Canela

1.021

Escrito por Sofía Correa
Ilustrado por Anaís Neira

Las luces intermitentes hacen que me duela la cabeza. Tampoco ayuda el olor a hombre sudoroso y gel de brillantina, ni los gritos de los clientes peleándose con la música por hacerse escuchar hasta el escenario. Como si superar al ambiente en volumen los pudiese hacer superar en sentido a los pensamientos de los cuales nacieron, pensamientos distorsionados por el alcohol en el que se hunden.

Hace frío. Lo único que quiero es mi polera. Miro mis brazos y los desconozco; hasta hace un par de horas habría parecido que la forma de mi cuerpo me iba a salvar la vida y ahora me pone entre la espada y la pared: por un lado una ráfaga de viento rasguña mi piel descubierta. Sangro internamente. Por el otro ya entran los fantasmas de las manos del público a robar mi piel… una piel que ya no es mía…

—¡Un pajarito nuevo!—comenta al verme la voz dueña de un par en la procesión de taco aguja que perfora su camino hacia el escenario.—Ya era hora. Hacía tiempo que andaban con ganas de carne fresca.

Sale a escena antifaz tras antifaz pero son todos uno, todos una misma cosa.

La pedrería es demasiado para este sostén raro, trata a toda costa de ayudarse de su peso para escapar de mi cuerpo, dejarme a mi suerte, pero viéndose frustrado en sus intentos, me raspa la cintura con sus flecos a modo de protesta.

Juro, por un instante, que puedo oír la puerta principal… abrir, cerrar… y casi puedo distinguir, saliendo por ella, los pasos del citadino insaciable volviendo en el tiempo unas horas… unos días… unos meses—qué va a importar cuánto vuelva si vive lo mismo entre cada sol y el siguiente—hasta el fondo de una de las tantas minas, donde le roba las riquezas a la tierra sin moverse nunca de su lugar, y ésta llora lágrimas ácidas por su tesoro perdido que siguen volviendo en el tiempo lo que el citadino ya no puede andar. Vuelven… vuelven a mi tierra y a los días donde nada faltó que yo pudiese llamar mío: el fruto de mi cosecha, mi sombra a la luz de la llama que me abrasa, mi hogar ambulante, mi libertad, mi familia.

Se cuelan gritos ebrios perdidos a mis visiones retrospectivas.

—¡Mijita rica, corazón de alambre…!

—¡Quién fuera limón pa aliñarle el choro!

Pero vuelven las lágrimas ácidas a corroer mi tierra y no da cosecha, se ahogan las brasas del hogar y me persigue el torrente, me pisa los talones hasta que vengo a parar en la puerta de este lugar al cual quiero llamar mi pesadilla pero ni en sueños me pertenece—

—¿¡Y vo qué esperai!? ¡Muévete, perra!

Me encojo instintiva, sobresaltada, efectivamente como una perra callejera.

—Ay, perdóneme…—dice una sonrisa obscena en un aliento que apesta a nicotina.—Usted debe ser mi más reciente adquisición, ¿o no? Tuviste suerte que justo hoy se nos fuera la Diamante, sino no te hubiéramos podido dar el puesto.—Sus manos ásperas y gordas me rodean los hombros como aparentando intención protectora.—Mira no más esa piel. Preciosa. Siempre quise a alguien en el grupo a quien llamar Canela, ¡pero me salieron todas tan blancas, como muertas!—Su pulgar me recorre el cuello y se apoya en la mandíbula para ladearme la cabeza casi imperceptiblemente.—Te queda perfecto. Vas a ser mi Canela. Pósame para una foto antes de subir al escenario, mi amor. Es algo así como… un rito de iniciación. Me gusta tener una foto de todas mis chiquillas justo antes de que se hagan mujeres…

Retrocede un par de pasos a buscar una cámara y siento el aire inmediatamente más limpio, pero no por eso más respirable.

Canela… no sé, Canela. Bajo este nuevo nombre mis células se empiezan a secar aceleradamente, y siento una caspa fantasma desdoblarse de mi piel. El hombre espera que el canelo acumule una piel muerta endurecida, lo suficiente para volverse su corteza, antes de desollarlo. Esta piel, esta corteza, esta ‘canela,’ se le triza al canelo hasta desnudarlo y luego se hace un tipo de ceniza particularmente vengativa. Arde en la boca. Deshidrata todo cuanto toca. Esparce la muerte que tuvo que sufrir. Y el hombre, insaciable, se la devora.

Pero no es como que yo vaya a decir nada al respecto.

La cámara está lista. Me someto al antifaz como todas las otras, mi nueva armadura de corteza. Quizá así Canela sea el antifaz y no mi cara, quizá debajo de éste sobreviva lo que queda de mí…

Él aprieta el obturador y me captura en imagen.