El noveno arcano

Pintura de Jorge Camacho
0 676
Amaury R. Ledesma. Lagos de Moreno, Jalisco, México, 1991.
 
Arquitecto de profesión. Su obra narrativa se centra en relatos sobre lo fantástico, seres sobrenaturales, taumaturgia e ironía, donde sus personajes experimentan circunstancias insólitas, y se ven inmiscuidos en una trama que puede llegar a ser desfavorable para ellos. Todos sus relatos están conectados, comparten el mismo universo, y este cada vez se hace más grande. Eventos siniestros, ironía, infortunio, destino, maldad y prodigios, abarca el arquitecto Ledesma en su universo literario. 
Es co-fundador de la revista literaria digital Perro Negro de la Calle, que lleva en línea desde el 2016, y ha participado en el encuentro de poetas Francisco González León desde el 2018, en la ciudad de Lagos de Moreno, Jalisco.
 

 

Él era un eterno buscador; buscaba y rebuscaba. En las decenas de años que su piel ostentaba se plasmaban también las decenas de tierras que había visitado en su incesante prospección.

Yo tan solo era una pequeña niña de doce años cuando lo conocí; cuando conocí a Ulfelican Alekseev. Fue el 11 de enero de 1677, en las calles de un reconstruido Londres. Entre tanto gentío, él resaltaba por su peculiar vejez, una anormal estancia de años en su ser, su negra túnica y capucha que cubría su cabeza y que hacía notar aún más su plateada barba larga.

Yo también resaltaba en el tumulto de esa mañana; era el último objeto de compra, el plato fuerte de la venta matutina. Era una esclava a merced del comprador con más oro, a merced de una infinidad de detestables destinos, en las que casi en todos ellos, la esclavitud se apoderaría de mí; casi en todos los destinos, pero con Ulfelican ahí, entre la multitud, mi destino sería otro.

Adolf, el detestable y asqueroso comerciante de esclavos, vociferaba al tumulto lo bien que sería tenerme como esclava. Los despreciables hombres y mujeres gritaban sus ofertas. El viejo Ulfelican deambulaba entre todos ellos, indiferente ante el espectáculo.

No fue hasta que Adolf, en su avaro intento de escuchar ofertas cada vez más jugosas hacia mí, gritó:

— ¡No pueden dejar ir la oportunidad, damas y caballeros! ¡Esta niña está muy sana e innumerables tareas y órdenes podría acatar! ¡La pequeña Estrella es lo que están buscando!

Ulfelican, de quien yo estaba atenta, en cuanto escuchó mi nombre dejó de ser indiferente. Me vio, contempló mi mirada cansada, mis ojos desgastados, pero también atentos a los suyos, desde antes, incluso, que los suyos me miraran.

Él se abrió tranquilo paso entre la muchedumbre gritona, y sorpresivamente para ellos, y para mí, se acercó al repulsivo Adolf, se paró justo enfrente de él.

La presencia del anciano tenía un aire de imponencia y todo se silenció en aquel momento. Adolf miró con desagrado y duda al mismo tiempo al viejo hombre que cara a cara se le ponía.

— ¡Apártate, viejo! —exclamó el esclavista.

— ¿Qué tan miserable se necesita ser como para intercambiar la vida humana por riqueza? —preguntó el anciano.

Adolf mostró su asquerosa sonrisa, sus pútridos dientes sin higiene alguna, y carcajeó.

—En exceso miserable, anciano —respondió—, por eso pido mucho por la niña que yo mismo he criado desde su nacimiento, así que ¡no estorbes en mis negocios y vete!

Yo estaba delante de los dos y pude ver cómo Ulfelican llevaba su mano derecha detrás de él mismo mientras sostenía un trozo macizo de metal.

—La avaricia tiene un costo también; las riquezas acumuladas son efímeras, se consumen, así como los placeres que de ellas surgen —dijo Ulfelican.

— ¿Tú qué sabes de riqueza, anciano mendigo? —Preguntó arrogante Adolf—. Si no estás interesado en estos negocios, te aconsejo que te apartes o de verdad saldrás lastimado.

—Espero que recuerdes muy bien mis palabras —sentenció el viejo.

En esos momentos, el pedazo de metal que había visto en la mano del anciano, ahora era una pieza de reluciente oro.

—Aquí tienes tu riqueza, disfrútala tanto mientras puedas —dijo Ulfelican mientras Adolf y todos los demás quedaban estupefactos ante tremendo trozo de oro—. Con esto es suficiente para que quites tus garras de la niña.

El esclavista no podía creer lo que contemplaban sus ojos, su semblante cambió de manera radical, y pasó de ofender al viejo a adularlo con hipocresía y conveniencia, cosa que Ulfelican ignoró fulminantemente.

—Estrella, anda, ahora el distinguido y sabio caballero será tu amo —me dijo Adolf.

—Yo no soy su amo. Del único que soy amo es de mí mismo —dijo el viejo.

Ulfelican comenzó a caminar, yo lo seguí, el despreciable esclavista Adolf se quedó ahí, mirando como idiota su oro, aventando su asqueroso aliento y puliéndolo con su ropa.

Caminé detrás del anciano, él no me dirigía en lo más mínimo la palabra, yo estaba muy confundida, pero algo en él evitaba que sintiera miedo por el destino que fuera a encontrarme.

«Yo no soy su amo. Del único que soy amo es de mí mismo», — ¿Qué significaba eso que había dicho él? Si él no sería ni se sentía mi amo entonces ¿era libre? ¿Continuaba siguiéndolo o escapaba a dónde quisiera? —. Muchas dudas rondaban por mi mente, pero insistente seguía los pasos del anciano.

Después de caminar un largo trayecto, Ulfelican dio un par de monedas a un cochero, nos subimos y el conductor emprendió camino.

Yo no hablaba, no sabía si tenía permitido hacerlo, y el anciano tampoco pronunciaba ninguna palabra. Tuve tiempo suficiente para contemplarlo más a detalle. Se había quitado su capucha y su cabello largo, amarrado con una negra cuerda, era tan plateado como su larga barba. Arrugas hacían relieve en su rostro y sus ojos castaños alicaídos parecían que mantenían muchos secretos y sabiduría del pasar de los años.

Durante bastante tiempo estuvimos recorriendo los caminos, fue hasta ya entrada la tarde que Ulfelican pidió al cochero que se detuviera, el hombre lo hizo y después bajamos del carro. Los caballos relincharon y se alejaron de nosotros por el camino.

El viejo y yo nos quedamos varados justo en los límites del bosque. Yo lo observaba, y de pronto me miró.

—Pequeña Estrella, estamos lo suficientemente lejos como para que ese granuja no pueda encontrarte, nunca más volverás a ser esclava, puedes irte —me dijo el viejo.

No podía creer lo que me había dicho.

—Pero, mi señor, usted me compró —le dije.

—No digas tonterías, niña —rezongó Ulfelican—, no puedes comprar la vida ni la voluntad de nadie. El oro que le di a ese nauseabundo hombre, en algunas cuantas horas más regresará a ser el plomo que siempre fue. Yo sería incapaz de seguir el patético y ruin juego que es el negocio de la esclavitud.

En ese momento no entendí lo que había querido decir con que el oro volvería a ser plomo. Con sus palabras me quedé en sorpresiva incertidumbre.

—Mi señor, yo no tengo a dónde ir. No hay familiar, amigo o persona cercana a la que pueda acudir.

—No soy tu señor. Si vas a referirte a mí será por mi nombre; Ulfelican Alekseev —me dijo el anciano—. A unos cuantas millas de aquí hay un pequeño poblado, busca tu destino.

Qué gran ironía estaba experimentando yo; no había tenido esperanza alguna de sentir la plena libertad en mi vida, y ahora que podía, me causaba un gran pavor, el viejo lo supo, vio mi mirada y dijo:

—Tú, Estrella, no estás obligada a seguirme, pero si está en tu voluntad hacerlo, adelante, no sería la primera vez que alguien me acompaña en lo que hago.

— ¿Qué es lo qué haces, Ulfelican? —le pregunté.

—Buscar —me respondió.

— ¿Buscar? ¿Qué es lo que buscas?

—Todos buscan algo; buscan lo que desean, lo que nunca han tenido. Yo busco lo que tuve y alguna vez perdí. Busco a mi padre.

Que me respondiera eso causó una gran extrañeza en mí, — ¿Cómo un hombre tan anciano buscaba a su padre? ¿Acaso no su progenitor debía de haber fallecido décadas atrás? —, pensé.

Ante mi miedo y repentina libertad ¿Qué podría hacer yo? Haciendo uso de esa libertad estaba más que dispuesta a seguirlo. Con instinto, sería mi primera decisión plena y libre.

—Soy huérfana, he vivido toda mi vida en la esclavitud —le dije—. Mi padre fue inglés, mi madre era de un lugar llamado Oriente Medio o Bani Na’im. Adolf, mi esclavista, siempre me confundía con eso. Mis padres habían escapado de ese lugar que te menciono, tiempo después y antes de que yo naciera mi padre fue asesinado y mi madre cayó en las garras de la esclavitud. Ella murió después de darme a luz y de nombrarme con el nombre que poseo, el nombre que mi padre, según lo que sé, siempre quiso.

» Adolf siempre buscaba torturarme contándome toda esa información, él sentía placer viendo mi sufrimiento, el sufrimiento que se desataba al saber yo que alguna vez pude haber tenido una vida normal y plena.

—No te autocompadezcas de las desgracias que has vivido, Estrella —me dijo Ulfelican—. Afianza tu voluntad y construye la versión mejorada de ti con los cimientos del recuerdo del dolor experimentado. Todo sirve, hasta el sufrimiento, que al final es inevitable.

Después el anciano me explicó que era muy probable que ese lugar, de donde mi madre procedía, era Bani Na’im y que se encontraba en la región de Oriente Medio, aunque él desconocía si ese dato era verídico después de todo, pero me dijo que se cercioraría. Fue entonces que yo le expresé que, en algún punto de mi vida, era mi libertad y mi deseo contemplar el lugar de origen de mi madre y saber si una familia me esperaba.

Estaba sorprendida, yo había crecido en la esclavitud, sí, pero siempre había sido una chiquilla con ganas de saber, de aprender a leer y a escribir, de conocer más que solo mi asqueroso entorno de podredumbre y rodeada de ignorancia, sabía que el saber me haría libre, pero tenía que buscarlo y acceder a él, y con solo una tarde al lado de ese anciano, ya había aprendido más de lo que en mis doce años había visto del intento de hombre que era Adolf.

—Entonces, si tu voluntad lo dicta en ti, puedes acompañarme el tiempo que desees y dejar de seguirme cuando esa misma voluntad lo dicte —me expuso Ulfelican.

Y así lo hice, lo seguí. Después de caminar un rato en el bosque, me pidió que consiguiera un trozo de madera y una piedra. Fui por ellos y después de dárselos, el anciano me pidió que aguardara y se fue caminando solo por el bosque, luego me llamó. Cuando acudí hasta él, una cabaña se encontraba a sus espaldas. Pensé que era su hogar, pero se trataba de algo más que eso.

La noche llegó al bosque y nos resguardamos en esa construcción.

El anciano encendió la chimenea, me dio algo de comida; moría de hambre, pero eso no me impidió discernir que los alimentos que degustaba ahí eran los más deliciosos que había probado nunca. Ulfelican no cenó, comía poco de hecho; lo suficiente y cuando fuera necesario.

Recuerdo que aquella noche fue esclarecedora. Charlamos mucho, el fuego de la chimenea tornaba de acogedora sensación aquel lugar.

— ¿En verdad buscas a tu padre? —le pregunté ya sin miedo y con cierta confianza hogareña. Sí, hogareña, sentí que así debía de ser un pleno hogar.

—Claro, lo busco desde hace doscientos años —me respondió.

Aun siendo una niña, con toda la ingenuidad de mi juventud que podía ostentar, aquello que me había dicho, para mí, sonaba disparatado e ilógico.

—Eso no es posible —dije—, nadie puede vivir tantos años.

—Si eres como la masa de carne, los comunes, los que se dejan llevar por solo lo banal de nuestra realidad, es imposible, sí, pero para mi estirpe, los arcanos ocultos como la prolongación del terrenal existir han sido más que dominados —me explicó.

Ulfelican Alekseev, descendiente de un linaje de eruditos, sabios y ocultistas hombres y mujeres. Rusia había sido su tierra natal. Los Alekseev habían dominado ciertos conocimientos, ciertas habilidades que, para las comunes personas, —era obvio— parecían ilógicos. La alquimia, la astrología, taumaturgia, todas las artes herméticas y ocultas dominaban los miembros de esa familia.

Cada Alekseev solo concebía a un vástago; uno era más que suficiente, el progenitor se encargaba de traspasar todos sus conocimientos, que a través de las generaciones habían sido transmitidos, y así sucesivamente. Era una familia llena de enigmáticas tradiciones. Pero Ulfelican había perdido a su padre a temprana edad, peligrando con ello la cadena de conocimiento ancestral. Tuvo que aprender por su cuenta; mientras emprendía su centenario andar buscando y buscando; buscando a su padre.

En doscientos años visitó y recorrió muchos lares, aprendió de muchos otros eruditos; leyó, supo, conoció, pero nunca dejó su andar de prospección, pues sabía que, si encontraba a su padre, el conocimiento de sus antepasados no se perdería en el implacable pasar de las eras.

—La última vez que lo vi fue en España —me contó Ulfelican—, yo tenía quince años y le había seguido el rastro hasta allá. El dolor me invadía mientras lo veía. Sabía que ya nada sería igual, sabía que todo había cambiado desde ese momento, pero también sabía muy bien que mi búsqueda seguiría a pesar del dolor que sentí, y así fue y así sigue siendo; aún continuó buscándolo. Lo busco en cualquier lugar contenedor de conocimiento.

— ¿Y cómo era tu padre contigo cuando eras niño? —pregunté al viejo.

—En mi infancia fue mejor amigo que padre, sin duda —me respondió el anciano mientras se acariciaba la barba recordando—. Solía impulsarme en mi estudio, siempre motivándome para aprender más y más, pero las cuestiones de un niño abarcan más que solo el crecimiento intelectual; en eso, mi padre, era ausente ante mí, en eso, me las tuve que arreglar yo solo, para que al final de cuentas, en mi solitario andar posterior, me formara yo mismo en todos los aspectos.

— ¿Lo admiras?

—Admiro su recuerdo —me respondió Ulfelican contundente.

El padre de Ulfelican había huido cuando este tenía doce años: huyó para protegerlo. La iglesia daba caza a cualquier estudioso de las arcanas artes, y no solo peligraba su vida, sino también la de su pequeño hijo. Debía de alejarse de él y en algún punto mostrarle toda la sabiduría que debió instruirle.

Él sabía que su hijo lo encontraría tarde o temprano; también sería una prueba para el muchacho, que debía demostrar su fortaleza, prudencia y templanza en su solitario camino.

Sentada ahí, ante el fuego de la chimenea y escuchando al viejo sabio, no me quedaba ninguna duda de lo que quería hacer; quería acompañarlo, aprender de él todo lo que pudiera, arrasar con la escoria de recuerdo del mundo en el que había vivido antes de conocerlo. Ver el mundo que veían sus ojos y apreciar el accionar de las artes ocultas que él dominaba y que me causaban tanta intriga y curiosidad.

Me dijo que dejaría Inglaterra pronto para recorrer nuevos senderos por la Europa continental, siguiendo en su búsqueda.

—Yo iré contigo —le dije—, te acompañaré en tu búsqueda.

—Ahora que te he contado tanto ¿Por qué tomas esa decisión de seguirme en mi buscar? —preguntó.

—Porque sé que encontrarás —respondí.

Él accedió. A la mañana siguiente emprendimos el viaje al continente, viaje en el que visitamos muchos países, hablamos con otros eruditos, hojeamos muchos libros de vastas bibliotecas. Los meses pasaron, Ulfelican me enseñó a leer y escribir, me enorgulleció tal logro en mi vida, él se convirtió en un maestro para mí.

En esa travesía, en cualquier país que nos encontráramos, siempre la pequeña cabaña nos acompañaba. Ulfelican, en toda ocasión en la que necesitáramos refugio, me pedía que buscara un trozo de madera y una piedra para después alejarse y poco tiempo después lo encontraba enfrente de esa cabañita que, para mí, era nuestro hogar también viajero. Era evidente que el sabio viejo usaba sus conocimientos en artes ocultas para ello.

Yo fui terca en que me enseñara tales conocimientos.

—Antes de adentrarte en el conocimiento oculto, primero deberás conocer el saber que es evidente, el saber que te rodea. Aprenderás del mundo físico convencional y tangible para después darte cuenta de que no todo es tal y como se aprecia —me dijo el sabio un día.

Y así fue; yo pasaba noches leyendo, mucho más allá del itinerario que Ulfelican había diseñado para mí. Él me había presentado el mundo de los libros, el mundo del conocimiento; las ideas de otros hombres y mujeres de otros tiempos, de otros lares, que habían trascendido más allá de la muerte de sus autores. Me enseñó que esos artefactos del saber eran la salvación del ser humano. Ulfelican me había dado el mayor regalo de mi vida: el interés, las herramientas y el acceso de los libros.

Nosotros dos seguimos buscando y buscando al padre del sabio. — ¿Cuánto saber tendría aquel hombre, si era más longevo que el viejo Ulfelican? —, me preguntaba siempre.

Después de cierto tiempo yo ya era capaz de investigar —precozmente, sí, pero aun así era de ayuda—, al lado de mi maestro. Él seguía aprendiendo, quería conocer más, lo admiraba por esa hambre de saber aun portando tan vasto conocimiento en su vejez y experiencia.

El anciano tenía especial interés en las bibliotecas de toda Europa y del mundo. Eran los primeros lugares que visitábamos cuando llegábamos a una nueva ciudad y, aun así, al no encontrar a su padre o no tener pista de él, en aquellos recintos, entre libros guardados en los pasillos, el mismo Ulfelican hojeaba y buscaba localizaciones de otras bibliotecas. Era renuente en decir que, entre todos los lugares, su padre hubiese elegido una biblioteca para refugiarse.

Bastaba con que los dueños de esas vastas colecciones de volúmenes charlaran con el viejo, para que quedarán deslumbrados por el conocimiento de mi maestro. Entre eruditos se estimaban.

Después de dos años de viaje al lado de él, el sabio comenzaba a darme ligeros y prácticos esbozos de las artes herméticas, algo así como indicios de ese saber de acuerdo a mi edad, axiomas que me ayudarían en un futuro, eran conocimientos leves, pero de bastante soporte para mis estudios posteriores.

Una noche encontré a Ulfelican con sus cartas del tarot; me pareció sumamente interesante.

—Que cartas tan más extrañas —le dije al viejo.

—Cada una tiene su significado particular —dijo Ulfelican—. Se necesitan años de estudio para entender el total y verdadero significado de cada personaje de estas cartas. Los mensajes que aportan pueden ser de gran ayuda y esclarecedores.

Mientras tocaba su barba plateada y me decía eso, pude ver en la tirada un naipe que me causo singular sentimiento, lo apunté y dije:

— ¡Mira! Ese hombre plasmado en la carta se parece a ti.

—Es el noveno arcano —dijo Ulfelican—, el ermitaño, símbolo de la sabiduría, de la guía y de la búsqueda. Mi padre solía decirme que algún día ese naipe me representaría a mí.

—Ulfelican, creo que ya te representa —le comenté.

—No, no puedo ser ese viejo en el naipe, me falta mucho conocimiento, mucho que aprender, y también me hace falta alejarme de la sociedad, ser el ermitaño en sí. Una vez que encuentre a mi padre comenzaré a ser, por completo, el noveno arcano.

—A tu padre ¿qué carta le gustaba?

—Siempre le agradó esta —me dijo tomando de la tirada de cartas el naipe del loco—, y por lo menos, de todas las cartas, el loco me recuerda más a él. No tiene número, porque el loco no es de este plano, de esta realidad. Mi padre fue el loco a los ojos de la sociedad acusadora, pero él se reía de ellos, porque él conocía y sabía, porque él tenía saber.

— ¡Asígname un naipe, Ulfelican! —le pedí con emoción.

—Creo que desde hace mucho ya te lo asignaron, niña —dijo él.

Me sorprendí, no sabía a lo que el anciano se refería, hasta que sacó del mazo de cartas el naipe que iba a sacar antes de que lo interrumpiera, y después lo tiró sobre la mesa y exclamó:

—El décimo séptimo arcano: ¡la estrella!

Sentí emoción, una infantil emoción, debido a que uno de esos naipes llevara mi nombre, o más bien al revés, y miraba al sabio esperando una reveladora explicación sobre el significado de la carta número diecisiete.

—Tú eres el significado de la carta. Tú, en toda tu esencia, lo eres.

En ese momento, no entendí sus palabras, pero de todas formas le dije:

—Eres el ermitaño que busca al loco acompañado de la estrella ¡vaya tirada!

Él sonrió, casi no lo hacía, le había gustado mi comentario precoz, me enorgullecí de eso.

Seguimos viajando, seguimos buscando, continuamos aprendiendo. Encontrábamos bibliotecas, encontrábamos parajes, encontrábamos saber.

Cinco años habían pasado ya, desde que aquel anciano me había rescatado del pútrido lugar en el me encontró rodeada de toda esa inmunda gente grotesca. «Yo no te rescaté, tú no pertenecías a ese mundo, ni eras parte de esa gente, tarde o temprano te unirías al mundo al cual siempre perteneciste, para el cual naciste», me decía cada vez que tocaba el tema.

Esos años de estudio y de conocimiento me hicieron más astuta, más sagaz. Ulfelican era un gran maestro, estricto, pero certero de enseñanza. Yo a esa edad ya podía entablar largas y emocionantes charlas con él, algunas veces, hasta discusiones.

Estábamos en Pergamo; cuando una tarde, en la que yo me había quedado sola estudiando en la cabaña, llegó Ulfelican portando consigo un libro y también emoción.

—Estrella, mira lo que he encontrado —me dijo el anciano—. Abre este libro.

Tomé el libro con la misma emoción, era un extraño volumen que describía «Lugares del saber» a lo largo del mundo. Di unas cuantas hojeadas y después leí sobre los rumores de una antigua biblioteca cerca del mar muerto, cerca también de Bani Na’im, ¡el pueblo de mi madre!

—Lo que deseaste una vez de niña, está cerca. Iremos a ese pueblo a buscar a tu familia, iremos a encontrar también esa biblioteca del mar muerto, nuestra tirada de naipes ya se ha hecho.

Partimos. Yo sentía emoción, pero también incertidumbre — ¿Qué iba a hacer yo en ese pueblo? ¿Habría familia que me estuviese esperando? —, me preguntaba, — ¿Significaba entonces que mi andar al lado de Ulfelican terminaría? —, tenía sentimientos encontrados.

Nuestro rumbo por fin nos condujo hasta aquella zona. El anciano Ulfelican, ante todo, era también un caballero, y propuso primero, al llegar a Bani Na’im, que indagara si había algún familiar mío ahí, antes siquiera de indagar por la biblioteca.

Pero yo no sabía ni que buscar, el miedo me abordaba, — ¿Cómo y a quién buscaría? —. Al final no me quedó de otra que preguntar a los habitantes del poblado usando el nombre de mi madre en la pregunta «¿Badra Azaad?», cuestionaba con ello a los nativos.

Fue un hombre gruñón, que al oír el apellido de mi madre exclamó algo que yo no entendí, pero Ulfelican sí. «Familia Azaad», me tradujo el anciano. El hombre que nos había dicho eso le explicó a mi maestro que la familia Azaad vivía alejada del pueblo, al este del mar muerto, habitaban en las secas montañas. También nos dijo del escándalo que se había suscitado después de que un inglés, años atrás, había escapado con la única hija de esa familia. Era evidente que estaba hablando de mis padres; estaba cerca de encontrar mi origen.

Ulfelican y yo nos dirigimos a la zona que nos indicó aquel hombre, hacia las montañas.

El sabio veía mi nerviosismo.

— ¿A qué le tienes miedo, Estrella? —me preguntó.

—A lo que encontraré. No sé ni qué pensar —le respondí.

—La serpiente siempre se muerde la cola, muchacha. Tú miedo es el miedo al origen, a tus raíces. La prospección que siempre llevaste dentro habrá de culminar. Encontraste tu origen en la plena libertad. Afróntalo.

Bajé la cabeza.

—Pero… ¿Y tú? —le pregunté.

—Alguna vez te dije que todo el mundo buscaba algo, y yo seguiré buscando, es posible que aún me falte andar. El tiempo que vivimos juntos era necesario para ambos, pero nunca fue cadena.

Seguí pensativa en nuestro rumbo a las montañas. Veía la silueta del sabio Ulfelican en el atardecer: esa túnica y capucha casi druídicas, su larga y plateada barba y el cayado peculiar que llevaba lo hacían ver aun con más sapiencia.

Yo tenía un enorme conflicto interno, — ¿En verdad mi búsqueda culminaría ahí? Si así sería ¿Por qué sentía ese vacío? —. Los últimos años había aprendido tanto al lado del viejo, había visitado tantas tierras.

Lo que me había forjado había sido la búsqueda, pero una búsqueda ajena que al final me había llevado al punto de casi culminar la propia, que indudablemente, había dejado en segundo plano. En ese momento todo llegaba a su fin, mi búsqueda misma me había encontrado, era inevitable. Pero era inevitable también mi libertad, sí, mi voluntad y libertad. Esa voluntad dictaba en mí que todo eso no era el final de mi andar, no significaba que debía dejar el mundo que había experimentado. Conocería a la familia de mi madre, pero al ser yo una mujer pensante y ama de mi voluntad, elegía que mi búsqueda, mi nueva búsqueda, sería el conocimiento mismo, y Ulfelican era para mí eso; era mi maestro, mi amigo, mi mentor, y mientras encontrara a su padre, yo aprendería más a su lado. Y ese destino me inspiraba aún más hacia el descubrimiento. Era libre de elegir, y elegí continuar el andar con Ulfelican, pasara lo que pasara.

Cuando llegamos a las montañas, tratamos de encontrar la vivienda de la familia Azaad. Muchas cuevas y grutas podían encontrarse ahí, pero de entre todo el seco y rocoso paraje, destacaba una puerta de madera, incrustada en una pared rocosa. Nuestra prospección continuaría tocando a esa puerta.

Ulfelican lo hizo. Yo estaba muy nerviosa, quizá uno de mis familiares abriría esa puerta, después de todo, ese era el único indicio de que alguien viviera en ese paisaje.

Se escuchó a alguien acercarse por dentro. Mis nervios estaban al tope, — ¿Qué me dirían? ¿Reconocerían el rostro de mi madre en el mío? —.

La puerta se abrió, dejó ver a otro anciano; bajito, con cabello corto y también canoso, se veía en sus ojos la dureza de vivir en aquel lugar, pero también se veía una serenidad extraña, e incluso, sabiduría.

Ese hombre se sorprendió muchísimo cuando nos vio, pero a nosotros nos dejó atónitos cuando dijo:

— ¡Mi señor! ¡Oh! Pero qué gran alegría, ¡Es usted! Lo hemos estado esperando desde generaciones atrás. Por fin llegó a nosotros.

El viejo se había dirigido a Ulfelican, de hecho, ni siquiera volteó a verme, estaba extremadamente emocionado, creo que jamás vi tanto júbilo expresado en alguien más.

Ulfelican, en primera instancia, también lucía sorprendido, y me miró con duda y extrañeza.

—Pero pasen, pasen —dijo el hombre mientras estiraba su brazo a manera de bienvenida hacia el interior de la cueva—. Para mí, señor Ulfelican, es un verdadero honor haber acontecido esto.

— ¿Pero qué demonios? ¿De qué se trataba todo ese regocijo? —, me preguntaba yo. Pasamos al interior, aquel hombre caminaba delante de nosotros a través de ese túnel cavernoso. Era un sistema de cuevas adaptado a manera de vivienda. Ulfelican había tomado un farol de la entrada, parecía más que nunca el anciano del naipe ante mis ojos.

Llegamos a un pétreo vestíbulo, donde una anciana se encontraba.

— ¡Contempla, Sara! ¡Ulfelican está aquí! —exclamó el hombre alzando sus brazos.

— ¡Oh! Señor Alekseev, esta es una noche de júbilo —dijo la anciana Sara.

Tanto mi maestro como yo no entendíamos la gran emoción de ese matrimonio de ancianos.

No fue hasta que Ulfelican iluminó las paredes de aquel vestíbulo con su farol que entendió todo; entonces se dirigió a los ancianos y preguntó:

— ¿Está aquí?

En esas paredes no había otra cosa más que libros; volúmenes enteros revestían los salinos muros.

—Claro, señor —respondió el hombre—, ha estado aquí desde hace casi doscientos años, esperándolo.

Mis ojos se abrieron cuando entendí. Mi corazón latía rápido, casi se salía de mi pecho. Ulfelican permanecía calmado, al menos eso aparentaba su semblante, pero el farol en su mano temblaba. ¡Su padre! ¡Su padre estaba ahí, en ese lugar!

—Su padre lo ha estado esperando aquí con nosotros y con mi padre, y con mi abuelo, y más atrás, antes que nosotros —dijo el hombre—. Él está justo ahí, bajando esas escaleras y atravesando esa puerta. Es la habitación más especial de esta vasta biblioteca, ahí se encuentran los volúmenes más exquisitos, digno espacio para su padre.

Ulfelican me miró, pero lo hizo con melancolía.

—Estrella, la serpiente siempre se muerde la cola —me dijo—. Nunca imaginé que mi búsqueda terminaría así, pero siempre sentí que tú estarías conmigo cuando finalizara, tenía que ser así, tú fuiste mi décimo séptimo arcano.

—Y yo sabía que ibas a encontrar, Ulfelican —dije con lágrimas de alegría—. Ahora podré conocer a tu padre, a aquel hombre que por siglos buscaste.

Ulfelican se acercó a mí, y cuando dije eso colocó el farol en su cayado y para sorpresa mía me dijo:

—Lo siento mucho, Estrella, tú no conocerás a mi padre y tampoco partirás con nosotros de aquí.

Sus palabras me dolieron en el alma.

—Pero ¿por qué me dices eso? —le pregunté—. ¿Por qué no quieres que vaya con ustedes? ¿Acaso les estorbaría?

—Te he dicho eso porque así tiene que ser, tú no puedes acompañarnos en la siguiente etapa de nuestro andar —dijo.

Mis lágrimas de alegría se tornaron de furia expresiva. Sentía tanto dolor porque a quien yo consideraba mi maestro y amigo me apartara de su vida así nada más y de forma tan abrupta y sorpresiva. Con capricho lloré de rabia.

— ¡No puede ser así! —le grité—. ¡Es tan cruel que me digas eso! Ni siquiera eres capaz de expresar algún dolor por esto. No, Ulfelican, no me apartes de la vida que he vivido en tu andar.

—Tu dolor me es indiferente —me dijo certero—. Yo no experimentaré dolor por esta inesperada despedida, no lo haré, porque esto tiene que ser.

— ¿Despedida? ¡Maldito! ¡Ya es total y rotundo para ti!

—Sí, despedida. Mírate, Estrella, te has convertido en una brillante mujer. No fue gracias a mí, ni a la vida que viviste conmigo, tu esencia ya estaba predispuesta a eso. No te encapriches pensando lo contrario.

—No, no puedo aceptar lo que me dices, anciano, no puedo.

—Lo aceptarás y más pronto de lo que te imaginas. Me encontraré con mi padre y nos iremos él y yo de aquí, iré a por mi siguiente búsqueda que culminará mi destino. Tú, créeme, oh mi niña, que obtendrás con ello un nuevo motivo para seguir buscando.

Miré con desesperanza y frustración a Ulfelican.

— ¿Eso es lo que pretendes? —pregunté—. ¿Qué pase yo también toda una vida buscándote por el mundo? ¿Qué clase de reto retorcido me quieres imponer?

—Yo nunca te he impuesto nada, Estrella. Lee entre líneas. Algún día entenderás mis palabras, usa la razón. Esta noche nuestros caminos se dividen, pero nos llevarán al mismo destino. Debo de ver a mi padre y tú no puedes venir en esta ocasión.

Las lágrimas inundaron mi rostro de ira mientras Ulfelican descendía peldaño a peldaño la escalera pétrea que lo llevaba hasta la puerta de la habitación donde estaba su padre.

— ¿Me vas a abandonar tal y como tu padre lo hizo contigo, para que te busque por el resto de mi vida? —le grité.

Él se detuvo frente a la puerta, me miró y me dijo:

—Por supuesto que lo haré.

— ¿Por qué me haces esto? —seguí preguntando.

—Porque sé que encontrarás —sentenció.

Ya no me quedaron más palabras que decirle. Él abrió la puerta de aquella habitación mientras poco a poco la luz del farol se adentraba en el interior. Ulfelican ingresó y la puerta se cerró.

Yo estaba furiosa y decepcionada. El matrimonio de ancianos, que había estado escuchando toda la discusión, trató de calmarme, pero me rehusé a recibir sus palabras y salí corriendo del vestíbulo para esconderme en alguna otra habitación de esa vasta biblioteca oculta en el corazón de la montaña; y me quedé dormida de tanto llorar, de tanto pensar, de tanto recordar y de tanta desilusión.

Después de varias horas, Essân, —ese anciano, guardián de la biblioteca—, me encontró y me despertó.

—Mi niña, despierte —me dijo.

De inmediato me exalté y le pregunté:

— ¿Y Ulfelican? ¿Dónde está? ¿Sigue hablando con su padre?

Essân me miró con compasión mientras ponía su mano en mi hombro en señal de apoyo y consuelo.

—Estrella, el señor Ulfelican partió junto con su padre al amanecer…

— ¡No es verdad! ¡No! ¿Cómo pudo atreverse a hacer eso así? —grité con todas mis fuerzas.

Empujé al viejo y salí corriendo rumbo a aquella habitación, crucé su puerta; todo ese cuarto era un enjambre de libros. En su centro había una mesa y una silla, el farol de inusual perennidad, que había portado Ulfelican, iluminaba la habitación desde el centro de la mesa.

Permanecí inmóvil ante la ausencia del sabio. Sara y Essân entraron a la habitación.

— ¿Cómo era el padre de mi maestro? —les pregunté con un semblante tan pétreo como las paredes de esa biblioteca.

—Eh… Bueno, en realidad nosotros nunca lo conocimos en persona —me dijo Essân.

Tal comentario me desconcertó.

— ¿Estuvo doscientos años aquí y nunca lo vieron o hablaron con él? —les cuestioné.

—A decir verdad, lo conocimos… De cierta forma —dijo la anciana Sara.

—Hay hombres y mujeres que llevan más tiempo en este recinto del saber — agregó Essân.

—No he visto a nadie más aquí, solo a ustedes dos —les dije.

— ¡Oh, mi niña! Claro que los has visto —dijo el viejo—. Mira a tu alrededor, recorre los pasillos de esta biblioteca y date cuenta de que están aquí.

Observé los muros de la habitación, confundida por las palabras de los ancianos.

—Aquí no hay más que libros —reproché.

—Hombres y mujeres de antaño. Los seres humanos son ideas y pensamientos y aquí se resguardan —me dijo Sara.

—Mi niña —agregó Essân—, cada libro que ves aquí es un hombre; no su carne, no sus huesos, sino su mente, sus ideas; en el papel, en el lino, en el papiro o en el cuero de estos libros. Contémplalos.

La sorpresa me invadió mientras con mis ojos recorría cada fila de los libros, o más bien, cada fila de hombres y mujeres a los que protegían esos muros.

Las siguientes palabras del matrimonio de ancianos fueron aún más esclarecedoras.

Doscientos años atrás, el padre de Ulfelican, en su exilio para proteger a su hijo, había compilado todo su saber y el saber de sus ancestros en un libro; un método de emergencia que ya había sido utilizado por otros miembros de la familia Alekseev en el pasado, y que sería utilizado también en esas circunstancias. Todo ello en caso de que el progenitor muriera; el saber continuaría a través del libro, y Ulfelican siempre lo supo porque se lo había dicho su padre desde las primeras lecciones de su educación y continuamente se lo recordaba. Era de suma importancia saberlo.

Su padre había buscado el lugar idóneo para ocultar esos conocimientos hasta que encontró la biblioteca del mar muerto.

Conoció al ancestro de Essân; perteneciente este también a una tradicional y peculiar familia, cuyo objetivo fundamental, generación tras generación, era reunir, resguardar y preservar saber, conocimiento; libros.

Aquel ancestro quedó sorprendido por la sapiencia, las habilidades y dotes que el padre de Ulfelican poseía, y por esa razón hizo un solemne juramento.

El progenitor de mi maestro le encomendó el cuidado y resguardo del libro que había escrito y que contenía todo el saber que nunca pudo transmitir a su hijo; los incomparables conocimientos de la familia Alekseev, y que peligraban de no seguir siendo transmitidos. Sabiendo que algún día Ulfelican, después de haberse forjado él mismo en su autodidacta estudio, culminaría su formación accediendo al saber de ese libro con que daría al final de su insistente búsqueda; porque de una u otra forma, buscaría, no había duda de eso.

El ancestro de Essân, en ese entonces, supremo guardián de la secreta biblioteca del mar muerto, le juró al padre de Ulfelican que cuidaría de ese libro por el resto de su vida, además de jurar también, en voz de sus descendientes, la custodia de ese texto en especial hasta que Ulfelican llegara. Juramento que se había transmitido hasta el viejo Essân y a su esposa Sara.

Era evidente, para mí, en ese momento, que el padre de Ulfelican había muerto dos siglos atrás, y lo había hecho en España, cuando su hijo lo vio por última vez, y sabiendo desde aquel momento que todo había cambiado, mientras su padre se quemaba en la hoguera que la misma iglesia había sentenciado tras su captura. Pero Ulfelican, después de eso, siguió buscando a su padre, que en realidad era el libro que, sabía él, le había legado.

Entendí todo, entendí a mi mentor.

Me acerqué a la mesa en el centro de la habitación.

—Mi niña, el señor Ulfelican nos contó todo —dijo la anciana.

—Estrella, sabemos que eres hija de Badra Azaad —dijo Essân—. Badra era nuestra hija. Nosotros somos lo que queda de la familia Azaad, nosotros somos tus abuelos.

¡Mi familia! Tanta vorágine de acontecimientos había hecho que me olvidara de lo que yo había ido a buscar en aquel lugar.

Después de saber eso, mi mente estaba sobrecargada de información, pero los ancianos, viéndome con ojos de esperanza y orgullo, siguieron hablando.

Mis padres, después de haberse enamorado, habían escapado de Bani Na’im, porque todo miembro de la familia Azaad debía permanecer en las montañas del mar muerto, resguardando la biblioteca y aún más con el juramento del cuidado del libro del padre de Ulfelican. Mi padre no podía quedarse toda la vida ahí, debía retornar a Inglaterra, y entonces ellos dos escaparon. Badra Azaad fue la única hija del último miembro de la familia; Essân, y con su escape, la línea de sucesión ancestral de la guardia de la biblioteca estaba culminada. El destino de aquel recinto del saber peligraba.

Tal y como siempre me decía Ulfelican: «La tirada de cartas estaba hecha». Yo era la última descendiente de los Azaad, los guardianes de la biblioteca oculta del mar muerto y había sido instruida por el último de los Alekseev; los eruditos y estudiosos del saber oculto.

Essân y Sara —mis abuelos— me abrazaron con gran emotividad.

El conocimiento de lo que había sucedido en el pasado calmó la desdicha que había sentido por la partida de mi maestro. Ahora entendía sus acciones; desde ese momento entendí las últimas palabras que me había dicho antes de cruzar la puerta.

Por supuesto que me quedé en la biblioteca con los Azaad, con mi familia. Ellos sintieron gran alivio de que el linaje siguiera vivo en mí, y con esperanza, pero aún tenía una búsqueda, una búsqueda que algún día concluiría.

Ahora yo ya soy anciana, mis abuelos hace ya mucho tiempo que murieron. Vivo en soledad dentro de esta montaña, acompañada de todos estos libros. Tengo sesenta y tres años, he leído la mitad de todos los volúmenes; he aprendido por mi cuenta, he estudiado, he sabido y conocido, pero mi verdadera búsqueda aún no ha empezado.

He prolongado mi existir, al igual que mi maestro. Hace mucho tiempo ya que dejé de pertenecer a la masa de carne, a los comunes, los que se dejan llevar solo por lo banal de nuestra realidad. El tiempo no me falta, viviré por muchos años más, terminaré de leer hasta el último volumen de esta biblioteca, y lo siento mucho por mis abuelos, pero no planeo quedarme aquí para siempre; nunca me casé, no tuve hijos, no hubo descendientes, el linaje Azaad morirá conmigo, no era mi destino continuarlo, nunca lo fue.

Y una vez que termine mi estudio en esta biblioteca me iré, porque aún debo buscar, mi prospección aún no termina, debo de encontrarlo.

No sé si buscaré al sabio o al libro, no sé si Ulfelican murió después de haber culminado el estudio del libro de su padre, ni siquiera sé si después de todos estos años culminó dicho estudio. Lo que sí sé es que él crearía su propio libro, él, al igual que yo, era el último de su estirpe y así seguiría, y sabiendo eso, era evidente que no permitiría que tanto saber y conocimiento murieran con él. Ulfelican Alekseev era digno hijo de su padre, y perpetuaría para la posteridad ese conocimiento, por medio de lo que siempre amó: el libro. Por eso mi búsqueda ni siquiera ha empezado aún, en algún punto encontraré al hombre o al texto, que sé que me esperan, y perpetuaré todo el saber combinado de ambas familias; los Azaad y los Alekseev. Haré algo más grande que eso, esa es mi objetivo.

Empecé a leer y a estudiar los volúmenes de esa biblioteca ese mismo día que me enteré de todo, cuando tenía apenas diecisiete años.

Essân y Sara, después del emotivo momento al decirme que era su nieta, me permitieron leer los volúmenes de aquel cuarto que contenía los más exquisitos textos de la biblioteca. Essân cerró la puerta, me quedé sola y pude ver que, sobre la mesa, iluminado por la perenne luz del farol que había dejado mi maestro, había otro objeto. Me acerqué y lo tomé entre mis manos.

Con una sonrisa recordé lo que Ulfelican Alekseev me dijo cuando era niña esa noche que veía la tirada del tarot: cuando encontrara a su padre se convertiría en el verdadero ermitaño. Y de eso ya no había duda, porque lo que yo había recogido de la mesa inundada de la luz de aquel farol, no era otra cosa más que un naipe… El noveno arcano.



Comentarios
Cargando...