Petaquita

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-Entonces… ¿Este fin de semana?

-No te lo voy a pasar.

-Entonces el que sigue. Tú descansas, yo lo cuido bien. No voy a salir a ningún lado. Te prometo que…

-Córtala. Dije que no. Hazte ver y después hablaremos.

-Pero si…

-¡No me toques! Ya está bueno. Ni siquiera debí venir. Pensé que te iba a ver mejor, quería creerte. Pero mírate… ¿Crees que no sé que pediste alguna huevada para tomar antes de que yo llegara? Estás pasado a trago. Estás enfermo. (Lucas se puso la chaqueta que tenía colgada tras su silla mientras se ponía de pie rápidamente.) No vas a ver a mi hijo. Así no. Si lo amas tanto como dices…si lo amas, hazte ver.

Lucas abandonó el restaurante bajo la mirada de Pablo, quien estaba a punto de llorar. Se frotó los ojos con fuerza sin advertir las miradas curiosas. Se limpió los mocos con la manga de su chaqueta y, tras sacar una pequeña botella de metal de su bolso, bebió un largo sorbo. El licor que usó para rellenarla le había costado todo el dinero que traía consigo, dándose cuenta de esto sólo cuando buscó algo para pagar. Eran recién las once de la mañana, y Pablo ya se escabullía otra vez de un local sin pagar.

Su problema arrastraba años. Múltiples veces intentó dejarlo, pero la sed era más fuerte. Disfrazaba ese vicio entre cócteles, fiestas de amigos, celebraciones que en un principio tenían sentido pero que, a estas alturas, eran por cualquier excusa. Su vida se resumía en una sucesión de desastres causados por el trago, hasta que se enamoró.

El Lucas logró calmar su mente algunos años, siendo la primera persona que le traía serenidad. Y eventualmente la pareja evolucionó a una familia, incorporando al precioso Iván. Era el orgullo de ambos, era su vida… pero Pablo volvía a desvelarse en medio del silencio nocturno. Así fue como su vida comenzó a acabarse.

Pablo sueña con estos días pasados a menudo, extrañando la rutina familiar, el calor de su propio hogar. Cuando Lucas trabajaba, viajando durante días, Pablo se encargaba de cuidar a Iván mientras daba rienda suelta a su sed en frente del niño. Al principio, logró que pasara desapercibido, y la baja en las finanzas del hogar fueron atribuidas a gastos banales. Lucas no sospecha, Iván no sabe nada.

-Papi, ¿Qué es eso?

Pablo quedó helado empinando la botella. A sus espaldas, la pregunta del niño lo dejó aturdido. Pero si él estaba durmiendo…

-Hijo, acuéstate.

-Eso huele mal. ¿Qué es?

El hombre dejó la botella sobre la mesa y se giró lentamente. Sudaba frío.

-¿Cómo sabes que huele mal?

-Ayer ocupé un vaso que tú llenaste con eso, y olía muy mal…

-¡¿Por qué hiciste eso?!- la tensión de sus palabras sobresaltó al niño. Asustado, empezó a llorar. Pablo, aun temblando, se acercó muy lento, se arrodilló y tomó al niño de cinco años por los hombros, despacio.

-…Por… por qué, Iván.

-No… perdón papi, no…

Pablo miró hacia la cocina. Abrazó a Iván. Entre sollozos, aún tembloroso, se movía de manera errática mientras lavaba minuciosamente todos los vasos, limpiando cualquier huella de alcohol, eliminando frenéticamente cualquier olor. Una vez que todo lucía como un espejo, se limpió los ojos y caminó a la pieza de su hijo.

-Lo que pasó ayer es un secreto ¿ya?, igual que lo que viste hoy. Si papi se entera, los dos estaremos en problemas y él estará muy enojado.

-¿Con los dos?

-Sí, con los dos.

-¿Por qué?

-Porque es nuestro secreto, Iván, no le podemos decir o se va a enojar mucho. ¿Quieres que se enoje?

-…No…-el niño comenzó a sollozar otra vez. Pablo le acarició la cabeza, y lo abrazó.

-Todo está bien, hijo, no pasa nada. No va a pasar nada, te lo prometo, somos muy felices. ¿Bueno? ¿Me lo prometes?

-Te lo prometo -sonrió el niño.

-Muy bien entonces, vuelve a dormir hijo. Te quiero mucho.

-Y yo a ti- respondió Iván, con los ojos entrecerrados.

Esa noche Pablo lloró hasta quedarse sin lágrimas.

El viaje de Lucas en esta oportunidad era más largo de lo acostumbrado. Pasaron unos días. Esa tarde nadie estaba fuera del edificio esperando a Iván cuando éste llegó en su furgón escolar. El niño subió a su departamento gracias a la ayuda de la conserje y a la copia de llaves que sus padres le dieron. Cuando entró al departamento y cerró la puerta tras de sí, se quedó quieto mirando cómo su padre Pablo lanzaba cojines como loco de un extremo del living al otro.

-¿Papá?

Pablo lo ignoraba. Respiraba exaltado, sudaba, corría y buscaba más cojines que lanzar. Todos caían apilados.

-¡¡Papá!!

Pablo se detuvo. Miró al niño, y de pronto todo volvió a la calma. Miró los cojines, miró sus manos. Estaba atónito, sin comprender.

-…Hijo…

-… ¿Papi?

-Había un…-Pablo se notaba nervioso, extrañado. Su mirada iba de los cojines a sus manos, y de sus manos a su hijo- había algo ahí… ya no está… yo estaba seguro que…

-¿Qué cosa, papi?

Pablo detuvo la mirada en sus manos. Temblaban. Un pensamiento cruzó por su mente. ¿Hace cuánto que no…? Miró a su hijo. Una cosa a la vez. Fue donde él y lo recibió como siempre, tomándolo en brazos.

-Esto es otro secreto hijo. En la esquina… en la esquina estaba la cosa que se mete en tu clóset, esa que te asusta y no te deja dormir con la luz apagada.

El niño abrió los ojos y la boca de una manera impresionante.

-¡¿Estaba eso?! ¡¿Sigue ahí?!

-No hijo, la destruí. Sólo podía matarla con cojines, ya sabes, hoy lo descubrí- Pablo sonreía nervioso. -¿Entiendes?

-¿No va a volver?- el niño no cabía en sí de felicidad y de admiración.

-No va a volver. Pero tú sabes cuánto le gusta a papá leerte cuentos cuando estás asustado. Si le contamos que murió pues… se va a poner triste.

-¡No le diremos entonces!- Pablo sintió un gran alivio.

-Tienes razón, trato hecho. Ya, ahora anda a jugar- Pablo soltó al niño, que se fue a su pieza feliz, sabiendo que ya no se asustaría más del clóset. El hombre esperó un par de minutos, quieto, y luego corrió a su computador a confirmar sus sospechas. Tras leer durante horas habían dos opciones: aceptar el tratamiento, o aguantar solo. No podía ser tan malo. No volvería a pasar.

Pero sí ocurrió más veces, en presencia del niño, cada vez más seguido. Y cuando Pablo se recuperaba, angustiado, convencía a su hijo de que sus ataques no eran más que un simple juego. Lucas no sabe, Iván dice que es un secreto. Todo está bien, todo está bien, todo está bien…

Era de noche, al día siguiente llegaba Lucas por fin. La situación parecía mejorar… ¿no es motivo para celebrar? No hay nada de malo en un poco, vamos a probar…tan solo cinco tragos recorrieron la garganta de Pablo para que se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Apartó la botella de su boca como si se arrancara su propia alma, limpió la cocina otra vez entre sollozos mientras Iván dormía y prendió el televisor, esperando poder aliviar el nudo en su garganta.

Lucas llegó de sorpresa a las cinco de la mañana, ocho horas antes de lo previsto, y lo primero que vio al entrar fue a Pablo en el suelo, convulsionando. En el hospital los médicos explicaron lo ocurrido. Iván habló de los secretos entre lágrimas, sintiendo que hacía algo malo.

Han pasado meses, tiempo en que Pablo se ha ahogado en alcohol..

Decidido a pasar tiempo con su hijo aguardó, entre sorbo y sorbo, en una esquina al día siguiente de la negativa de Lucas en el restaurante. El curso de Iván saldría de paseo cerca del colegio. Era la ocasión perfecta para estar con su hijo al menos algunas horas Su mente estaba confusa, poco quedaba de sí mismo. Cuando los niños estaban en el parque, Pablo se asomó entre los árboles que lo rodeaban dejándose ver por Iván. El niño, feliz, corrió hacia él.

-¡Papi, papi!

-¡Hola hijo! Te he extrañado mucho- tomó al niño en brazos y lo abrazó fuerte.

-Papá, hueles raro- el niño trató de despegarse un poco pero el abrazo lo retuvo. Pablo comenzó a caminar en dirección contraria- ¿A dónde vamos?

-A casa, Iván.

-Por aquí no es…

-Es otra casa, te la quiero mostrar. Vivo allá por ahora pero no te preocupes porque pronto viviremos los tres juntos otra vez, ¿Te gustaría?- el niño se calmó un poco, alegrándose ante tal idea.

-¡Sí, me gustaría mucho!

-Así será.

Ambos se adentraron en un barrio turbio, lleno de botillerías. Iván se sentía seguro en los brazos de su padre, a medida que avanzaban entre estrechas calles adornadas con banderines. Por un minuto, ese rincón decadente de la ciudad fue iluminado por un amor destartalado, recordando un pequeño carnaval. En los brazos de su padre, Iván alcanzaba los banderines al pasar. Llegaron a una casa con una mujer en la entrada que saludó a Pablo, continuando por un largo pasillo. Frente a la puerta del fondo, Pablo sacó unas llaves y entraron. Sólo una cama, una silla, algo de espacio para moverse, un lápiz y un diario. El niño miró extrañado, ya que no había mucho para jugar.

-Llegamos- Pablo puso a Iván en el piso, y luego se sentó. Llevaba menos de un día sin alcohol y ya se sentía pésimo. Por favor, no ahora…quería estar con Iván. Todo estaba bien. Mientras tanto, la ausencia del niño en el parque ya había sido advertida. El profesor, desesperado, hablaba con Lucas por teléfono mientras éste conducía, frenético, a buscar a su hijo.

El niño tomó el diario al advertir un crucigrama, bajo la extraña mirada de Pablo. Los pasos de la señora de la entrada se sentían ir y venir. Y por un instante, fue silencio.

-Papá, ¿cuál es esta…- mientras se volteaba con crucigrama en mano, el niño sintió un golpe seco en el piso. Pablo convulsionaba y se retorcía en el piso, haciendo ruidos confusos y atropellados, con el pie botó bruscamente la silla.

-¿Todo bien ahí?- la señora de la entrada escuchó el escándalo y, alertada, aguardaba respuesta al otro lado de la puerta. Iván miró a Pablo, quien tenía los ojos en blanco. No era la primera vez, y recordó sus palabras.

-¡Sí, señora! Él está jugando.

Los pasos más tranquilos de la mujer se alejaron para no volver. Iván se disponía a dejar jugar a Pablo y seguir con sus palabras en el papel, cuando el hombre, boca arriba en el piso, comenzó a vomitar. El niño acudió en su ayuda.

-¡Se te está cayendo!- le dijo- no botes lo que tienes en la boca- con sus dos pequeñas manos tapó la boca de Pablo. Y fue así como, tras tensos momentos, Pablo dejó de moverse. De seguro que el juego lo había agotado, y decidió dormir.

 

Mariana Sofía Espinoza Soulé (Santiago, 1996-). Estudiante de Medicina de la Universidad de Concepción. Ha participado en varios concursos literarios tanto de su facultad como externos, dentro de los cuales obtuvo el primer lugar en el concurso “Curicuentos” del 2017 con Hormigas, organizado por el centro de extensión de la Universidad Católica del Maule. Es coautora del libro digital “No cambies el tema” disponible en https://issuu.com/valhallabym/docs/no_cambies_el_tema .Algunas de sus obras se encuentran en su blog latiranosauria.wordpress.com

Carlos Benjamín Ramírez Acuña (Temuco, 1995- ). Estudiante de Medicina de la Universidad de Concepción.  Aficionado a la fotografía, ha participado en concursos con temática principal en paisajes y naturaleza. Es coautor del libro digital “No cambies el tema”, disponible en:

https://issuu.com/valhallabym/docs/no_cambies_el_tema. Su portafolio fotográfico está disponible en el instagram: @benjaminramac