El “Do Re Mi” para acercar a los pequeños a la música

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Iniciaron en noviembre del 2019, con el objetivo de llevar la música a los jardines infantiles, aquellos que, con suerte, reciben una función artística por año. El privilegio de poder consumir arte en los inicios de la existencia también es un reflejo del Chile actual, aquel que explotó y que por todos lados muestra sus grietas y carencias.

Por María Roman y José Montecino

 

Seis personas. Distintos instrumentos. Una escenografía sencilla: solo un telón negro. Para los Alamines no es necesario contar con un cuantioso fondo. Para no solo entretener, sino también para educar a los niños y niñas de los jardines infantiles que visitan, solo requieren de algo: mucha música y dinámicas. 

Esto es lo que quiere lograr el proyecto “Do Re Mi”, acercar la música a quienes están en la primera infancia y así disminuir las brechas que existen en el acceso a la cultura y presentaciones artísticas. Este proyecto fue concebido por la periodista Gabriela González, para luego colaborar  con su pareja, el músico Felipe Sandoval.

Comenzaron en noviembre del año pasado, y actualmente llevan siete de diez presentaciones que se propusieron al inicio, en jardines públicos de la Región Metropolitana. La última función antes de un merecido break fue el 20 de enero, en el establecimiento Cardenal Silva Henríquez, ubicado en Santiago Centro.

La historia que narran es sencilla, orientada para niños de entre tres a cinco años. No buscan dejar una moraleja, solo mostrar cómo a un niño, quien no puede salir a jugar producto de la lluvia, para su mala suerte, también se le corta la luz. Con ello, nace la premisa narrativa con la que construyen las dinámicas a través de la función.

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Casi dos meses y varias protestas sociales después, quienes gestaron este proyecto conversan con La Marraqueta. La cita se da en el céntrico café del GAM. El calor está en su máxima expresión. Mientras Gabriela espera sentada, Sandoval se retrasa un poco. Se unirá a la conversación en breve.

Mientras, Gabriela nos cuenta que de chica sintió el llamado de las artes. En cada acto de su colegio en La Florida, ella estaba presente, y se define como la típica alumna “pintamono”. Hija de una familia de profesores, quiso seguir por el mundo de las tablas. Pero no logró entrar a Teatro. Su otra opción fue el mundo del periodismo, en la Universidad de Chile.

  • En el periodismo encontré lo que quería hacer. Luego caché que en Teatro había cosas no podría haber hecho. En el periodismo encontré una forma de acercarme.

Cuando salió se ligó más al círculo cultural. Todos sus trabajos se ligaron a este mundo. Fue parte fundadora de Cinechile.cl, estuvo a cargo de las comunicaciones en la facultad de Artes de su alma máter. Posteriormente tomó un diplomado donde enseñaban la mediación cultural. 

  • Cuando empiezas a estudiar por qué las personas acceden o no a ciertas cosas, te das cuenta de que la participación cultural es también desigual, como todo lo que pasa en Chile. Los que tienen más recursos o capital cultural, tienen una educación donde el arte y la cultura son herramientas permanentes. En la educación pública no. La gente que viene de cierto estrato económico accede a más cosas durante toda su formación. Ya sea un instrumento musical, a clases, a espectáculos. La gente que cerca del circuito cultural accede a ella. Los que no, no (pueden). Pensando todo en eso, yo me sentí demasiado privilegiada. Pensé que es injusto, y que me gustaría trabajar para revertir eso. Este proyecto surgió un poco así.

Se abre la puerta del café. 

  • Él es Felipe.

Felipe Sandoval entra. 

Lleva una maleta con colores psicodélicos, como si fuera estampado de una polera de los setenta. Dentro, lleva discos de su proyecto paralelo, Alameda Memoria, En sus hombros carga el estuche de su guitarra.

Dato curioso: La mayoría de Alameda Memoria son parte de Alamines. De ahí nace su nombre.

  • Gabriela: Él decía: “Todos los esfuerzos están enfocados en la infancia. La política cultural va para allá y hay que ir». Entonces pensamos qué hacer. Dijimos «ya, hagamos una obra musical, pero que sea más una experiencia. Que los chiquillos, niños y niñas, puedan participar, que pueda ser especial. Ahí dijimos que se debía llevar esto a los jardines porque, luego de estudiar un poco el consumo cultural, uno se da cuenta uno que el entorno más cercano es súper determinista. Si a tu papá le gusta el fútbol, vas a criarte con ese entorno y todo lo que conlleva. Y si no le gusta nada artístico, tienes súper poca probabilidad. Entonces decidimos ir para allá. (…) Postulamos al fondo de la música. Había que armar una banda dispuesta a ir. Felipe tenía Alameda Memoria, y ya habíamos trabajado con algunos, entonces los invitamos a participar. Y el ensamble de instrumentos es súper raro: tenemos un vibráfono, cajón peruano, guitarra, flauta traversa, violín y violonchelo.

¿Ha costado mezclar los instrumentos?

  • Felipe: Se da con facilidad, porque teníamos experiencia con la mayoría de los músicos del proyecto trabajando juntos. Y casi todos en el grupo de Alameda Memoria estudiamos Música, entonces sabemos qué tipo de instrumento impacta con cuál, de qué manera, en qué registro del instrumento funciona mejor.

 

 

¿Cómo ensamblan la música con la dinámica?

  • G: Es una experiencia. No tiene fines didácticos. No buscamos enseñarles cosas (…) Se articulan las canciones con el relato y cada canción tiene una instancia de participación. Se empieza con ellos sentados en el patio, y la banda entra, haciendo ruido para llamar su atención. Luego empieza la historia y se desarrollan diversas dinámicas, que les permiten vivir ciertas características de la música, como una parte donde hacen melodías cantando. Luego se les pide que lo hagan más fuerte, después más bajo, más rápido, etcétera. Posteriormente se les da cajitas colorida de fósforo con arroz, y deben seguir el pulso de la música. Un pulso fácil. Así se va estructurando, hasta que el final, en la historia, deja de llover, vuelve la luz. Pero ya no importa ir a la plaza, porque estamos súper entretenidos. Se armó pensando en qué pueden hacer. 

¿Cómo fue la primera función?

  • G: Fue súper sorprendente. Ninguno de los dos había trabajado con niños. No tenemos hijos ni sobrinos tan chicos, entonces era un riesgo. Lo habíamos probado en un jardín Montesori, pero ellos están estimulados. La prueba de fuego fue en un jardín en Macúl, en el Pequearte.  A mí, por lo menos, me llamó mucho la atención que los niños estuvieran un rato muy atentos, sin hacer nada. Mirando los instrumentos, los músicos, el sonido, los vestuarios. Estuvieron así y pensamos que no funcionaba. Pero no. Cuando les dieron la posibilidad de participar, lo hicieron altiro. En esa misma función, había una niña que al final nos dijo «chao, fue muy divertido cantar con ustedes». 

Me imagino que la experiencia es súper gratificante…

  • F: Es súper gratificante. Por una parte, el público infantil es uno súper sincero. Entonces si no les encantas al inicio de la obra, tu obra no funciona. Pero acá es gratificante. No solo por el trabajo de nosotros, sino que también hubo educadoras de párvulo que nos orientaron en esto, para ver cómo podemos reducir a la unidad mínima lo que queríamos transmitir. Al principio las ideas a nivel narrativo no iban a funcionar con niños. Habían palabras muy complicadas. Se debía restar información. Y cuando nos dimos cuenta que esas decisiones fueron correctas.

Sin embargo, Gabriela aclara que con esto no buscan formar una banda. Todo se construyó en función del proyecto. “No somos como «Cantando aprendo hablar», aclara.

Aun así, sin querer, su trabajo tuvo un efecto rebote.

  • G: Nos han contado que, en base a la obra, los jardines han podido sacarle el valor pedagógico. Eso nos llamó la atención. No es algo que busquemos. Ni siquiera tenemos el conocimiento para eso. Lo nuestro siempre va desde la experiencia, llevar una obra a jardines de, por ejemplo, La Pincoya. Una (educadora) dijo que la dinámica de percusiones se podía replicar en la sala. En otro le pidieron hacer un dibujo. Entonces lo que hacen para aprovechar la experiencia, nos ha sorprendido mucho. Y no era el objetivo inicial, nosotros queríamos que lo pasaran bien.

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La experiencia les ha servido para corroborar algo que creían.

“Hay desigualdad entre jardines públicos y privados. Es mayor a lo que uno pensaba”, enfatiza la periodista y directora del proyecto Do Re Mi.

Según cuenta Gabriela, hay niños que nunca han visto un violín. Menos escuchar uno. Las educadoras solo han podido mostrarles uno por imágenes.

“Es brutal ver eso, más en estos tiempos”, sentencia.

  • F: Sentimos, y buscamos corroborar, que el acceso a las manifestaciones artísticas no está necesariamente mediado por la capacidad de consumo, sino por la clase social. Eso sí está correlacionado con la capital cultural. Pasa también hay algunas de las presentaciones artísticas, aunque sean de corte comercial como Lollapalooza, sus entradas son carísimas. Las entradas a Chayanne, Luis Fonsi, son entradas costosas y se agotan. Estamos buscando dónde se producen esas variables en la infancia, donde se producen esos quiebres y distancia con las manifestaciones artísticas.

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Para poder realizar el proyecto, debieron postular al Fondo a la Música el cual ganaron. Esta alternativa, sin embargo, recién podrá ser considerada a mediados de este año, y recién el 2021 volver a hacer funciones si llegasen a ganar el dinero. 

En esta oportunidad, el grupo postuló acordando realizar 10 funciones en los jardines, que es lo que se ajustaba a la realidad del fondo.

  • F: El fondo a la música es una alternativa que queda poco a poco obsoleta, por la poca plata que entrega para administrar proyectos de este tipo. Finalmente nosotros podemos desarrollar el proyecto con ese monto, pero a costa de también hacer una inversión personal, que es muy grande. Debido a esto, por las horas de trabajo uno no recibe la remuneración que debiese recibir cualquier persona que trabaja en algo. Los equipos de sonidos lo terminamos aportando nosotros, de otra forma no se podía hacer el proyecto. Al final te pegaste un balazo en los pies. Igual te encalillaste o te entusiasmaste tanto en el momento que estás haciendo el proyecto, que tomaste ciertas decisiones para que hiciera mejor a lo que formulaste originalmente, y todo eso cuesta plata a la que no puedes acceder posteriormente. Es obvio que sea así, pero igual los fondos musicales distribuyen poco dinero.

¿Los desmotiva a seguir el tema de los proyectos y el poco apoyo, o mejor obviarlo y seguir?

G: Me inquieta mucho y con tristeza que llevemos siete conciertos y quedan tres. Cuando escogimos los jardines tuvimos que meternos a algunos grupos de educadoras y nos llegaron, al menos, cuarenta solicitudes. Y solo podíamos dar 10. Incluso llegaron solicitudes de jardines particulares. Y un particular de Puente Alto no es lo mismo que uno de Santiago Centro. Me angustia mucho que esto se acabe.  Además, el fondo se postula año a año, entonces nosotros no tenemos ninguna chance, a través de esos fondos, de seguir antes del 2021, y es mucho rato. Estamos viendo qué hacer, si hay otras vías de financiamiento. Cuando llegue junio voy a postular igual. Pero no se puede sostener un trabajo prolongado en el tiempo si solo puedes postular una vez al año. Y son solo $7 millones lo que te dan. Porque me parece que podría ser muy significativo lo que estamos haciendo en un niño. E imagino lo que sería que estos jardines recibieran, en vez de una obra al año, cuatro (…) Eso sería muy significativo. Pero los fondos no te permiten eso, solo permiten circular una obra, crear una obra o grabar una obra. O estudiar un posgrado. Pero es lo que hay. 

F: Es una plataforma (los fondos culturales) que no satisface ni siquiera a las personas más favorecidas. Si bien es un factor desmotivante tener que hacer la postulación, porque significa trabajar en los meses de junio-julio no remuneradamente para hacer una postulación que tiene que ser excelente dentro de un estándar para tener una posibilidad, cuando uno persigue un objetivo político como este proyecto, de tratar de eliminar la brecha de clases al momento de acceder a manifestaciones artísticas y culturales, yo creo que esa convicción te motiva a seguir. Es terrible hacer esto, pero es lo que hay en este momento. Sabemos que el Estado subsidiario en este ámbito está echando agua por todos lados. Nosotros somos súper nuevos, pero, por ejemplo, está Musicapopular.cl, que esta semana sacó una declaración que, siendo la única enciclopedia de música popular online, tienen que pedir una campaña de recaudación porque no se ganaron el dinero. En esos casos deben o cerrar o buscar otras instancias de financiamiento. Es un modelo de gestión cultural que debe ser abolido y reemplazarlo por uno más eficaz. También la política pública en cultura debe revisarse seriamente. En los fondos de cultura siempre aspiran a perfeccionarse desde una base idílica que es súper absurda a la larga. Te dan beneficios si tú tienes una propuesta inclusiva para personas con discapacidad, o te obligan a hacer una actividad de retribución en establecimientos públicos si te ganaste un fondo. ¿De qué sirve poner esos estándares, si nuestro proyecto va dirigido a establecimientos públicos? O las propuestas de acceso y discapacidad, para que eso sea implementado seriamente, hay que invertir más plata. Los fondos no pueden tener la misma plata que tenían antes, porque más encima si vas a tener un intérprete de señas, si vas a traducir lo que generas en braille, eso cuesta harta plata para que se hagan bien. Son gestos que si no son financiados, son meramente ornamentales. 

¿En el pasado funcionaban los proyectos?

G: He leído que cuando se empezó esto, en la década de los 90, para rearticular el gremio cultural post dictadura, funcionaba. Pero había menos gente haciendo, menos gente consumiendo, y menos espacio. Con el tiempo, la postulación se pone más compleja para hacerlo más eficiente. Sin embargo, ahora hay más gente creando y muchos espacios. Muchas personas aprendieron a postular. Para muchos creadores es la única forma de financiamiento que tienen. El fondo tomó decisiones para apoyar a más proyectos, entonces te pueden cortar la plata. Si necesitas $10 millones, te pueden dar el fondo, pero con $9 millones. Así que debes reorganizar todo en este nuevo escenario. Todo eso genera consecuencia. Yo creo que el Estado sí debe poner políticas variables de ciertos aspectos, como lo ecológico o personas discapacitadas, pero me pregunto si a todos los proyectos le sirve poner una variable de algún tipo. Siento que son normas que no abordan el problema, solo es una traba.

F: Ahora, a diferencia de los 90, hay más instituciones impartiendo carreras artísticas, vinculadas a la cultura, y más estudios de posgrado en gestión cultural. Está sobrepoblado el medio.

Se abrió la oferta…

F: Exacto. También en este afán de profesionalizar el sector, se han hecho capacitaciones gratuitas, y está bien, se debe hacer. Pero a más personas solicitando recursos, eso implica que la misma plata no da. Ahora hay más plata que antes, pero en los fondos de la música en específico, puedes pedir menos que antes, con eso buscan que más plata se reparta en más personas, pero en cantidades menores. Lo que antes era precarizante, ahora es peor. Eso pasa en la música. 

¿Les gustaría aumentar el número de presentaciones?

  • G: Sí, mi sueño es estar todo el año haciendo conciertos, en distintos jardines. No sé si eso se pueda cumplir. Necesitaríamos a un Farkas.

 

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