Máquinas tragamonedas: la vía de escape de las dueñas de casa

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Por Benjamín Cortés, Luna Grado y Wilson Ñanculef.

 

Cecilia Ortega (62) tiene todas las tardes libres. En las mañanas hace aseo en distintas oficinas de Huechuraba y llega a su casa a la hora de almuerzo. Después de comer y dormir una siesta, sale a buscar a su hermana, Marta Ortega (60), quien vive a dos casas de la suya, en la comuna de Conchalí.

Juntas caminan un par de cuadras hasta llegar a Pedro Fontova, calle donde hay cinco locales con máquinas tragamonedas. Cada una se sienta en una, prenden un cigarro y comienzan a jugar. “Lo que gastamos es relativo, depende de la cantidad de plata que tú tengas en las manos, pero como mínimo sus 20 lucas que llevamos, como mínimo”, comenta Cecilia.

Las hermanas ríen, conversan y juegan. El local comienza a llenarse de a poco, la mayoría son mujeres entre los 50 y 70 años, quienes se saludan y comentan sobre su día mientras comienzan a apostar. Todas se encargan de las cosas de la casa y aprovechan la tarde para salir a jugar.

En la región Metropolitana el 43% de los hogares está a cargo de una mujer. Además, según la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo, realizada por el Instituto Nacional de Estadísticas en el año 2015, en promedio las mujeres destinan diariamente tres horas más que los hombres al trabajo doméstico no remunerado, el que incluye las tareas del hogar y el cuidado de hijos y ancianos.

“Yo creo que todas estamos aburridas, como que ya la casa no es el centro de atracción, es como estar siempre ahí, yo veo poh, lavando, planchando, cocinar, aseo. Siempre lo mismo”, dice Marta.

Ellas no le cuentan a nadie sobre lo que ganan o pierden, no quieren que sus familias se preocupen y piensen que es un problema. La única vez que supieron en la casa de Cecilia fue porque ella se gastó 180 mil pesos en una tarde.

“En ese tiempo yo no trabajaba, entonces el Esteban (esposo de Cecilia) me daba la plata y bueno me fui a jugar y me la jugué toda. Las 180 lucas. No compré, no pagué cuentas, no pagué gas, no compré leche, no compré nada, y el Julio me echó al agua, el cabro maricón”.

Julio (27), el hijo de Cecilia Ortega, se dio cuenta de que las cuentas no estaban pagadas y que había poca mercadería en la casa. “Cuando el Julio me contó eso, recién ahí me di cuenta de que la Cecilia se había gastado la plata. Yo sabía que iba a las máquinas, pero no pensaba que apostaba tanto”, comenta Esteban Valenzuela (55).

Marta Ortega vivió una situación similar cuando perdió 120 mil pesos, pero como era plata de ella, nadie en su casa se dio cuenta. De miércoles a sábado hace aseo en una casa de Las Condes, donde le pagan por el día trabajado. “A mí me van pagando diario, entonces siempre voy teniendo plata, pero nunca dejo de pagar la luz, el agua, el gas. Voy siempre tratando de que no se note en qué nos gastamos la plata”

Las hermanas esconden los efectos del juego para que no las obliguen a dejar de apostar. Para ellas esta actividad es el único momento en el que no tienen que preocuparse de la casa o de su familia. “No tenemos cosas llamativas para hacer en la casa. Siempre es la misma rutina, hacer siempre lo mismo (…) entonces puede que las máquinas sean una forma de escapar de esa rutina”.

“En ese tiempo yo no trabajaba, entonces el Esteban me daba la plata y bueno me fui a jugar y me la jugué toda. Las 180 lucas. No compré, no pagué cuentas, no pagué gas, no compré leche, no compré nada, y el Julio me echó al agua, el cabro maricón

 

Apostar hasta la ruina

Marta y Cecilia tienen un sueño en común: ir una noche al casino. Solo han jugado en los locales cerca de su barrio y les llama la atención la idea de ir a un lugar donde apostar no sea mal visto. Si alguna vez se ganaran un premio, irían juntas al Monticello por toda una noche. “Antes de que yo me muera quiero ir a un casino. Yo creo que ahí se terminaría, casi como cerrar un ciclo con las máquinas”, dice Cecilia.

Para Rosa Cortés (66) ir a los grandes casinos también partió como un sueño. Apostaba en las máquinas del negocio frente a su casa, en la comuna de Independencia, cada vez que iba a comprar pan. “Me reía mucho de las mujeres que iban al almacén a comprar el pan y se gastaban la plata del pan en las máquinas, porque eso se veía harto. Y yo solo me reía porque pensaba “¿Cómo puede ser tanto?”. Yo nunca pensé que yo misma iba a caer en lo mismo, que me iba a agarrar tanto”, recuerda Rosa.

Nunca se casó y no tuvo hijos. Su vida se limitaba a su trabajo de auxiliar paramédico y a la casa, donde vivía con su hermano y su madre, a los que tenía que atender cuando volvía del hospital. La situación empeoró cuando a su madre le dio neumonía, enfermedad que se complicó debido a que tenía diabetes y otros problemas de salud. Tuvo que dedicarse por completo a los cuidados de ella y dejó su vida de lado. La única libertad que tenía eran las máquinas. “Siento que las máquinas fueron una especie de refugio para mí. Igual cuando empecé a ir yo no medía hasta donde podía llegar, tal vez eso me hizo peor, no sé”.

Su madre falleció el 2008 y Rosa de a poco dejó las máquinas por lo que sería su nuevo vicio: el casino. “Gasté la plata que no tenía. Si iba super seguido, me iba dos o tres días al casino. Como no tengo hijos, no tengo marido, no tenía a nadie después de la muerte de mi mamá, y las máquinas no eran suficiente. Eso era mi vida, los casinos”.

En Chile no se le presta mayor atención a la adicción a los juegos, aun cuando el número de jugadores riesgosos (8,5%) y de ludópatas (3,2%) en la población chilena supera a los adictos a la cocaína o pasta base (2,2%), y casi alcanza a los adictos a la marihuana (13,4%), según la Encuesta de Hábitos de Juego realizada por la Universidad de Santiago de Chile (USACH) en 2015 a petición de la Corporación de Juego Responsable. Según el informe, el 79,7% de los jugadores patológicos o ludópatas en Chile son mujeres, principalmente de sectores vulnerables.

El psicólogo Claudio Barrales, fundador de Psicólogos Ludopatía Chile, señala que la adicción al juego varía entre hombres y mujeres, ya que ellos ocupan el juego para relajarse del estrés del trabajo y ellas para salir de las responsabilidades familiares que se le imponen. “Las mujeres tienen muchos roles, tienen que encargarse de los niños, cuidar a todos los enfermos de la casa, a los padres que están ancianos, pagar las cuentas, poner plata cuando la pareja no la trae, solucionar un problema económico familiar. Tienen todas responsabilidades, no saben pedir ayuda y decir basta, entonces evaden sus problemas con el juego”.

Tras la muerte de su madre, Rosa fue diagnosticada con depresión. Esta enfermedad fue un factor de riesgo que la llevó a desarrollar una adicción al juego que le hizo perder todo. “Me quedé sin nada, sin nada. Me endeudé en avances en efectivo de tiendas, en bancos, en todos los lugares pedí préstamos”.

“Me reía mucho de las mujeres que iban al almacén a comprar el pan y se gastaban la plata del pan en las máquinas, porque eso se veía harto. Y yo solo me reía porque pensaba “¿Cómo puede ser tanto?”. Yo nunca pensé que yo misma iba a caer en lo mismo, que me iba a agarrar tanto”

Rosa tenía una casa en Puente Alto, en la que nunca vivió, pero que arrendaba para generar ganancias. Al verse hundida en deudas decidió venderla. “En vez de usar esa plata para pagar las deudas, me jugué la plata en las máquinas igual. O sea, me compré un taxi, que lo arrendaba, pero no me daba tanta plata, porque yo le pedía al chofer que me llevara a los distintos casinos, a Viña, a Los Andes, acá a San Francisco de Mostazal. Entonces se me fue toda la plata, la de la casa y el auto, que me lo terminaron quitando”, recuerda Rosa.

El hermano de Rosa, Luis (68), fue quien le ayudó a pagar todas las deudas. Decidió hacerse cargo de la situación cuando recibió una orden de embargo a su casa. “Yo ahí recién le tomé el peso a la situación de mi hermana. Yo no podía creer que había perdido toda su plata en las máquinas”.

Actualmente Rosa solo vive con la pensión de su jubilación y lleva un año sin apostar. No ha sido fácil el proceso, los deseos de volver a jugar son recurrentes. “Pucha me siento más sola que antes, entonces igual me dan hartas ganas de ir a las máquinas de nuevo porque ahí yo conversaba con gente distinta, me distraía, no sé. Ahora solo paso durmiendo”.

 

Amigas en el juego

El psicólogo Claudio Barrales señala que la adicción al juego se desarrolla por tres tipos de factores. Primero, uno genético relacionado con la impulsividad, que es la principal característica de un ludópata. Segundo, las personas adictas al juego viven el principio del placer, donde siempre necesitan sentirse contentos y activos. Por último, hay otros factores como depresión, ansiedad, problemas familiares, un entorno hostil, la naturalización del juego y la soledad, los que agravan la adicción o la desencadenan.

Germán (37) dirige el grupo de Jugadores Anónimos en Santiago. En una pequeña y escondida sala dentro de la Parroquia San Crescente en Providencia, se reúnen las personas que estén interesadas en dejar el juego y ven en esta terapia en conjunto una solución. “Muchas de las mujeres vienen porque no tienen con quien conversar, las familias están pendientes de sus vidas y no se preocupan de si la mamá, esposa o abuela pasa mucho tiempo jugando. Si las dejan solas, y tienen máquinas cerca, se les hará aún más difícil dejar la adicción”

Mónica Mena (64) vive solo con su esposo en San Ramón. Cuando termina de hacer las cosas de la casa, sale a comprar el pan y aprovecha de jugar algunas monedas, fumar un cigarro y conversar con las señoras que están en lo mismo. “Yo siempre me pongo al último. Siempre estoy yo preocupada de la casa y de todos los demás. Entonces espero ese momento del día para ir a jugar y lo disfruto un ratito. Nada más que eso” cuenta Mónica. Para ella, al jugar en las máquinas es el momento del día donde no tiene que preocuparse del resto, y si bien reconoce que es un vicio, no le gustaría dejarlo.

Como juega de forma recurrente, se ha hecho un grupo de amigas con las que conversa y se distrae. “Algunas tienen puestos en la feria, yo cuento que hago costuras. Nos conocemos, empezamos a conversar, miramos qué máquinas están jugando y ves si le están dando juegos gratis. Y a veces cuando no tengo para jugar, voy a mirar y con eso me entretengo igual”.

Una de esas amigas es Marina Pacheco (63), que también va casi todos los días a las máquinas. Para ella, el juego también es su forma de escapar de la soledad en su casa. “Yo vivo sola, paso sola, trabajo en la mañana y después tengo toda la tarde libre ¿Qué más voy a hacer? Jugar poh”. Marina es viuda, no vive con sus hijos, y ha encontrado en su grupo de amigas de las máquinas compañía y entretención

Según el informe de los hábitos de juego, el 79,7% de los jugadores patológicos o ludópatas en Chile son mujeres, principalmente de sectores económicamente vulnerables.

Las hermanas Marta y Cecilia Ortega también tienen tres amigas con las que van a jugar. Se ríen mientras cuentan que una vez les dijeron que eran las jugadoras legendarias de Conchalí. Incluso, Cecilia cuenta que el dueño de su local favorito, al que llaman “El sinvergüenza”, les presta plata. “Este gallo también nos engancha porque nos presta plata y esto es bien recurrente, pero solo lo hace con las que vamos a jugar siempre. Que son la Luz, la Martuca, la Gladys, yo, la Marcela cuando iba y la Paty”.

Al ser el lugar para escapar de la soledad y la rutina, estas mujeres aprovechan de estar la mayor cantidad de tiempo posible en las máquinas. Después de horas, no se dan cuenta cómo la tarde avanza y continúan hasta perderlo todo. “Llegamos y nos ponemos a jugar, horas y horas, jugamos, yo saco el celular, miro la hora y ahí nos damos cuenta, las cinco y media, un cuarto para las seis. Ya nos vamos a ir, pero espérate un poquito, y ahí se sigue pasando la hora”, comenta entre risas Marta.

 

Las máquinas populares

En el informe realizado por la USACH queda en evidencia que casi la mitad (49,3%) de las personas con ludopatía pertenecen a la población más vulnerable del país. Además, el 62,4% de los jugadores de riesgo, problemáticos o patológicos prefiere las apuestas en máquinas tragamonedas ilegales. Las calles llenas de máquinas son el ambiente propicio para que se desarrolle la adicción al juego.

Las comunas de la Región Metropolitana con más máquinas, según el catastro encargado por la Superintendencia de Casinos y Juegos a la facultad de arquitectura de la Pontificia Universidad Católica el 2016, son comunas con altos índices de pobreza, como Estación Central, La Cisterna, El Bosque, Cerro Navia e Independencia. Así se sigue fomentando la adicción, ya que el estudio de la USACH concluye que la probabilidad de que un jugador de riesgo, problemático o patológico apueste en las máquinas tragamonedas es 286% más que una persona de bajo riesgo.

Estas comunas, según el censo del 2017, tienen una alta cantidad de jefas de hogar y superan el promedio de la región Metropolitana. Con tantas mujeres dedicadas mayoritariamente a las tareas del hogar, estas comunas se transforman en el territorio ideal para la instalación de máquinas tragamonedas. “Siempre hay hartas mujeres jugando, son todas como de mi edad. Hay unas que le ponen mucha plata a las máquinas, hasta 50 lucas de una” comenta Mónica Mena.

Aun cuando las cifras indican que esta problemática crece y supera a otro tipo de adicciones y enfermedades, no existen políticas públicas para regular la instalación de máquinas tragamonedas, prevenir la adicción o para tratarla cuando ya ha llegado a niveles graves.

Principalmente son las mujeres de sectores vulnerables quienes están sometidas a una rutina que las limita a desarrollar su vida en torno a las tareas del hogar y el cuidado de los otros, situación que logra que las máquinas se transformen en una vía de escape de esa realidad. De ahí que sea tan difícil dejar de ir a jugar todos los días, ya que perderían el único momento en el que, al menos por un par de horas, tienen un tiempo solo para ellas.

“Si yo dejara de ir a las máquinas me afectaría harto, porque es como una necesidad esa de estar apretando un botón y que te salgan unos monos. Si es la misma porquería todos los días, yo me doy cuenta, pero yo voy igual, porque ahí puedo estar tranquila”. Comenta Mónica mientras junta las monedas para comprar el pan. Enciende un cigarro y camina hacia el negocio que la acompañará el resto de la tarde.

 

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