El Bronco

Por Drew Buxton

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El Bronco se rompió el brazo derecho cuando la Carla le agarró bronca por arrancar la puerta de la despensa desde las bisagras. De ahí que empezó a decirle “Bronco” como todo el mundo. Metió el puño en la volcanita y se fracturó el pulgar completo hasta la muñeca. Le pusieron un yeso, y cuando en el bar un zorrón universitario en musculosa y hawaianas le preguntó si era por pajearse mucho, le pegó un batazo con él. La Carla lo sacó del niñito y se lo llevó al auto, y no tuvo permiso para tomar nunca más después de esa vez.

Se quebró la mano izquierda boxeando con el refrigerador de acero del Luby, donde guardaban las hamburguesas. El dueño del local vio el abollón y el yeso nuevo del Bronco y se dio cuenta enseguida. Lo echó con un mensaje en el buzón de voz, cuando el Bronco dormía. En la mañana le devolvió diez mensajes, diciéndole cosas como sacowea, hijolaperra, conchetumare, pero igual no podía trabajar con dos manos rotas.

Esa semana se quedó en el departamento durante el día y daba vueltas por el living con la tele prendida. La Carla dijo que se parecía a una hiena. Era verano en San Antonio, pero no tenía permiso para prender el ventilador porque ella no quería que estuviera tan cómodo con estar cesante. Le decía “Muñoncito” y que los yesos le daban cosa. Hacía que se pusiera unos guantes de cuero encima y decía que todo lo que faltaba era la nariz de zanahoria y sería un mono de nieve porque ya tenía los ojitos negros de poroto.

Cuando salió del trabajo el viernes, lo llevo al supermercado en el Toyota -que su mamá le había vendido más barato-, luchando por cruzar el taco. El Bronco quería quedarse en el auto, pero ella le dijo que se le iba a olvidar algo que él querría y se le iba a enojar. Le puso los guantes y después hizo que tomara un carrito que tuvo que empujar con los antebrazos. La Carla lo esperó en la puerta con las manos en las caderas, y él se rindió y lo tiró al piso. Ella fue y lo volvió a enderezar, le acarició la espalda y le dijo que no se enojara tanto, que ella lo hacía.

El súper estaba repleto, y el Bronco trató de meter las manos en los bolsillos, pero no cabían. Los guantes colgaban flácidos de los yesos como etiquetas. La Carla le dijo que agarrara un bidón de jugo. Metió el borde de su muñón en el mango y lo arrastró por la góndola. Se cayó, la tapa se salió cuando pegó en el piso y el Bronco lo pateó como una pelota de fútbol. Vació la góndola de los jugos y pisoteó cada bidón, y una mujer mayor chilló y se cayó en montones de yogurt y queso crema. El Bronco se resbaló en uno de los bidones y cayó en la posa naranja, levantándose aún más enojado. El guardia se quedó parado sin hacer nada, pero el Bronco salió persiguiéndolo igual. Le tiró el puño de yeso, no le dio y el guante voló de su mano al pasillo de los cereales. El guardia salió corriendo, asustando muchísimo a la gente. La viejita empezó a llorar y quedó de rodillas sobre el jugo de durazno.

El Bronco no vio a la Carla en ningún lado, y se rio y sintió que de algún modo ya era hora. Siempre había querido tener rienda suelta en el súper, desde que su mamá lo llevaba los sábados en la mañana y andaba en el carrito. ¿Qué pasaría si toda esta gente no estuviera aquí y no me pasara nada por romper una bolsa de Oreos? Corrió por el pasillo de los cereales y abrazó como un oso todas las cajas de Chocokrispis y las botó al piso. Se sentó en el suelo y aplastó una caja entre las piernas, rasgó la parte de arriba y la abrió, y con las puntas de los dedos apretó la bolsa plástica. Se paró y saltó en todas las cajas y le gustó el sonido crujiente que hacían. Se dijo a sí mismo que él era el verdadero Melvin y rió. “¡Soy el verdadero Melvin!” gritó y posó con sus bíceps.

No pudo abrir las cervezas con abre fácil así que las destrozó. Le gustaba como se veía la mermelada de frutilla cuando tiraba frascos contra las cajeras y los clientes, como si les hubiera disparado. Sacó la tapa de una caja de helado cookies-&-cream y hundió la cabeza adentro. El frío se sentía genial en su cara sudada. Lo mordió y el frío le pinchó los dientes. Oyó las sirenas de carabineros y cojeó hasta las puertas automáticas, abrazando su helado. Trató de correr, pero se cayó al lado de las máquinas de dulces. En algún momento, sin darse cuenta, algo le había pasado en el pie. Las sirenas eran cada vez más fuertes.

Pero el auto que apareció en la cuneta no era uno policial. Era el Toyota. La Carla se estiró hacia atrás y abrió la puerta de pasajero. “Agáchate”, le dijo, y se arrastró con los codos. Le pasó el helado, se metió adentro, y ella con cuidado cerró la puerta. Ella sabía cómo no entrar en pánico. De a poco partió mientras el primer auto de los pacos llegó por atrás. El Bronco se quedó quieto, y las luces verdes y rojas se reflejaron en el retrovisor.

La Carla se rio y el Bronco se asomó a la ventana trasera. Habían entrado. Se sentó y su pie se sentía hirviendo, y dijo que alguna parte de él se debía haber roto. La Carla le dijo que se sacara el zapato y el calcetín y lo metiera en el helado.

Se metió en la 78, hacia Santiago, a algún hospital donde no lo estarían esperando, de nuevo.

 

“El Bronco.” Traducido de inglés por Matías Fleischmann. Originalmente fue publicado en Vol.1 Brooklyn como “Riot.”

 

Drew Buxton es escritor y trabajador social de Texas. Sus textos han sido publicados en revistas como Hobart, Vice, Vol. 1 Brooklyn, Funhouse, Maudlin House, Hypertext y otros. Encuéntralo en drewbuxton.com.