EL PROBLEMA DEL ESTADO: EL ESTADO MERCANCÍA

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por Marcelo D. Cornejo Vilches

Profesor de Historia de enseñanza media. Autor del libro «Acumulación de Capital en Chile: crisis y desarrollo, últimos 40 años».

 

 

Este artículo está dedicado a Esteban Bustos, uno más de los casi tres mil prisioneros políticos que pagan con cárcel el alzamiento proletario en las cárceles de la burguesía.

 

El Estado tiene una base material, ese es el crudo pecado que las teorías políticas liberales pretenden esconder bajo el concepto de “nación”. Al mismo tiempo, como parte de su contradicción, asumen que el territorio es la dimensión donde se objetiviza y concreta el poder. Sin embargo, tras la crítica a la economía política de Marx, que los liberales prefirieron obviar para enclaustrarse en la ideología librecambista y mercantilista, el proceso de valorización del capital quedó develado como la sustancia histórica y material del Estado, suplementaria del territorio en que se efectiviza el poder. De paso, cayó en la amnesia total el origen de la comprensión del Estado, la economía política.  

El capitalismo se caracteriza por el incremento y apalancamiento de instrumentos de deuda tanto públicos como privados. Gran parte de la deuda privada es asegurada y solventada por el Estado, pero ¿de qué depende la capacidad de endeudamiento de los estados? El acceso a los mercados de capitales, así como el mercado monetario, el mercado de tipos de cambios, el mercado de tasas de interés, el de materias primas y el de productos derivados está condicionado por los indicadores de riesgo financiero. Una serie de entramados jurídicos, leyes, tratados, contratos, instituciones transnacionales, acuerdos, sirven para elaborar la tolerancia de los procesos de valorización locales a la inyección y circulación de la deuda.  La clase social a la que sirve el Estado maneja el circuito de reproducción y ampliación del capital integrando al Estado en el proceso de valorización mismo del capital en una escala local y mundial. 

Si seguimos el esquema D-M-D        D`-M`- D`, descubrimos que este papel no es exclusivo de Chile, sino de todos los Estados burgueses del mundo, por tanto es una de las características del mercado mundial de capitales el hecho que el Estado participe a través de los impuestos, la deuda pública, la renta absoluta, el resguardo jurídico de la propiedad privada, la intervención en los circuitos y circulación de capital dinero por medio de Bancos Centrales ligados a entidades internacionales. A la vez que los bancos garantizan la existencia de un mercado mundial de valores cada vez más integrado, al mismo tiempo llevan en su seno las aspiraciones e intereses contradictorios de los distintos bloques regionales de Estados burgueses, sectores y ramas de producción enfrentados a la desigualdad entre distintos niveles de productividad y condiciones en que opera la ley del valor: bloques regionales de Estados burgueses que garantizan la participación de las burguesías locales luchando por acoplarse de la manera menos desventajosa en la obtención de distintas fracciones de plusvalía para sus capitales de aquel fondo mundial común de ella misma presente en el mercado mundial.

Esta misma actuación, de entidades internacionales que aglutinan a varios bloques de Estados coordinados para garantizar la participación de la burguesía en el reparto mundial de capital en su forma de renta, plusvalía y dinero, lleva en su vientre la unidad de la contradicción entre la integración mundial de la burguesía y simultáneamente las tensiones geopolíticas entre los diversos bloques regionales. Por cierto, no se debe perder de vista que los impuestos, la moneda, y la deuda son parte de la plusvalía, es decir es tiempo de trabajo socialmente necesario extraído de la explotación capitalista y distribuido como plusvalía por el Estado. 

En la sociedad capitalista son las relaciones sociales materiales de explotación y dominación las que explican un tipo determinado de Estado, ¿cómo construir hegemonía sin poder político real, sin cambiar radicalmente las relaciones sociales? ¿Qué sentido tiene discutir o deliberar sin la posibilidad de aplicar, concretar y materializar la acción y el discurso? ¿Se puede disputar la hegemonía burguesa sin la acción política real y concreta de los explotados? ¿Cómo se hace para que las clases hegemónicas pierdan su preeminencia y obedezcan o se sometan a la voluntad popular? No es posible hablar de hegemonía (en el sentido de Gramsci) sin hablar al mismo tiempo de lucha de clases. Plantearse la creación de una nueva constitución sin pretender tomar el control y dominio de los procesos de valorización del capital, sin desafiar la propiedad privada de los grandes medios de producción, es simplemente iluso y casi criminal. En efecto, el ciudadanismo (estilo Boric, Frente Amplio, Revolución Democrática) promueve una política de fachada, de apariencia, de participar sin decidir, de discutir sin convertir la voluntad en acción, en proceso y contenido político real. El llamado Acuerdo por la Paz y Nueva Constitución que promueve la impostura de una Convención Constituyente en lugar de una Asamblea Constituyente (donde la primera carece del poder soberano que tiene la segunda) es el tipo de práctica política formal desprovista de potencial histórico real. Es sólo la palabra desarmada e inerme frente a sus verdugos pues no se aborda el problema de quién ejerce el poder efectivo. Por ejemplo, asumamos que es posible crear una constitución que responda a las demandas enarboladas por la Mesa de Unidad Social, ¿a quién vamos a recurrir para que se haga carne la constitución: a los carabineros, a las fuerzas armadas, a la OEA, a Estados Unidos? La  incapacidad de lograr una síntesis entre teoría y práctica deriva en otra peor, la inhabilidad que separa hegemonía y lucha de clases y la separación entre la capacidad de reunirse a deliberar y la forma en que debe ser impuesta las decisiones de dichas deliberaciones. En definitiva, separar lo social de lo político y lo político del poder.  

Actualmente la discusión sólo considera la disputa entre el firmamento mercantil versus el universo del Estado Social de Derecho. La frustración del ciudadano mercantil genera la aparición de los “mesías”, ese individuo arropado de sombra fascista que asegura violentamente las bases del capitalismo revitalizando el orden de las jerarquías sociales mediante la defensa de la propiedad privada. Este tipo de individuos legitima a una autoridad que adquiere como función máxima asegurar y garantizar la propiedad privada sobre la que se teje la enajenación y alienación social. En términos marxistas, se trata de ajustar todos los mecanismos posibles que hagan efectiva la enajenación o separación de la masa de asalariados respecto de los productos. Marx expresó esta idea, en sus Manuscritos de 1844: «El objeto que el trabajo produce, su producto, se presenta como algo opuesto a él, como una fuerza independiente del productor«. Es en este contexto que formulo algunas tesis sobre el Estado que podrían ser de cierta utilidad para quienes disputan, batallan y guerrean contra el sistema económico, político y social que nos domina. 

En mis planteos realizados desde la Acumulación de Capital en Chile (tercera edición), se establece como tesis central la siguiente: el desarrollo del capitalismo ha descansado en la agudización de la contradicción entre proceso de trabajo y proceso de valorización. A mi juicio, son pocos los marxistas que han tomado el peso a Marx cuando en el capítulo uno de la mercancía (tomo I) señala tajante lo siguiente: «Nadie hasta ahora, había puesto de relieve críticamente este doble carácter del trabajo representado por la mercancía. Y como este punto es el eje en torno al cual gira la comprensión de la economía política, hemos de detenernos a examinarlo con cierto cuidado» 1. En lo esencial lo que sigue es como el valor de uso (proceso de trabajo) – contenido del valor-y el valor mismo (proceso de valorización del capital) se trenzan y se enfrentan-, y cómo la forma y el contenido de la mercancía no sólo entran en contradicción, sino que esta transmuta a «todo el proceso social de producción en su conjunto». 

La lectura dialéctica de El Capital permite comprender que rápidamente el capitalismo no sólo se construiría amén del mercado mundial de valores, sino que además desaparecerían los compartimentos estancos sobre los que se desenvolvía la ley del valor: sector primario(renta), sector secundario (industria) y sector servicios (finanzas). En adelante, los procesos de acumulación de capital (ley del valor) chocan frontalmente con los procesos de centralización del capital (monopolios-imperialismo). Pero no solo eso, sino que, además, los aspectos subjetivos (servicios, cultura, ideología, mentalidades, tecnologías de información, modas, fútbol, prostitución televisiva (farándula), etc.), pasarían a jugar un rol cada vez más relevante en el desenvolvimiento de esta tijera propia del desarrollo del capitalismo: aumenta la masa de ganancia y tiende a caer la tasa de ganancia. ¿Cómo se evita que la tijera se rompa? Es en el campo de la lucha de clases donde se define la cuestión. 

El aumento acelerado de los procesos de proletarización (que con inusual claridad admite un miembro de la élite política latinoamericana, Ernesto Samper) 2encuentra su correlato en la agudización de la contradicción entre los procesos de caída de la tasa de ganancia versus aumento de la masa de ganancia. En consecuencia, a mayor desarrollo de las fuerzas productivas, mayor desarrollo de la lucha de clases y viceversa. Esta lucha la podemos cuantificar en una doble perspectiva: por un lado, ¿cuánto esfuerzo material debe realizar la facción hegemónica de la burguesía para poder sostener la dominación sobre las demás clases sociales? Problema que va asociado con otro, a saber, ¿cuánto esfuerzo deben realizar las clases dominadas y explotadas para zafarse de dicho sistema de dominación? 3 El problema planteado implica asumir los siguientes presupuestos: a) el Estado y la dominación tienen una base material; b) la lucha de clases va en relación directa al desarrollo de las fuerzas productivas; c) La contradicción liberación/dominación de clases se resuelve en el proceso histórico de producción de lo “objetivo y material.   

Los procesos de valorización del capital no pueden ser entendidos sin el rol del Estado. Ya no existe un Estado como aparato separado del proceso de valorización del capital, sino que el proceso de valorización del capital es, a su vez, el propio Estado. Esta misma cuestión nos remite a la importancia estratégica de agudización de los componente subjetivos de la lucha de clases como elemento sustancial de empeoramiento del quiebre en el seno del proceso de producción en su conjunto. Este aspecto, a mi juicio ha sido comprendido muy bien por algunos cerebros y tanques pensantes de la burguesía. Por ejemplo, a nivel geopolítico, la toma de retaguardia del capital implica fracturas y quiebres en cuanto a la capacidad que usa cada burguesía local para sacar plusvalía del gran fondo mundial de valores pero, simultáneamente, la renta de la tierra pasa a ser el gran eje que le sirve al capital para usarlo como catapulta saltando encima de la clase proletaria mundial y por encima de algunas fracciones de la burguesía mundial y local. Reitero, si alguna vez se concebía al Estado como superestructura, brazo armado, etc., (siendo estas funciones hoy más relevantes que nunca), actualmente es el propio proceso social de producción el que se ha convertido en Estado al ensancharse como polímero – como la geometría fractal- proletarizando directamente a las masas que antiguamente servían en los «aparatos» de reproducción ideológica que actuaban como estructura separada del proceso. Ahí están los procesos de desaparición de las llamadas «clases medias» o «pequeño burguesía intelectual». Por consiguiente, la dominación ya no solo se realiza por «fuera», sino que desde el corazón mismo del proceso social de producción como campo en que se disputa la lucha de clases. 

Si es posible hablar de proceso de valorización del capital sólo lo es en tanto cuanto sea el mismo proletariado quien consienta y sustente al sistema de producción social capitalista en su conjunto. Tampoco podemos hablar de dominación por parte del Estado burgués sin reconocer que precisamente quienes sustentan dicha dominación y dicho Estado son los propios dominados, a saber, las clases explotadas y proletarizadas. El horno burgués no está fuera de nosotros, sino que somos precisamente nosotros mismos los que estamos dentro del horno y cautelamos que este funcione asándonos sin mayores sobresaltos. De aquí, entonces, la importancia de comprender que el objetivo último de la clase proletaria es tomar bajo su control, dominio y goce al sistema de producción social en su conjunto. Pero este salto implica en clave marxista leninista, tres cosas fundamentales: en primer término, la clase proletaria retoma el control y recupera para sí el proceso general de valorización. De otro  lado, la formación de conciencia política de clases -la conciencia en sí y para sí- y, por último, la destrucción y sometimiento del sistema estatal y de dominación burgués mediante la dictadura de clases proletaria. Por lo tanto, la clase proletaria no es inocente en la perpetuación del orden burgués. 

Aquí cabe hacerse cargo de un abanico de dimensiones plagada de oscuras argumentaciones y tautologías entreveradas en torno al carácter que tienen los trabajadores del Estado y de los llamados «sectores de servicios». En general, se plantea que estos no tendrían carácter productivo por lo que no serían propiamente trabajadores explotados. Por extensión, este conjunto explicativo sirve para la caracterización de los trabajadores del llamado sector servicios. Estos serían una especie de clase parasitaria propia de la decadencia y descomposición del capitalismo monopolista. La racionalidad de su existencia sería la tendencia al derroche del sistema. La expansión del consumo sin límites sería absorbido por esta «clase media» improductiva y ajena a cualquier forma de generación de valor. Por consiguiente, la causa final por la que la clase proletaria no puede realizar su proyecto histórico de liberación social -la revolución- sería esta clase, desde cuya cuna o, a cuyo seno, salen o pretenden llegar los ideólogos, los gendarmes, sociólogos, psicólogos, policías, periodistas, abogados, profesores, promotores de intangibles, guardias de seguridad, publicistas, y casi un sin fin de etcs. Pero, nuevamente, en esta argumentación aparecen los lugares comunes que han nublado el entendimiento de las leyes de desarrollo capitalista: 1) la confusión entre proceso de trabajo y proceso de valorización. 2) La creencia de que el sistema capitalista puede funcionar ajeno a la ley del valor.  3) La idea de que existiría un aparato productivo «tragado» por un creciente «sector servicio» cuya participación en la producción de valor sería nulo o marginal. 4) La proliferación de sectores y clases sociales que no producirían plusvalía pero que, sin embargo, serían mayormente responsable de su consumo o realización. 

Cabe recordar que, dado el doble carácter de la mercancía, puede entenderse el doble carácter del trabajo: como productor de valores de uso es proceso de trabajo, pero, como valorización del capital es creador de valores, es decir, de tiempos de trabajo sociales, génesis de la plusvalía. No es posible comprender las leyes del desarrollo del capitalismo sin la contradicción entre ambos procesos. En este sentido, el llamado “sector servicio” no tiene mayor significado que la mera función que cumple, dentro del proceso global de valorización del capital, vale decir, dentro del proceso social de producción. Este segundo aspecto es otra distinción fundamental del desarrollo del capitalismo a saber, el proceso social de producción aglutina en una sola gran matriz a todas las actividades económicas. 

Es menester recalcar que el despliegue de la ley del valor busca alcanzar la universalidad, en tal sentido, a medida que se van ensamblando los mercados, también se van ensamblando todas y cada una de las actividades socioeconómicas que en tiempos pretéritos aparecían separados y compartimentados en «sectores». Emerge, así, no sólo la estandarización de la producción, la distribución y el consumo en un nivel global, compartiendo patrones de distribución y consumo independiente del lugar de la tierra en que se encuentre la humanidad, sino que, además, cada acción ejercida dentro de este proceso social de producción global que se ensancha y profundiza es esencial dentro de la valorización mundial del capital. En este sentido, los servicios, la venta de intangibles, las finanzas, el comercio, pierden el traje de aparente pulcritud, de su aparente asepsia en relación a la ley del valor. En tanto proceso social de producción y valorización del capital, todas y cada una de las actividades, están manchadas con el lodo y hedor de la plusvalía y por tanto del capital. Todas y cada una de las actividades están afectos a la sucesión sin fin del despliegue de la ley del valor. En este sentido, los trabajadores asalariados del sector servicio, de los intangibles, del Estado, sí son parte de la serie local y mundial de producción de valor, del encadenamiento mundial de explotación y por extensión, sí son trabajadores explotados que cooperan en la producción, distribución y realización de la plusvalía. 

Por cierto, que en la medida que las fuerzas internas del sistema capitalista empalma a todas y cada una de las actividades socio económicas, alimentan no solo el proceso de acumulación de capital, sino que además el proceso de centralización del capital. Esta nueva contradicción entre acumulación y centralización de capitales no sólo explicará la proletarización masiva de la sociedad y la pérdida de «estatus» a las otrora «capas medias», sino que se expresarán en profundas crisis de productividad, en abultamiento del capital ficticio, en la enojosa tensión entre renta diferencial y renta absoluta, procesos que se explican en la discrepancia y desafecto entre la tasa media de ganancia (a la baja) y la tasa de ganancia extraordinaria (al alza) o, dicho de otro modo, entre la tasa de explotación que oscila a la baja y la masa de ganancia que empuja al alza (aunque hoy día es conveniente aclarar que el fin del súper ciclo de materias primas y energéticos ha significado la desaparición de la renta diferencial, y por tanto de esta tasa de ganancia extraordinaria). 

Pareciese entonces que, efectivamente, el capitalismo pudiera moverse por inercia ajeno a la producción de valor. Sin embargo, la lucha de clases, el plan de las grandes potencias imperialistas para destruir Estados y sociedades llevándolos a la condición de mini estados con carácter de enclaves, las furiosas y cada vez más frecuentes crisis económicas, la aparente fatiga del sistema capitalista para hacer crecer la producción de masas de medios de producción, lejos de representar un capitalismo monopolista en decadencia, representa, por un lado, la agudización contradictoria de los propios mecanismos de ajustes del sistema para refrenar las tendencias y, por otro, la configuración mundial de condiciones históricas objetivas para el socialismo, engendradas por el despliegue y contradicción de las mismas leyes de desarrollo capitalista. 

En este sentido, el aumento de la masa mundial de explotados asalariados y el recrudecimiento de la lucha de clases no hablan de un sistema capitalista monopolista en decadencia, sino de un sistema capitalista que se sostiene gracias a la ley del valor pero que se desestabiliza gracias a sus contradicciones internas, tejiendo las condiciones históricas opuestas para su propio camino de destrucción. Es que no puede ser de otra forma, la crisis de productividad mundial se debe al aumento histórico sin precedente de la masa de explotados asalariados responsables, a su vez, no sólo del aumento de la masa de plusvalía, sino del incremento de la masa de capital, tendencia histórica que no es posible disociarla del agravamiento de la lucha de clases. Estos procesos profundamente imbricados torna en un absurdo la idea de que el sistema pueda funcionar sin producir valor, engrosando el consumo de una gran clase parasitaria de trabajadores ligada a los servicios y las funciones del Estado ajenos a la valorización del capital global en su conjunto. 

Al distinguir entre proceso de trabajo y proceso de valorización, algunos podrían deducir que, en cuanto proceso de trabajo, las funciones del Estado son neutras, derivándose de ello la posibilidad de disputar en la dimensión política la conducción del Estado. Esto funcionaría muy bien si estuviésemos hablando del Estado como un ente puramente jurídico, abstracto, ahistórico. Sin embargo, cuando hablamos del proceso de valorización del capital, estamos hablando de un proceso histórico específico sustancial al capitalismo, por lo que el Estado que surge en dicho proceso de valorización no puede ser otro sino el Estado capitalista burgués: el producto en cuanto forma y contenido del dominio de una clase sobre otra. Esta lucha de clases no es posible si no existe valorización del capital; a su vez, las condiciones histórico y políticas que separan al proceso de trabajo y al proceso de valorización no es posible configurarla sin la preeminencia del Estado con un claro contenido de clases. 

Dicho esto, la distancia entre lo público y lo privado desaparece, la dicotomía entre el deber y el placer se esfuman, los negocios y la entretención todo se convierte en Mercancía. El hada que les convierte se llama proceso de valorización del capital y en él aparece como mercancía el propio Estado. Con este eje vectorial, toda acción político estatal se inscribe como mecanismo de valorización del capital, con todas las contradicciones que esto supone. Cuando sostenemos que el Estado se presenta como una Mercancía, abordamos de lleno la aparente contradicción entre violencia y ley del valor. Es el Estado el que expresa como condición fundamental del capital, el ejercicio de la violencia, la coacción y coerción, condiciones básicas a su vez para la propiedad privada capitalista. El Estado es una Mercancía y en tanto mercancía revela una relación social enajenante y alienante para quienes venden su fuerza de trabajo en cualquier órbita o momento del proceso social de producción en su conjunto. Las imbricaciones entre el proceso de valorización del capital y el Estado alcanzan también a su relación con la renta de la tierra. Como entidad que expresa los intereses de las distintas fracciones dominantes de la burguesía local, el Estado intenta apropiarse de una renta diferencial a partir del mercado mundial de materias primas y recursos naturales, logrando así obtener ganancias extraordinarias por sobre la ganancia media o normal, alimentando de paso, la formación de capital ficticio. Pero, en tanto materialización de la violencia político-ideológico a nivel local o regional, el Estado asegura las condiciones históricas para la preeminencia de la propiedad privada sobre los medios de producción en general y de la posesión y goce de los recursos naturales y materias primas en particular configurando la base para la renta absoluta. Y, hay otros procesos concomitantes también como por ejemplo el crecimiento abultado de la deuda pública que la economía política burguesa no sabe explicar y recrimina, pero al mismo tiempo la burguesía la estimula y favorece.

Llegado a este nivel conviene comprender al “Estado-Mercancía” desde los procesos de enajenación y alienación. A través de sus investigaciones, Marx sostiene una diferenciación entre enajenación y alienación. En cuanto proceso de trabajo material, la enajenación consiste en la separación del trabajador respecto de la propiedad de los medios de producción, o dicho de otro modo, en el divorcio entre el trabajador y las condiciones histórica en que realiza el proceso general de producción. Marx, lo define así:

¿En qué consiste entonces la enajenación del trabajo? Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo, arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo, fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo 4

En consecuencia,  “el obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas.” 5. De aquí emerge, la raíz para comprender la alienación. En cuanto proceso de valorización, la alienación consiste en la creación de una falsa conciencia que permite atribuir el mundo de las mercancías por ellos creados así como los tiempos de trabajo y la propia personalidad del trabajador, como justa, natural y legítima propiedad y parte constitutiva del empresario o burgués. En el proceso de valorización del capital que engendra a su vez la alienación, ocupa un rol fundamental y determinante el entramado de componentes que configuran la hegemonía, partiendo por el más clásico proveedor de falsa conciencia, el Estado. En este sentido, el Estado burgués en tanto sostén primario de la propiedad privada y del fetichismo del dinero, se convierte en la institución por excelencia que cristaliza la alienación, que impide la capacidad de reconocimiento del sujeto, obligando a este a pensar por fuera, por encima  del proceso productivo, los elementos mentales y de conciencia. Mario Monge lo explica del siguiente modo, “No puede haber reapropiación del ser genérico humano si no hay reapropiación del objeto por el sujeto, pero esta reapropiación es imposible sin la perspectiva estratégica de la realización del ser social del hombre, la revolución socialista y la expropiación de los expropiadores. Que no puede identificarse con una “fase” estatal, sino con la supresión del Estado, la propiedad (posesiva o no posesiva) y las clases sociales (Lenin, El estado y la revolución). De otra manera entraríamos en una contradicción de la concepción de Marx del hombre: humanizar la naturaleza y naturalizar la humanidad 6.

Por lo tanto, el problema del Estado no puede ser disociado del proceso general de producción capitalista. El problema reside en el acceso a la infinitud de mercancías producida por el sistema capitalista basado en la valorización del mundo de las mercancías por medio de la explotación a la fuerza de trabajo. Luego existen tres formas para acceder a ese mágico mundo de las mercancías: 

  1. a apropiación privada mediante el consumo facilitado por el capital financiero a través de un profundo entramado de endeudamiento: se accede fácilmente al mundo mágico de las mercancías siempre que se haya adquirido ciudadanía mercantil. Para tal efecto el trabajador debe mostrar “buen comportamiento”, es decir ser dócil a los designios de los dueños del capital. Empero, cuando se pierde la ciudadanía mercantil y se interrumpe el acceso al maravilloso mundo de las mercancías, se produce tensión social, resentimiento, en algunos casos forzando los mecanismos de autocontención (me refiero a las conductas ascetas de ecologistas, veganos, hippies, etc). En este paisaje, la delincuencia aparece como un mecanismo espurio e ilegal de acceso a las mercancías, pero valida y legitima desde la individualidad trastocada por la enajenación social producida por el mismo capitalismo. La disociación social producida por el capital enfrenta entre sí a los poseedores de ciudadanía mercantil y los que la perdieron o no la tienen. El “enojo” de los ciudadanos frente a la barbarie de la delincuencia es un campo fértil para los discursos cuasi fascistoides. Los ciudadanos, que ven el mundo desde el consumo individual, esperan que “alguien” –un individuo, una institución, un “otro”- les proteja, les sustituya en el ejercicio de la autoridad y el castigo, cerrando las puertas ilegales de acceso a las mercancías mediante la delincuencia.
  2. La apropiación regulada y suministrada por el Estado Social de Derecho se trata de regular y garantizar el acceso a la riqueza mediante un entramado de “derechos sociales” que empodera constitucionalmente a los diversos sectores de la sociedad. Aquí la ciudadanía mercantil no se consigue directamente sino por medio del Estado, por lo que la ciudadanía jurídica y pública (que no tiene necesariamente un carácter político) antecede a la ciudadanía del mercado.  Es en este cosmos que podemos inscribir al ciudadanismo. 
  3. La revolución social: Imposibilitadas ambas componentes de acceso al mundo de las mercancías (Mercado y Estado), la sociedad realiza la revolución como ejercicio en que se soberaniza a sí misma, liberándose de las ataduras propias de la sociedad de clases, la sociedad autogobernada por sí y para sí misma,  termina con la separación respecto de lo político, por lo que la ciudadanía adquiere un carácter esencialmente político. A la vez que se le pone fin a la enajenación social producida por la propiedad privada del capital, la mercancía se convierte en disfrute del trabajo social sin mediar otra regulación más que las necesidades colectivas auto impuestas por la isma sociedad.  

Es extraño, pero en las variantes I y II, se pretende que el Estado realice un ejercicio que choca frontalmente con el proceso de valorización del capital, un Estado-Ente, que se sitúa por sobre las clases sociales, que es capaz de regular el conflicto de clases. Bajo esta concepción el Estado es un espacio político dotado de cierta autonomía relativa 7  o que el Estado debe ser valorado más allá de su carácter de clases a saber, en la dimensión orgánica y material de su funcionalidad 8 . El Estado sería un terreno en disputa entre las distintas clases sociales. Y esto sería así porque el Estado sería un conjunto de recursos y bases materiales e ideológicas que le son propias y que no dependen de dominación política clasista alguna. Por consiguiente, el Estado ve como su origen de clases va quedando atrás para, a medida que se fortalece su aparato burocrático, adquiriendo cada vez con mayor fuerza un carácter mediador en el conflicto social. 

La conclusión a la que llegamos es diametralmente opuesta a la de nuestros teóricos post marxistas y “políticos” pos modernos: la burguesía y su Estado se han radicalizado, han profundizado y densificado el entramado institucional estatal para la ampliación del capital. Lejos de crearse un poder dual burgués para estatal, el Estado burgués se ha sofisticado y ha adquirido nuevas e inestimables funciones y contenidos para la clase burguesa y el imperialismo. La única salida posible es la revolución socialista.   




  1. (El Capital, Tomo I, pág., 9 FCE, 1973)
  2. «En la región se está presentando un estallido social por el proceso de proletarización de las clases medias y bajas», Agencia Novosti, 10 de noviembre de 2019
  3. “Acumulación de capital en Chile. Crisis y desarrollo, últimos 40 años”, tercera edición, año 2013. Disponible en https://es.scribd.com/document/360062981/ACUMULACION-DE-CAPITAL-EN-CHILE-18-de-septiembre-pdf
  4. Marx, «Manuscritos económico-filosóficos», Karl Marx y Friedrich Engels, Biblioteca de Autores Socialistas, disponible en http://www.catedras.fsoc.uba.ar/heler/marx.htm
  5. Marx, «Manuscritos económico-filosóficos», op. Cit.
  6. “Alienación y revolución: la escritura de los Manuscritos de 1844 de Marx”, Monge, Emiliano, en Hic Rhodus. Crisis capitalista, polémica y controversias (no. 4 jun 2013), Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA, Buenos Aires, año 2013 http://biblioteca.clacso.edu.ar/Argentina/iigg-uba/20140625051548/336-1255-1-PB.pdf
  7. La autonomía relativa del Estado la planteo Nicos Paulantzas en “Poder Político y Clases Sociales en el Estado Capitalista”, 18ª. Edición, México, Siglo XXI, 1979.
  8. Norberto Bobbio, “Estado, Gobierno y Sociedad. Por una Teoría General de la Política”, Fondo de Cultura Económica, México 1989.
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