Una reflexión crítica sobre el anarquismo en Santiago de Chile

Anarchy, Alain Guiguet
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Por Felipe Chavarria

El anarquismo es un movimiento amplio con un sinfín de interpretaciones que tienen en común los siguientes preceptos. Las y los anarquistas creemos en la libre asociación, entendida como la construcción de acuerdos libres sin intervención de jefes ni líderes. Creemos en la construcción de una sociedad horizontal en la que las personas sean equivalentes entre sí. Proponemos la tolerancia hacia los demás, ya que creemos que cada quien puede vivir como quiera mientras no sea explotando o subyugando a otros y otras. Nos organizamos mediante la autogestión, entendida como una forma de organización en que las personas organizadas somos quienes debemos buscar soluciones a necesidades tales como la vivienda, la salud y la educación.

A pesar de estos preceptos, el movimiento anarquista no ha querido ser una alternativa real a los diferentes conflictos sociales, cuestión que he podido observar a lo largo de los 17 años que llevo participando de este movimiento en diversos grupos en Santiago. Esta deficiencia se puede observar en diferentes elementos que comparto y analizo a continuación.

Un primer elemento que da cuenta de que el movimiento anarquista no ha querido ser una real alternativa a los distintos conflictos sociales es el hecho mismo de que hablar de “movimiento” es poco real. Cada vez que se han intentado coordinar los distintos colectivos y grupos estos han sido boicoteados internamente, ya sea por grupos o por individualidades. Por ello, las y los anarquistas nos hemos mantenido dispersos y poco organizados. La falta de organización y coordinación entre grupos e individuos ha impedido un trabajo de largo aliento que nos permita articular un accionar coherente con nuestro discurso. Esto genera que seamos reactivos frente a los conflictos sociales y que estemos permanentemente improvisando soluciones que no tienen base en la construcción de un trabajo sólido, si no a lo sumo en discusiones internas que se producen en los distintos grupos. Además, muchas veces la falta de trabajo real termina por convertir a los pocos grupos en espacios de discusión casi puramente intelectual.

Un segundo elemento es el atomismo que se ha producido en el movimiento en los últimos 10 años. Este atomismo nos ha llevado a un punto tal que incluso formar grupos pequeños de 5 o 10 personas implica un esfuerzo titánico, debido a la incapacidad de aceptar la diferencia de pensamiento entre las y los individuos —a pesar de que el anarquismo aboga por una tolerancia casi absoluta por la diferencia desde su esencia ideológica. Dicha incapacidad de negociación interna tiende llevar a los pocos grupos a la atomización,  reduciendo sus ya pocas capacidades. La atomización ha llegado a un punto que bordea el ridículo. Un ejemplo de ello es que llamemos “editorial” a lo que en la realidad es un/a compañero/a sacando un libro. Que no se malentienda el ejemplo: hay que ser justos/as en reconocer que el trabajo individual de estos/as compañeros/as ha permitido llenar un vacío respecto a material de lectura disponible. Hace unos 10 o 12 años, los libros, que muchas veces eran fotocopias, eran pocos y pasaban de mano en mano hasta que el desgaste los hacía casi ilegibles. Debe entenderse que dicho ejemplo lo he usado únicamente para evidenciar la atomización de la que hablo.

Otro elementos es la falta de trabajo real, que muchas veces termina por desmovilizar a compañeros y compañeras. Estas personas terminan optando por llevar una vida “normal” a causa de la falta de resultados. Si pensamos que el inicio de la militancia se da aproximadamente a los 14 o 15 años, al llegar a los 30 has dedicado la mitad de tu vida a un “movimiento” que da poco o ningún fruto. Esto definitivamente desmotiva a la mayoría. De hecho, son considerablemente menos los/as compañeros/as que superan los 30 años de edad que los que rondan los 20 y que tienen algún grado de participación más o menos activa. Esta desmovilización también va en desmedro del “movimiento”, ya que no permite el traspaso de experiencias. Hoy en día las y los compañeros de 18 o 20 años saben más de la España del ‘36 que de lo que ha sido el anarquismo en Chile los últimos 30 años, sus errores, aciertos, represión, etc.

Un cuarto elemento es la falta de recursos. Esta es evidente y se acentúa debido a lo juvenil del “movimiento”. Si consideramos que la mayoría de la militancia está entre los 16 y los 24 años, son pocos los recursos que pueden aportar, y si consideramos que recién a los 30 años, como promedio, se alcanza un grado de estabilidad económica, el panorama se complica aún más, puesto que, como decía anteriormente, a esa edad la mayoría de los compañeros y compañeras se han retirado de lo que podríamos llamar una participación activa. Esto lo evidencia la casi inexistencia de locales anarquistas, quinto elemento que deriva en la incapacidad del movimiento anarquista de ser una alternativa real para enfrentar los conflictos sociales.

La casi inexistencia de espacios ha impedido el repliegue de los grupos cuando existe una oleada de represión o cuando las organizaciones se ven disminuidas por otros motivos. Entonces, la falta de espacios ha impedido que los grupo puedan realizar trabajos de largo aliento. La mayoría utiliza espacios prestados u okupados. Con los primeros se corre el riesgo que al dueño, ya sea una persona o un grupo, no lo guste lo que se está haciendo con el espacio y con el segundo el riesgo de desalojo es permanente.

Si bien no existen recetas mágicas para solucionar los problemas del “movimiento”, creo poder afirmar que lo primero que necesitamos es la voluntad de quienes nos sentimos parte de este. Desde las y los jóvenes de 14 o 15 años a las y los de 30 y 40, aquí nadie sobra. Compañeras y compañeros, cada quien tiene su grano que aportar: tiempo, trabajo, experiencias o recursos. Si de verdad creemos que el anarquismo puede dar una respuesta a los distintos conflictos sociales que vivimos tenemos que ser capaces de sortear los obstáculos, romper con el atomismo y construir acuerdos para construir un camino conjunto y amplio que nos permita fortalecer los trabajos existentes y crear nuevos.