Panes de almendra y semillas

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Molinska Bielefeldt (1998-). Santiago. 

Hay miedos tontos, como el terror de Cecilia a las escaleras mecánicas: las usa de todos modos porque está o muy apurada o muy cansada para subir a pie. Más que miedo, es una incomodidad paranoica de que la escalera se quede quieta de un segundo a otro, de manera abrupta y con un sórdido movimiento que haría que Cecilia, por no ir tomada del pasamanos o por ir subiendo los escalones, caiga ridículamente hacia atrás en el vacío o hacia adelante golpeando su nuca justo donde empieza el escalón; que el cordón de sus zapatillas quede atrapado entre escalones y su pie sea succionada por la máquina, hasta volverse una masa escurridiza en la escalera condenada a ser pisada todos los días, quizá cuántas personas machucadas está pisando ahora. Que se le caiga el celular o la BIP y sus dedos se trituren e, inevitablemente, caer presa de su inevitable putrefacción dentro la máquina. Por eso, siempre antes de subir la escalera se amarra los zapatos, aunque no estén sueltos, guarda todo en su bolso y, ya en la escalera, se toma firmemente del pasamanos. Su pánico, en fin, estaba bajo control.

No recuerda cuándo incorporó un nuevo hábito para restarle importancia al hecho de que estaba subiendo o bajando por una trampa mortal, tampoco si alguien se lo dijo o si a ella misma se le ocurrió, pero, en algún momento, empezó a fijarse en lo que sucedía fuera de la escalera y a concentrarse solo en eso. En las mañanas para ir al trabajo, cuando llegaba a su estación y tenía que subir por las escaleras del metro, se fijaba en los jóvenes que bajaban corriendo por las escaleras, en las miradas poco sutiles a las faldas no necesariamente cortas de las colegialas, el recurrente tropezón de alguien, los rostros cansados y afligidos de las mañanas siempre frías. Todos los lunes y jueves había dos jóvenes, uno con un violín y la otra con un clarinete, casi siempre eran las mismas melodías alegres y, aunque solo escuchaba unos segundos, Cecilia sentía que podría identificarlas si es que las escuchara en un comercial o una película, y cuando las encontraba no podía ocultar una sonrisa. Los viernes eran los que más le gustaban porque había una señora, de unos 70 años, que vendía merenguitos con manjar, a veces le compraba, pero casi siempre cuando llegaba tenía el canasto vacío. Las tardes después del trabajo eran más aburridas, como profesora de matemáticas se quedaba hasta tarde corrigiendo pruebas o controles, preparando las próximas clases, todo para poder llegar a su casa y estar tranquila con su marido y sus dos hijas. Había menos gente bajando y a la salida del metro se encontraban un par de vendedores con caras cansadas, a veces acompañados por un trompetista. La única persona que estaba entre las dos escaleras mecánicas, era un joven de unos 20 años medio rubio con el pelo siempre corto, vendía unos panes integrales que Cecilia encontraba de dudoso aspecto. La primera vez que lo vio estaba afeitado, pero lentamente se dejó crecer una barba que  le cubría los labios y dejaba su mandíbula enterrada bajo unos pelos tupidos y desordenados. Cecilia miraba al muchacho y él a ella, sus miradas pasaron a ser sonrisas y luego saludos con la cabeza, nunca le había comprado un pan ni sentía que debía hacerlo, le gustaba esa relación de saludo cordial, la mantenía distraída por unos segundos de la maquinaria en la que estaba movilizándose con la inminente amenaza de no salir jamás de allí.

La gente del metro casi nunca cambiaba, al menos quienes trabajaban allí se mantenían y era raro que una persona nueva se incorporara, por lo general permanecían un par de días y luego simplemente se iban, posiblemente a otra estación u otro horario. En la noche, a veces, un músico aparecía junto al joven de los panes, por un tiempo fue un guitarrista y otro una mujer con un pesado acordeón, ambos solo por un par de semanas. Quien sí estuvo por un largo tiempo junto al muchacho fue una joven de unos 20 años también, que tenía el pelo negro y muy largo, unos ojos pequeños y cafés. Ella vendía bufandas y gorros de lana de distintos colores, apareció en otoño y se fue a mediados de invierno, cuando el frío llegaba hasta al metro.

Al principio, Cecilia la veía tejer, concentrada en las puntadas sin prestar atención a su alrededor. A veces ella, en su afán de ignorar la escalera, se quedaba observando el movimiento de la lana entre sus dedos hasta que ya estaba tan arriba que no podía distinguir las hebras. Uno de esos días se dio cuenta que no era la única espectadora que tenía la joven, el chico de los panes también observaba perdidamente el vaivén de la lana y, de manera fugaz el rostro de la tejedora también. Cecilia, desde que notó esto, dejó de mirar las puntadas de la joven, para concentrarse en la mirada de su amigo de los panes y con la infantil idea de darle privacidad a su mirada, que cada vez se perdía más en el rostro de ella que en la lana de sus manos. Una tarde helada de otoño, pero como siempre calurosa dentro del metro, mientras subía por la primera escalera, alzando lo más posible la mirada para poder anticiparse a los vendedores y poder distraerse de la tumba en la que caminaba, encontró a ambos jóvenes conversando a cierta distancia. Ambos un poco sonrojados, hablando en voz baja por lo que Cecilia no podía escuchar la conversación, pero le gustaba fantasear sobre ella, les inventaba voces con las que de seguro se estarían coqueteando. Para darles nuevamente privacidad, no hizo intento de saludar al joven de los panes, se quedó firme en la escalera mirando de reojo e imaginando las palabras que salían de sus bocas.

Muy pronto bufandas y panes se fueron acercando, al principio de manera tímida, posiblemente el transeúnte común no lo habría notado, pero Cecilia sí. Miraba a los dos jóvenes reírse, conversar serios, incluso coquetos, hasta que un día solo había un paño grande con gorros, bufandas de colores y panes integrales. La barba había sido recortada, ahora los labios se veían y, con una cordialidad rutinaria y cómoda, saludaban a Cecilia. Muy pronto se le unieron los ojos pequeños y cafés que estaban a su lado.

Ahora las tardes eran igual de frías que las mañanas y Cecilia, como persona veraniega que era, se mostraba impaciente en la salida del metro, queriendo apurar el paso de las escaleras y poder llegar pronto a su casa, a su familia más que nada. La idea de caminar por las escaleras era cada vez más tentadora, el invierno estaba más frío de lo usual y las lluvias eran cada vez más comunes, pero se mantenía firme en el peldaño, esperando pacientemente y manteniendo su mirada fija en el punto por el cual aparecería la pareja de vendedores. A veces estaba la joven, acompañada de gorros, panes y bufandas, ya se había acostumbrado a dedicarle una mirada o un saludo con la cabeza a aquellos pequeños y alegres ojos. Ahora mientras la chica tejía se mostraba más dispersa, más cómoda en el piso de aquella estación y Cecilia había retomado la costumbre de mirar la lana moverse entre los hábiles dedos y aguja. Otros días era solo el joven, con su barba perfectamente recortada, los saludos y miradas ahora algo cómplices eran de todos los días, pero había algo especial y nostálgico para Cecilia cuando solo estaba él. Sus días preferidos, sin embargo, eran aquellos en los que estaban los dos comerciantes, sus sonrisas inocentes y sus miradas de amor la enternecían.

Había llovido todo el día en Santiago y, por supuesto, las calles estaban inundadas y los pies de Cecilia empapados. Para peor su paraguas se había roto con el viento de la mañana. Lo único que quería era llegar a su cama, a los brazos de su esposo Miguel y a la cazuela que le había pedido que hiciera al medio día para, al menos, terminar con su comida predilecta de invierno. La prisa, el hambre y por sobre todo el frío la impulsaron para, por primera vez, caminar en las escaleras mecánicas. Logró, con un orgullo inmenso, subir la primera y cuando se disponía a saludar a la pareja se encontró solo con el muchacho rubio y sus panes, su sorpresa al ver solo panes con semillas se reflejó en su rostro, a lo que el joven aún con los labios sobresaliendo le sonrío con cierta tristeza.

Al día siguiente de la lluvia torrencial, el cielo se despejó y apareció un sol engañoso, pero Cecilia estaba feliz al caminar en calles secas y no tener que arriesgar su vida en las escaleras. Tratando de mantener la seriedad y cordialidad en su rostro se preparó para saludar solo al joven rubio. Se alegró al ver a los dos tomados de la mano y hablando tranquilos, panes y lana revueltos en un paño colorido. Pasaron los días y la tormenta ya parecía un recuerdo lejano, hasta que volvió a suceder; el joven estaba solo con sus panes y, por primera vez, mirando al piso sin saludar a Cecilia.

Pasaron semanas y Cecilia, tratando de mantener la indiferencia, pero mirándolos de reojo, vio cómo los panes y bufandas se separaban al punto que había un gran espacio entre ambos dentro del paño, el cual ahora se veía inmenso. Los saludos con el muchacho rubio eran esporádicos, cuando no estaba hablando en voz baja y serio o triste con la joven, algunos días había uno de pie y ambos miraban el suelo, otras solo estaba el pan, cuyo color opaco se veía más abismante junto a los brillantes tonos de las bufandas y gorros. Ahora tenía suerte si el chico levantaba la vista o si la joven levantaba la mirada de su tejido, el cual había retomado como los primeros días. Cecilia seguía optimista, mientras subía esperaba ver a ambos a los panes con las bufandas y gorros, pero cada día era igual y cada día el paño se hacía más grande.

Llegó el inevitable día cuando en el ahora diminuto paño solo había panes. Cecilia le sonreía al joven cuyos labios habían vuelto a desaparecer, pero él solo saludaba con una pena infinita en sus ojos que ya no podía ocultar. Ahora ella intentaba buscar un punto en el cual fijarse mientras subía las escaleras, fuera del chico deprimido rodeado de panes oscuros en un paño que había perdido su color, desesperada miraba a la gente que pasaba, les inventaba sus historias para mantenerse ajena a lo que sucedía bajo sus pies. A pesar de estos intentos su mirada siempre se detenía en el joven rubio, en su barba que iba creciendo sin cuidado, en su mirada perdida en los panes y en sus dedos que se entrelazaban incómodamente. Ya no había más saludos, ni sonrisas pasajeras. Pasaron las semanas y, en un nuevo día lluvioso, con otro paraguas roto, los pies mojados y una olla de cazuela esperando, Cecilia se mentalizó para caminar por la trampa metálica, esta vez no se detendría hasta estar en tierra firme. Cuando cruzó, casi corriendo y temblorosa la primera escalera, trató de no ver al joven de los panes, pero inconscientemente fue lo primero que hizo cuando pisó el suelo inmóvil; apoyado en la pared, mirando a la gente pasar, notoriamente más calmado que otros días y sin poder evitarlo, su instinto de madre floreció. Se acercó a él con sumo cuidado, sabiendo que esto marcaría un quiebre en su relación, pero con la convicción que solo la maternidad puede dar dijo:
– Hola
El joven, que no había notado su presencia, la miró algo desconcertada por tenerla tan cerca
– ¿A cuánto el pan?
-1.500, le dura una semana, no tienen gluten y no están cortados. Los tengo con semillas de zapallo, amapola y uno con almendras que es medio dulce, pero queda bueno con queso y mantequilla. Se puede llevar dos por 2.000
Tenía la voz grave, más grave de lo que Cecilia imaginaba
-Dame el de almendras – respondió pensando si de verdad quedaría bien con solo mantequilla y un plato de cazuela.
El joven estaba sacando uno de la maleta, cuando agregó aceleradamente
– ¡Ah no! Y uno de zapallo, mañana tengo convivencia con mi curso y tengo que ser el sello saludable.
-Son 2.000 – le dijo, con una mueca que parecía una sonrisa en sus labios, prisioneros de aquella barba.

Intercambiaron panes y billetes y Cecilia se fue contenta de saber que ya no tendría que pasar a comprar algo en la mañana para sus estudiantes. Agarró con fuerza la bolsa del pan envuelto en aluza y papel de diario, no quería soltarla y tener su mano succionada. Así, con la confianza y motivación de llegar pronto, subió caminando a paso rápido y con la mirada fija en la salida. Cuando llegó por fin a su casa le contó emocionada a Miguel de su inversión, quien la miró con cara sorpresa “¿Cómo es eso de pan sin gluten? ¿Y qué tiene entonces?” le preguntó, con tono burlón. Cecilia rebanando el pan, muy seria, e incluso se podría decir con cierta tristeza, le dijo que almendras. Mientras su esposo pensaba en por qué su mujer estaba no le había seguido la broma o, incluso, por qué no se había molestado para seguirle el juego, como lo suelen hacer, Cecilia tenía su mente en el metro. Pensaba en los panes opacos y en las bufandas y gorros que ya no volverían a acompañarlo, pensaba también en que el invierno pronto acabaría y, de todos modos, ya nadie usaría ropa de lana. Miguel se acercó a ella, sin entender, pero Cecilia ya había vuelto y sonriendo le contaba del joven rubio que le vendió el pan.

Resultó, también, que el pan efectivamente quedaba bien con mantequilla, y queso como comprobaron en el desayuno, a sus alumnos les gustó el de zapallo y una de ellas le preguntó dónde lo había comprado porque tiene una hermana pequeña que es celíaca. Cecilia, aunque le gustó el pan, no lo compraría de nuevo.