Mamita alteña

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Esteban Rojas Müller (1995-). Estudiante de Antropología, Capricornio, Cola.

Está sentada en una banca de cemento del Terminal de Buses de Arica. Viste una falda verde a la que llama pollera. Lleva también una blusa café claro sobre la que cae, recogido en dos poderosas trenzas, su largo pelo negro. Es boliviana, recalca que es alteña, una diferencia con las paceñas que solo se hace visible estando en La Paz. Su rostro es serio. Solo sonríe como respuesta a mis preguntas. Es para mí un gran misterio, todo en ella es alteridad.

Alrededor de la banca tiene muchos sacos y cajas de cartón, como todas las otras mujeres bolivianas y peruanas que esperan en ese terminal. En uno de los sacos tiene panes, que separa de a cinco metiéndolos en bolsitas plásticas. En otro tiene pasankalla, una suerte de maíz inflado que resulta dulce y chicloso al masticar. La pasankalla también entra por puñados a las bolsitas. Bolsas de pan y de pasankalla a quinientos pesos, paquetes de galletas a mil y un queque, que guarda en cajas de cartón, a mil quinientos pesos.

Una vez que todo está preparado aparecen, sin ser llamados, sus clientes, que se acercan a comprarle pan y pasankalla y, en algunas ocasiones, galletas. Son, en su mayoría, hombres. Pocos de ellos chilenos. El intercambio funciona como una suerte de comercio étnico. El diálogo de la compra se da en un tono bajo, de encuentro de manos y dura unos pocos segundos.

 

Nuestro diálogo comienza cuando le pido que cuide mis cosas mientras voy al baño. Al regresar, luego de unos cuantos silencios me pregunta por mi viaje, si no me daba miedo viajar solo. Me dice que en La Paz tengo que visitar la feria de El Alto, que el Titicaca es hermoso. Percibí algo de emoción cuando le dije que quería conocer las ruinas de Tiwanaku.

En su cara redonda y morena resaltan sus ojos y boca. Cuando ríe se distinguen placas doradas en sus dientes y se achinan sus ojos. Trata a las demás mujeres de mamitas y tiene dos amigas en el terminal. Rosemary -alteña también- y Mariela, peruana. Las tres se ríen de mí, de mi torpeza, mi desorientación en el lugar y de que pregunte por todo lo que no entiendo.

 

Mientras mi compañera se va por un momento a resolver un asunto con Mariela, otra mujer peruana me cuenta porqué espera en el terminal. A simple vista, se podría pensar que las mujeres peruanas, cargadas de cajas de cartón, bolsas y sacos, también están ahí para vender. Pero no es así. Estas mujeres son parte de un entramado complejo de contrabandistas. Su tarea diaria es pasar de Tacna a Arica los productos en pequeñas cantidades. En lo poco radica su efectividad, ya que quedan liberadas de cualquier pago al cruzar las aduanas.

Entonces las vi: funcionan como llamas de carga que cruzan de un lado a otro cargando lo prohibido.

 

Al volver, la mujer me pregunta por qué no viajé con mi novia y en esa pregunta clave se marca el rango de confianza que tendré con ella. Me contengo de ser honesto sobre mi orientación sexual y le sigo el juego diciéndole que me buscaré alguna alteña cuando llegue a territorio boliviano. Entonces estalla a carcajadas y, mirándome fijamente, me dice una frase incomprensible que hace reír fuerte a peruanas y bolivianas. El motivo: me había hecho una broma en aymara.

Aprendió aymara en su casa, con su familia. Somos mujeres de pollera, me dice, Mujeres aymara. El orgullo con que lo dice me pone los pelos de punta. El aymara, a su edad, refleja una lucha étnica y racial, pues por años se intentó silenciar de todas las formas posibles. Ella es una hablante orgullosa. Por su parte, Rosemary entiende, pero no lo habla: la discriminación racial fue más fuerte, el español ganó en ella.

A la mujer ya no le queda pan y del maíz inflado solo una bolsa que le prometí le compraría yo. Llevamos horas conversando, pero no sabemos nuestros nombres. Entonces se presenta como Yuli. Yuli cuánto, le pregunto. Yuli la de buen corazón, responde.

Toma su carrito con sus cajas y sacos, nos abrazamos y se dirige con paso firme hacia la salida. Lo último que veo de ella son sus largas trenzas negras moverse de un lado a otro, sus largas trenzas negras de mamita alteña.