La Tiranía del Orgasmo

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Por Florencia Marin,

 

Hace un tiempo estaba ad portas de tener sexualidad con un chico y, en el ardor del momento, él acerca su boca a mi oreja y dice “quiero que te vayas 5 veces”. Yo, como buena samaritana, lo miré con cara de pornstar mientras internamente me decía “conchetumadre qué paja”. Ahora tenía la tarea de tener 5 orgasmos en un mismo encuentro sexual con un chico que apenas conocía y que, por tanto, apenas conocía mi cuerpo. Pasados 10 minutos del coito yo ya sabía que los 5 orgasmos no iban a suceder ni aunque el compadre fuese el mismísimo Eros encarnado en hombre, así que decidí hacer lo que a toda fémina le enseñan hacer… fingir. Él terminó el intercambio probablemente sintiéndose como todo un semental/dios-del-sexo y corrió a contarle a sus amigos rugbistas su tremenda proeza sexual, mientras que yo salí taco en mano, maquillaje corrido y con mi conteo de orgasmos estático.

Este relato que he contado en múltiples juntas con amigxs, muchas veces ha hecho reír a todxs lxs presentes (siempre es bueno reirse de una misma), pero también me ha dado harto que pensar, como ¿por qué el objetivo del sexo es el orgasmo? ¿por qué sentimos que fue un mal sexo si no logramos ese objetivo? Y, ya que lo personal es político, aquí va el rollo.

Mucho se habla hoy en día del orgasmo femenino y de la liberación sexual de la mujer en general, pero ¿qué es la libertad sexual? Revisemos las fuentes: la revista Cosmopolitan me contó que aprender la posición Z del kamasutra va a hacer que el pene se curve en un ángulo de 45 grados para que toque mi (supuesto) punto G y así tenga un orgasmo que ofenda a diosito. El porno me enseñó que mientras más una gime, más placer una tiene y más parada tiene el asta el compa. Mis amigas me dijeron que mientras más machos recios te garchas, más una sabe sobre qué te gusta y que no. Todo esto vendría siendo parte de un viaje medio psicodélico de auto exploración donde el nirvana vendría siendo la denominada libertad sexual: ansiada por tantas, poseída por pocas. Entonces este es el plan: me voy a tirar a un cabro por semana (sin ataduras, sin compromisos, todo tranca), voy a gemir hasta que se rompan las ventanas, voy a tener un orgasmo (uno múltiple si soy lo suficientemente buena) y así me voy a poder realmente autodenominar una mujer empoderada. Bacán…¿O no?

Pensemos la sexualidad en retrospectiva, en el tiempo de nuestros abuelos. Es fácil caracterizarla como la época del “cartuchismo” donde hablar de sexo era tabú, especialmente entre las mujeres. El deseo era sólo del hombre y la mujer medio que acataba las consecuencias de ese deseo, pero no era agente activo de él. Partiendo de este antecedente, pensamos que ahora nos hemos liberado: podemos hablar abiertamente de sexo y practicarlo tranquilamente. Vemos sexo en la publicidad, en la telenovela, en el matinal, en 50 Sombras de Grey. Lo vemos por todos lados y nos invita sonrientemente a un mundo de placer, donde se tiene la fórmula de una vida sexual plena. Nos venden la promesa de la felicidad en el sexo, de que tener buen sexo con la pareja es estar muy bien y tener sexo promedio es estar muy mal y de que, en este último caso, podemos acceder a múltiples terapias, pastillas, juguetes sexuales, que avivarán la llama que tanto nos hacía falta para lograr cumplir esos estándares del buen sexo. Además agradezcamos que ahora la mujer puede no hacer el amor sino que tener sexo sin compromisos, sin ataduras y, por tanto, nos podemos validar desde ahí: ya no ser la buena esposa, sino que ser el buen culión.

A mi parecer esta supuesta liberación es un arma de doble filo. En positivo vemos cómo hemos logrado ciertos avances en materia de sexualidad: al sacar el tema de la esfera de lo tabú podemos reflexionarlo, discutirlo y enseñarlo, además de vivirlo, claro. Hemos logrado avanzar (aunque sea a pequeños pasos) en temas de salud y educación sexual, así como en lo que respecta a disidencias sexuales y de género, ganadas que han sido principalmente del feminismo y otros movimientos sociales análogos. Sin embargo, vemos por el otro lado de la moneda como esta liberación nos explota en la cara. Jarpa (2018) reflexiona en su libro Me Aburrí del Sexo que “esta liberación no es más que una apertura vacía, construida sobre una sociedad hipersexualizada y con una exagerada erotización, disociada de los afectos, con el riesgo de la deshumanización del individuo”. Y es así como esta liberación vino a reemplazar a la época del tabú, pero transformando la forma de vivir la sexualidad en un ideal único al que aspirar, donde lo diferente, lo “anormal” sigue demonizándose.

No es coincidencia que cada vez más gente llegue a consultas afirmando que tienen trastornos sexuales sólo porque creen que están tirando o deseando menos que el promedio. Y ¿cómo no? si todo Chile nos grita estándares y cifras sobre la cantidad de veces que es normal tener sexo a la semana o técnicas para reavivar el deseo cuando no lo tenemos o cantidad de parejas sexuales que debemos tener en la vida. Hemos cambiado los discursos represivos por otros normativos, donde el control no es tan evidente como antes, pero lo seguimos evidenciando cada vez que nos angustiamos por no llegar a los cinco orgasmos. El sexo vende y a nosotros nos encanta comprarlo.

Nos hemos ido acostumbrando a la idea del “sexo bueno” y el “sexo malo”. El sexo bueno cumpliría con un par de metas estandarizadas, tales como desear irrefrenablemente a mi compañerx sexual, hacer juego previo y que ambxs tengan un orgasmo mientras fornican. Habría una fórmula estándar de relacionarnos sexualmente y todo aquello fuera de la norma se calificaría como el mal sexo. Por ejemplo, durante mi encuentro sexual lo pasé bastante bien, sin embargo sentí culpa por no llegar a los cinco orgasmos y, por lo tanto, preferí fingirlos antes de admitir que lo estaba pasando bien aun sin alcanzar el clímax. Ese malestar, esa angustia que sentimos generalmente la asociamos a un defecto de nuestra sexualidad. Pensamos, tal vez, que casi todos pueden llegar a esos cinco orgasmos y que nosotrxs tenemos un problema por no alcanzarlos.

La razón detrás de por qué no logramos ciertos estándares sexuales que nos son impuestos y que, por tanto, nos auto-imponemos, no radica siempre en nuestra patológica falta de deseo o disfunción sexual, sino que a veces recae en que nuestras líneas de normalidad son muy altas: somos muy exigentes con nosotros mismos. Pensamos la normalidad del sexo en cifras cuantitativas: es normal tirar 3 veces a la semana con mi pareja, es normal tener 3 parejas sexuales en un año, es normal tener 2 orgasmos teniendo sexo, etc, cuando en realidad debiésemos pensarlo en cualitativo: qué queremos, qué nos gusta, cómo disfrutamos. Foucault lo dice sabiamente: con la normalización se crea una especie de jerarquía entre individuos que se categorizan unos como capaces y otros como menos capaces. Y es que el ámbito de la sexualidad no es ajeno a la capitalización de las actividades humanas: el interés por la sexualidad en nuestra sociedad está ligado, por un lado, a la necesidad de analizarla y comprenderla, pero también al deseo por controlarla y normalizarla. Esta toma en consideración de los sujetos en función de su normalidad es más que un gusto por lo estándar, es querer que un Otro, que una sociedad completa, valide mi forma de relacionarme sexualmente con el resto, cuando debiésemos ser nosotros mismos los evaluadores de nuestro deseo.

Con esta reflexión no pretendo demonizar el sexo, sino cuestionar la manera en que experimentamos nuestra sexualidad. Así, lxs invito a buscar la libertad en nosotros mismos: a preguntarnos qué es para nosotros el sexo, qué es el deseo y cómo lo experimentamos, en vez de correr a buscarlo en BuzzFeed cada vez que nos sintamos insegurxs o anormales. Vivir nuestra sexualidad como nosotrxs queremos no es sólo sano, sino que es también una declaración política que implica rebelarnos ante todo un sistema que nos lleva a sentirnos mal con nuestra sexualidad. Dejemos de consumir sexo y empecemos poco a poco, paso a paso, a experimentarlo.

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