Estefanía

Oswaldo Guayasamín
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Por Úrsula Razbliutto.

 

Dejarás de comer cuando te enamores, dejarás las clonas y dejarás a tu mamá tranquila, e incluso ella te dejará tranquila y jugarás en el parque con tu perro precioso y tus medios hermanos y el sol te bronceará cálidamente. Te odias por pensar que el amor puede salvarte, pero te sientes tan sola y nada te importa, nadie te importa. Si tan sólo ese géminis te invitara a bailar, pero no lo hará. O lo hará, pero no como quieres, se irá lejos, más lejos que tu papá. Ojalá todos menos ellos dos se fueran a la mierda. Pero el mundo no funciona así, nunca consigues lo que quieres. Obsesiónate sin piedad, enciérrate a fumar en tu pieza y repasa la soledad sólidamente.

Odia el sol que entra por la ventana a las 6 de la tarde. Ódiate, ódiate. Odia la idea de mañana y ver a tus amigos que siguen su vida tranquila entre asuntos, yerba, orgasmos, buenas notas y la ciudad bohemia. Encuentra alguna niña linda sentada en la micro al frente tuyo, ser lesbiana siempre es emocionante, pero luego te sientes mal porque no sabes cómo hacerlo. No sabes cómo hacer lo que hacen todos para continuar viviendo tranquilos y sin pensar tanto en querer figurar, y sientes que «en la ciudad no se puede con tanto patán haciendo de loca trevi». Pero, ¿sino qué? Pudrirse en el lago, coger en la playa con otro géminis, romperse en dos, una vez en el campo y otra por los aires. Mírate, parece alergia este sosiego, tal vez él esté ciego que no ve que me pierde, por qué no me habla: porque no te quiere. Me pierde, me pierde pero no parece importarle.

Ódiate por tus expectativas y porque no le importa, porque no te quiere. Tal vez un poco, pero no te quiere. Siente bien dentro el rechazo una y otra vez y entiende que lo ajeno se desea y sólo deja de desearse cuando se tiene, se cumple, se gana. Pero con los géminis nadie gana y lo odias y te odias, pero no puedes dejar de pensar en lo lindo que sería despertar a su lado. Mira hacia atrás, muchos años atrás. ¿Hace cuánto que quieres? Tal vez si quieres quieren, pero nunca ha funcionado así. Revisa tu celular y siente la terrible cobardía. Revísalo. Revisa la notificación ausente, la terrible soledad. Y al mismo tiempo piensa: qué importa, si a mí no me importa. Vaya que no.

Despierta. Ni tu propio padre te quiso. No te importa porque no quieres que te importe, pero sientes demasiado y no sabes hacerlo, no sabes hacer lo que hacen todos cuando se acompañan, no sabes hacerlo fácil, aunque con él fue fácil porque te propusiste ser fácil. Levántate que hay que ir a Civil. Levántate que tu vieja se va a poner a rabiar. Levántate sin un mensaje de buenos días y sufre en silencio. Sufre tomando leche de arroz, sufre porque te gusta un géminis insoportable y tú eres un escorpión mojado en el pantano con musgo, muy lejos de la luz, muy lejos del amor.

Culpa a tu padre y perdónalo en la sesión del sábado en el hospital psiquiátrico. Perdónalo a la fuerza, perdónalo con calma, perdónalo y mándale un mensaje hipócrita. Anda a la universidad y conversa con tus amigos y diles que tienes yerba para fumar antes de entrar a Civil. Te dirán que sí, démosle, pero sabes que no deberías fumar porque el sábado tendrás que mentir por tu consumo culpable y llegarás a tu casa a soñar despierta con 3 pastillas de clonazepam. Háblale a tu mejor amiga que está lejos y contenta con sus 4 novias y, cuando hables, te escuchará, drogada, con las pupilas más grandes que… Y le dirás que intentaste masturbarte pero no pudiste por los antidepresivos y las clonas que hace tiempo deberías haber dejado.

Habla del olvido, disfrázalo de crítica a la memoria colectiva. Habla del olvido preparando las líneas en la cocina y cuando llegue su turno sonreirás como sonríe mientras duda si inhalar otra más o no, ese es el tipo de reflexión que hace y que haces mientras duermen cada uno en su colchoneta. Habla sobre el olvido con un italiano en el parque. Llórale lágrimas falsas para que alguien al menos te tenga algo de compasión, compersión. Habla y pretende que estás olvidando. Miéntete, miéntele. Olvida el código que necesitas en la Solemne, olvida a tus amigos y sus madres y tu propia madre acuariana demasiado por los aires y las causas sociales.

Llora sola amando y odiando a tu madre mientras olvidas a un géminis ajeno, lejano y mejor amigo algunas noches en el centro de la ciudad. En la plataforma del metro. Muérete de la risa pensando que qué agradable, qué ganas de abrazarle, qué ganas de tirarse a los rieles del metro, qué ganas de decirle «maldito géminis» yo soy tan sólo agua y el agua se moldea o se va a la mierda. Háblale del olvido sin que sepa que hablas de él, de olvidarlo a él. Deja de tratar de entender la manera en que te quiere, porque más de una vez te ha querido y lo sigue haciendo, sólo que no entiendes cómo. Ódiate por no entenderlo, ódiate, ódiate, no sabes qué es peor: la rehabilitación de drogas o del desamor, ódiate hasta la próxima vez que se vean, ódiate con calma, no lo odies a él.

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