El ángel de la casa: Contra los hijos de Lina Meruane

Imagen por María Luisa Aburto
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Por Tomás Morales

Mientras leo y tomo notas a considerar para esta reseña, lo primero que se me viene a la cabeza es una reciente campaña publicitaria de la marca de chocolates Bon o Bon. Aparece la actriz Fernanda Urrejola junto a distintas mujeres y la siguiente frase: “Ser madre es ser la mejor versión de ti misma”. Quizás resulta ridículo para algunos fijarse en algo tan nimio (al fin y al cabo, el único fin del cartel es exhortar a que compres chocolates), pero hay varios factores que hacen de esta campaña algo inquietante: se difundió mediante gigantografías en distintas estaciones del metro de Santiago, y resulta difícil ignorarlas, especialmente si en el trayecto del día ves al pasar 2 o más anuncios con la misma frase y las mismas sonrisas. Por un lado, pienso que pudo haber sido el trabajo de algún publicista al cual no se le ocurrió una mejor cuña; por otro, tal vez hubo alguna especie de intención deliberada en la etapa de planificación de la campaña 1. Ambas pueden ser probables dependiendo de dónde se mire, pero me decanto por la segunda.

Pero nos estamos refiriendo a un libro, al fin y al cabo. Una diatriba, más bien, como sugiere el subtítulo entre paréntesis. No tanto en contra de la niñez, sino en contra de una figura preeminente construida en torno a los hijos dentro de los paradigmas que definen el rol de la mujer en pleno siglo XXI, un problema que comprende aristas tanto biológicas como culturales. Un problema que tiene su núcleo en una maternidad (in)voluntaria y se expande a distintos aspectos de la vida cotidiana, como un “ángel” omnipresente que acecha en las sombras2. Para Meruane, la importancia de esta discusión radica en el hecho de que es uno de los conflictos aún no resueltos del feminismo, caracterizado por tener una historia de avances y retrocesos constantes. Incluso la estructura misma del libro tiene relación con este vaivén.

“Avanzar de manera discontinua por el tiempo y la geografía nos permitirá hacernos una idea de cierto estado de la situación y del movimiento pendular y reincidental de la cuestión materna” (51), señala la autora, mientras describe con desparpajo distintas manifestaciones de esta cuestión materna en la literatura y en la vida cotidiana. Una actriz alemana se niega a interpretar a Nora en una puesta en escena de Casa de muñecas de Henrik Ibsen, argumentando que jamás renunciaría a sus hijos, y echándole en cara al autor que su visión era inverosímil en cuanto él, como hombre, no comprende a cabalidad cómo se sienten realmente las “verdaderas” madres. Al enviar un correo preguntando a otras escritoras respecto al tema, la autora nota cómo varias respuestas son encabezadas por una defensa de la maternidad en la cual se van colando poco a poco confesiones de arrepentimiento y frustración. Estas y otras escenas descritas nos hablan también, como sugiere uno de los capítulos del libro, de un “infértil canon” de escritoras que no tuvieron hijos por voluntad propia (Jane Austen, Emily Dickinson, Elvira Hernández) o escritoras que fueron madres, pero que nunca lograron conciliar adecuadamente escritura y maternidad, y si lo lograron fue porque tenían recursos suficientes para realizar ambas labores. Salvo casos específicos, parece existir una correlación trágica, en cierto modo, entre la maternidad y la labor artística.

Por supuesto no se trata exclusivamente de un análisis literario. También se habla, entre otras cosas, de una extraña contradicción que se da en la esfera política: se habla de la superioridad moral de la familia sobre otros ámbitos de la vida pública, y sin embargo no se realizan efectivamente medidas que concilien lo laboral y lo doméstico. Meruane apunta a varios factores que puedan explicar este hecho, y entre uno de ellos se considera que en muchos países el rol de gestión de la maternidad se ha relegado del Estado a la esfera privada, que realiza decisiones enfocadas más bien en evitar el cese de la producción que en el bienestar de las trabajadoras.

Otro punto interesante del libro tiene relación con la idea de que la relación con los hijos se ha convertido en una especie de jerarquía: “no se trata ya de casos aislados de hijos agresivos sino de un fenómeno preocupante para el que la psicología ha encontrado la categoría del hijo-tirano y el síndrome-del-emperador” (185). Si antes los padres tenían la autoridad, ahora los roles se revierten, y ante la menor señal de provocación de los padres para negarse a cumplir una demanda específica, los hijos tienen suficiente poder para hacer valer su palabra; son “el instrumento que la sociedad ha creado para censurar como nunca nuestra libertad. Ya no somos los adultos que fuimos, sino los diligentes servidores de estos pequeños seres premunidos de derechos bajo la tutela del Estado y sus instituciones” (189).  Leo estas líneas y recuerdo haber leído una entrevista realizada a un psicoanalista argentino donde mencionaba algo parecido, pero se me olvidó su nombre. Pruebo en Google algunas combinaciones de palabras y doy con el resultado: Luciano Lutereau. La entrevista data de hace un par de años y el titular dice “Ahora son los adultos los que les temen a los niños”. Cito: “Hoy en día la autoridad no se sostiene en la suposición infantil de que los adultos saben algo que ellos (los niños) no. En efecto, los niños saben desde muy temprano que los adultos no saben3.” Meruane no propone una respuesta ante este problema, pero tiene claro que contra ese desplazamiento se dirige su diatriba, contra el producto de una sociedad que protege y ensalza la crianza sólo en el discurso, jamás en la práctica.

  1. Me permito añadir: en la página oficial de Facebook de la marca se encuentran las fotos de la campaña, con un añadido que indica la procedencia o etnia de cada mujer: Chile, India, Nigeria, e incluso una mujer Amish, con vestido a la antigua usanza y todo. Tampoco ninguna de ellas tiene a un hijo en sus brazos, o a una pareja visible, lo que daría por lo menos justificación al uso de la frase. Se da por entendido que el rol de la publicidad es proyectar una imagen excesivamente idealizada de la sensación que te provoca el producto, pero no deja de ser llamativa la extraña conjunción de imagen y texto.
  2. Cito de una entrevista realizada en El Desconcierto: “fui a investigar en la literatura y la historia y la metáfora que más me ayudo para articular este tema es la del “ángel de la casa”, figura que toma Virginia Woolf. Lo que ella dice es que, cada vez que se sienta a escribir, el ángel de la casa le pregunta por qué no está cocinando para el marido, por qué no está ordenando la casa, por qué no está sonriendo. Esto la paraliza en su proceso de escritura, la distrae y la llena de remordimiento, por lo tanto, ella tuvo que matar a ese ángel”. http://www.eldesconcierto.cl/2016/11/22/lina-meruane-escritora-esta-todo-el-sistema-confabulado-en-contra-de-las-mujeres/
  3. https://losandes.com.ar/article/luciano-lutereau-ahora-son-los-adultos-los-que-temen-a-los-ninos