NIKÉ

Collage por María Luisa Aburto
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V.H.V.L.

Desde donde comienza a formarse la muchedumbre, la avenida se ve absolutamente vacía hacia el poniente. La marcha no estaba autorizada y no fue masiva la invitación por internet, por lo que no hay guanacos, zorrillos, ni ningún otro animal mecánico verde invadiendo la calzada norte de La Alameda. Eso es lo que puedo ver desde aquí al menos, parado donde estoy. Ah, sí. Logro ver también a un par de vendedores peruanos de naranja y limonada natural que se instalan diariamente en la cara este de la Iglesia San Francisco, quienes a su vez al ver a las compas ocupar la calle se alejan un poco, mas no se van. De hecho, tras observarlos un par de minutos es posible notar que el alejamiento es teatral, casi simbólico, pues ni siquiera mueven sus carros de supermercados llenos de fruta. Su cuerpo y su cara están en posición de movimiento pero no se mueven, el carro sigue inmóvil y sus piernas estáticas. Siguen parados en el mismo bloque de concreto. ¿Qué será lo que ellos ven? ¿qué será lo que parece asustarles? ¿y por qué, pese a ello, sonríen? Quizá ven banderas rojas, verdes, negras y moradas agitadas por manos juveniles e incoloras por un lado, y al mismo tiempo y en el sentido opuesto, desde La Moneda, comienzan a oír las amargas y monótonas sirenas de la yuta y del orden impuesto que se acercan. Es temprano y los peruanos saben que pese a la manifestación las ventas del día no se arruinan, todo lo contrario, podrán rescatar más de lo normal cuando las lacrimógenas comiencen a atravesar la calle, cegando a estudiantes, embarazadas y demás gente sin nombre. Sus cítricos se volverán productos de primera necesidad para dejar de estornudar, de llorar y, si todo sale bien para la policía, también para lograr respirar.

Después de ver pasar a gran parte de las manifestantes, atravieso la calle y las sigo a cierta distancia. Se dirigen en una gran columna al encuentro con carabineros, dejando una estela de imágenes lilas. Ilustraciones de vaginas y rosas en los paraderos. Parches con frases que promueven la empatía entre mujeres en mochilas escolares. Dibujos de mujeres felices con vello en piernas y axilas. Pañoletas rojinegras en las caras de curas broncíneos que, desde la altura e inertes, parecen resguardar del marxismo cultural y la ideología de género la Universidad Católica. Rayados sobre las mismas estatuas con frases como ABORTA EL PATRIARCADO o MACHETE AL MACHOTE. Un poco más allá, mientras algunas bocas femeninas fuman cigarros manchados con labial en tonos oscuros, otras expulsan voces desgarradas que dirigen cánticos contra el Estado, los empresarios, la derecha y los “machitos de izquierda”. Las pocas manos masculinas al interior de la muchedumbre flaquean, se incomodan. Como decimos acá, la pera les comienza a bailar. También lo hace la mía, lo admito. Y es que ninguno de nosotros parece poder salvarse de esta ola, compañerito. La tercera, la cuarta, la quinta, la que sea. En el mar es imposible e incluso estúpido contar las olas cuando son interminables y totalmente cíclicas. Sólo sirve a la hora de estudiar su composición y su fuerza, pero es inútil cuando te toca enfrentarla en medio de la playa. Cualquiera de esas olas viene y nos bota, como a los niños mimados que somos, de esos que sin mirar atrás se adentran en el mar, creyendo que estarán a salvo bajo la supervisión ineficiente de papá. ¿Y quiere que le diga algo más, compañerito? Esa inevitabilidad de lo fatídico que también es la victoria es lo más bello de todo esto, ese caminar inocente frente a la ola es lo más poético que ha sucedido en Chile estos últimos años, porque esta ola nos va a tragar a todos juntos, con flotadores y camas inflables con forma de ballenas y plátanos, querámoslo o no, compañerito.

La columna de pechos al aire y chaquetas de jeans se encuentra con la columna de cascos y carros policiales. Pronto comienza el enfrentamiento. Van las primeras piedras que, en el aire y sin tocarse, se cruzan con los primeros chorros de agua sucia salidos del guanaco. Van las primeras detenidas que desaparecen al interior de la micro policial. Van a llenarla, sin duda. Vienen los segundos chorros de agua, que son como las olas. Incontables también las detenidas. Allí van las segundas y las terceras y las cuartas. Así comienza la represión policial y, después de un rato, diez o quince minutos, la mayor parte de las jóvenes corren por las calles perpendiculares a la Alameda seguidas por policías verde olivo, el color de la victoria dicen, entre el polvo de las lacrimógenas y las fachadas coloniales falsas. Los que corren no hacen ya caso a los gritos de quienes continúan marchando por la arteria principal de Santiago cantando AVANZAR, AVANZAR, POR LA CALLE PRINCIPAL con el poco aire sin gas que aun les queda en los pulmones. La gente llora, estornuda y tose. Los vendedores de jugo sonríen, mientras reciben monedas tibias y cortan frutas en cuatro. No los culpo; nadie debería culparlos.

Pero, en este instante, cuando los cánticos comenzaban a desaparecer, cuando las banderas comenzaban a flamear con menos fuerza como si todo el viento que hace diez minutos poblaba el centro de la ciudad se hubiese autoexiliado, en fin, cuando la marcha parecía terminar… desde detrás de las banderas o desde en medio de las banderas o desde dentro de los puños alzados o desde el interior de las bocas que ahora dicen frases más cortas como PACOS CULIAOS no más, emerge una mujer, una del grupo de mujeres sin polera y con pasamontañanas que dicen que son estudiantes de la Chile. Este ser, quizá el único que antecede el segundo de la narración además del vendedor de jugo, usa jeans, unas zapatillas Nike blancas manchadas con pintura rosa fresca y el ya mencionado pasamontañas, que es lila con perlitas plásticas y mostacilla de colores brillantes. En la parte más alta de la cabeza un orificio deja escapar un mechón de pelo negro. Sólo sus pezones marrones y ojos felinos (producto del delineador) que miran a un futuro incierto, llenos de fuego, quedan al descubierto. Su mirada debe oler a bencina, pienso mientras la veo emerger de un océano de manos sucias, uñas rotas y familias trizadas. Desde su mano izquierda siento una campanada aguda, como si fuese la acólita de una misa que presenciamos, y con el tintineo nos comunica que hemos llegado a uno de los momentos donde Dios se hace parte del cáliz o se transforma en pan. Resuena como si la mujer fuese una centenaria iglesia del norte de Chile, agrietada y sin pintura, olvidada entre pueblos algún día poblados por mineros, que decide tocar el campanario por última vez antes de sucumbir entre la tierra amarilla. Quizá una descripción mejor es que suena como una botella a punto de explotar. TILÍN TILÍN TILÍN TILÍN TILÍN. Es una botella a punto de explotar.

Y la valiente encapuchada la está lanzando ante el inminente avance del equipo de fuerzas especiales de carabineros. Y la botella está cayendo entre dos pacos. Y el líquido que emana como una serpiente hambrienta de la botella de pisco está alcanzando la bota verde olivo de uno y el escudo de policarbonato del otro. Ya todo son lenguas de fuego ascendiendo sin cesar. El brillo del vidrio repartiéndose y explotando contra el piso colman la escena de una atmósfera sacra. Me siento como observando solo, en el Louvre, esas estatuas femeninas a quienes los brazos y la cabeza se le han caído producto del tiempo. A la Niké de Samotracia, por ejemplo. Mujeres sin rostro predestinadas a la victoria. Pero, como en cada manifestación, la visión que tengo es demasiado breve. Ya logro ver cómo cuatro uniformados totalmente cubiertos con trajes antillamas toman con violencia a la estudiante de pasamontaña y la hacen desaparecer tras las puertas de una micro de carabineros. Uno, con sonrisa amplia, le agarra un pecho con fuerza al interior del vehículo. ¿Habrá sentido el frío del mármol griego? Las demás corren mientras, a modo de victoria simbólica, repiten PACOS CULIAOS y chupan un limón.