritura y sus zonas grises: El nacimiento de la hebra de Julieta Marchant, Palabra e hilo de Cecilia Vicuña, El primer libro de Soledad Fariña, Ojo liquido de Guadalupe Santa Cruz, por nombrar algunos ejemplos. La escritura de Catrileo, en cierto modo, forma parte de este particular espectro, tomando conciencia a su vez de su propio mestizaje. De cómo pensar su identidad y las contradicciones que esta conlleva, los rótulos que predeterminan su existencia en un territorio hostil como lo es la Gran Capital. Es necesario aclarar, por lo demás, que tampoco se trata de reducir el espectro de escrituras a una sola temática unitaria que define a una categoría literaria completamente, categorías por cierto en extremo arbitrarias y maleables, pero se ve clara una tendencia en la escritura “femenina” que los lectores (o la crítica en general) enclaustran erróneamente como la única forma que la define. Lo mismo suele ocurrir con otras etiquetas que terminan evadiendo el núcleo de la discusión bajo una especie de generalización que proviene más que nada de una predisposición negativa o poco atenta al meollo del asunto, vale decir, el texto, el escrito, y no la autoría, la identidad inmediatamente atada a una u otra línea de escritura. A fin de cuentas, son poéticas que en sus diferencias y semejanzas forman parte de una topografía irregular. Catrileo, con todo en contra, decide sumergir su cuerpo en la cesura de las aguas, y eso es lo que realmente se pone en juego acá.

Referencia bibliográfica:

Daniela Catrileo. Río herido. Edicola Ediciones, 2016. 67 págs

 

  1. Investigando con más detalle, descubro que la palabra “cesura” se refiere a la división entre dos hemistiquios en un mismo verso. Este método es utilizado especialmente en la elaboración de versos endecasílabos.
  2. Para profundizar en este aspecto, véase la siguiente entrevista: http://www.mapuexpress.org/?p=7805
  3. http://www.carcaj.cl/el-otro-lado-del-rio-un-lugar-real